Mirada en la red

En el infierno, tres veces al día

Habíamos quedado de encontrarnos en un restaurante. Hacía casi dos años que no nos habíamos visto, para seguir deshilando nuestras cuitas y satisfacciones. Por fin coincidimos. Entonces, mi amigo Adrián me contó: "Yo me había resistido a hacerme estudios de todo a todo. A estas alturas, con apenas 51 años a cuestas, no quieres saber cómo andas por dentro. Te aterrorizas de solo pensar que puedes traer algo grave. Total que voy a los análisis. Que si para saber cómo andas de azúcar en la sangre. Le temes al demonio de la diabetes, porque dices: Si tengo la canija diabetes, sobrevendrá el bajón de todo y para todo. Uno de nuestros imperativos masculinos se irá al caño. Hay que averiguar cómo andas de ácido úrico; de bilirrubina directa o conjugada. Por si fuera poco, el examen que me ordenó el médico fue que me realizara el estudio dentro de un paquete de más de treinta elementos. La verdad, a lo que más le temía –aparte del de glucosa y del ácido úrico– era a los triglicéridos y al colesterol".

Para no aburrirte –prosiguió, mientras un joven nos daba la carta para pedir nuestros respectivos desayunos– mis resultados los vio el médico y me dijo: Bueno, usted tiene sus triglicéridos altos; de colesterol, también anda mal; glucosa... por encima de los cien. Vea, me señaló en la hoja como si fuese un mal alumno, usted reporta 113 de glucosa en sangre. Luego me pidió que me recostara para tomarme un electro, de esos breves, para saber cómo andaba de presión y ritmo cardiaco. ¿Resultado? Me he sumado al denso grupo de los hipertensos. Además, dijo, lo conveniente es que se haga otro estudio para valorar su próstata. Impávido, colapsado por el alud de problemas físicos que traía, sólo atiné a decirle: Y... ¿qué debo hacer, doctor? En tanto él tomaba su recetario para anotar medicamentos, con una caligrafía ininteligible, me puse a pensar en lo que me esperaba desde ese momento y lo que me restara de vida.

Así que desde hace dos años, aparte de seguir con mis múltiples medicamentos y tratamientos, me siento totalmente excluido cada que acudo a un restaurante. Fíjate: Por mi situación, NADA o cuando bien me va, unas pizcas, verdaderas partículas o pellizcos de tortilla, pan, lácteos o sus derivados, carnes rojas, carne de cerdo, camarón... Parece corta la lista, pero no es así. Nuestra cultura culinaria nacional, por donde la veas, se nutre de estas prohibiciones; auténticos pecados capitales que se te contonean tres veces al día, los 365 del año. Ahora mismo que estamos aquí, a punto de pedir... ¿Qué desayuno? ¿Huevos divorciados? ¿Chilaquiles? ¿Enchiladas? ¿Embutidos? ¿Café? Sí, pero poco, sin leche y sin azúcar. De verdad –me dijo impetuoso– el infierno está aquí. No hace falta morirse para que te caiga encima, al menos, tres veces al día.