Mirada en la red

Conversación

Me llamó por lo que publiqué la semana anterior. Me dijo: -Leí su columna. Tiene razón, las abuelas se han convertido en centinelas para que las nuevas generaciones continúen su marcha. ¿Por qué no habló un poco de nosotros, de los abuelos? Bueno –le respondí—la columna dispone de poco espacio para abordar tantos ángulos o matices. Más que analizar, únicamente ponemos en la cornisa un asunto; sirve para despertar interés o para abrir polémica. Para el análisis o el debate, hay otros géneros narrativos.

Él insistió: ¿Qué no se da cuenta de que necesitamos comprender lo que sucede con ese cúmulo de emociones y pensamientos que manan vertiginosamente como un volcán en erupción? ¿Acaso desconoce lo que ocurre desde el instante en que nos convertimos en abuelos? ¿Usted, por qué no nos da voz a quienes desprovistos, amputados de la capacidad expresiva por esta rústica masculinidad, no sabemos explicar lo que sobreviene al ver a una criatura tan maravillosa, frágil e indefensa como es una nieta o un nieto?

Tiene razón –le dije. ¡No, qué razón ni qué nada! --espetó con impotencia y casi con desilusión. Aunque sea garrapateé algo acerca del portentoso enredijo de sentimientos luminosos que experimentamos los abuelos al ver a una nieta o a un nieto, recién nacido. Cuente que, por el hecho de haber nacido sana(o), nos conquista la alegría más sublime, una felicidad absoluta cuya traducción es la beatitud de una ternura infinita. Diga, como pueda, que cuando ello transcurre, esa frágil existencia que llega a nosotros se torna en uno de los obsequios más elevados que nos ofrece la vida. Y que ello está en deuda con el hechizo circular de la supervivencia humana.

En tono imperativo, me dijo: --Por favor, no diga usted que volvemos a ser padres; retorna a ello quien años más tarde vuelve a procrear. En un abuelo, nuestra añeja paternidad se vuelca condescendiente con uno mismo, excluyendo piadosamente nuestras fallas pasadas. Esa paternidad –en todo caso—veteada en abuelidad-- reconquista el presente frente a las nietas o nietos, de manera selecta, alegre, consentidora, esperanzadora, libérrima, serena, atemperada y desparramada en el territorio de un presente-futuro cuyos linderos asoman.

Intentaré una columna, atiné a decirle. Me aventuré: ¿Cómo se llama su nieta? Enternecido y achispado, respondió: ¡Emilia!