Mirada en la red

Vejez en México

Parte III [última]


En la segunda parte de esta colaboración, a mediados de diciembre de 2016, comentaba que prácticamente el 75 % de la población mexicana con 60 años o más de existencia, no forman parte de la Población Económicamente Activa (PEA) ni reciben pensión.

Así, la dulcificada vejez navega cándidamente en las caprichosas aguas de la ayuda, de los apoyos familiares, del dinero a cuentagotas, de los descuentos aplicados a diversos servicios públicos, cuando no en el rítmico abandono de hijas o hijos.

Seguramente existen casos en los que la vejez, a la manera del longevo y adinerado Céfalo, pueden aglutinar: vejez, buen humor, riqueza y felicidad.

Quietud y libertad –decía él—son las conquistas de la edad; pero le advertía a Sócrates, que para gozar de esa tranquilidad y soltura eran indispensables temple y buen humor.

¿Cuáles son las necesidades principales de una persona añosa?

Arthur Schopenhauer, en su texto "El arte de ser feliz", decía que las personas mayores tienen necesidad de comodidad y de seguridad; por ello es que necesitan tener dinero, pues en esta etapa las fuerzas abandonan paulatina y continuamente; las enfermedades y los achaques hacen de las suyas o viven su espacioso agosto.

Quizá por ello, la mayor suerte que puede tener una persona anciana –advirtió el filósofo alemán—es conservar el amor por la música, el estudio y el teatro.

Schopenhauer imaginaba que la mayoría debía llegar a la vejez con buena dosis de preparación (conocimientos y sabiduría).

En nuestro país, respecto a este segmento poblacional, dicha condición es atípica, a pesar de más de dos siglos de Independencia y de más de un siglo de Revolución Mexicana.

Dos botones de muestra: según el INEGI, en 2010, 29 % de las mujeres adultas mayores, no sabían leer ni escribir y, 20 % de los varones eran analfabetos.

Dichos porcentajes alcanzan 53 % en mujeres y 37 % en varones, si viven en zonas rurales.

En uno de sus esclarecedores textos, el matemático italiano Piergiorgio Odifreddi, en una imaginaria conversación con Aristóteles le preguntó al estagirita

¿Qué diferencia hay entre un hombre culto y uno inculto?

La respuesta fue: La misma que entre un hombre vivo y uno muerto.

La cultura es adorno en la buena suerte, un refugio en la adversidad y un viático para la vejez.

He ahí el punto.