Mirada en la red

TLCAN, 20 años después

Tenemos la distancia de dos décadas para sopesar con más cuidado y objetividad los avances logrados regionalmente con la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

Despuntaba aquel año 1994, cuando el entonces presidente de nuestro país Carlos Salinas, a la sazón de su desaforada visión neoliberal, advertía que era el mejor instrumento ideado para crear empleos, elevar salarios, cuidar el medio ambiente y reducir la emigración hacia el norte de la región comercial.

Las exportaciones con los EEUU han crecido considerablemente, si las comparamos con lo que sucedía en el año 1993. Con los canadienses, a pesar de ser un tratado trilateral, hemos quedado a la zaga en ambas direcciones.

Sería un error pensar que el TLCAN sólo ha recibido críticas por parte de los intelectuales de nuestro país. Muchos empresarios estadounidenses están inconformes con las cuentas arrojadas por el tratado trilateral. Por ejemplo, la promesa que George H. Bush hizo a sus compatriotas fue que serían creados 170 mil empleos cada año.

La realidad fue que varias empresas estratégicas del vecino país optaron por trasladar su producción a la frontera con México, pues los bajos salarios que se pagan, más el conjunto de laxas normas para la protección medioambiental, provocaron que la creación de empleos se redujera drásticamente.

Por ende, han estado y siguen molestos con los resultados. Desde luego, siempre han existido entusiastas que optan por manejar cifras acumulativas que sirven para ocultar la compleja realidad, al tiempo que aplauden rabiosamente el TLCAN.

Con el TLCAN, se nos ofreció, entre otras cosas, la creación de empleos y salarios dignos. Enseguida de la firma, la pasaron mal los productores de maíz. El gobierno de los EEUU continuó subsidiando a sus agricultores para que no sufrieran ninguna afectación comercial durante la primera década.

Según datos del reciente informe "NAFTA's 20-Year Legacy and the Fate of the Trans-Pacific Partnership", publicado este mes, se calcula que la vida de más de un millón de campesinos mexicanos, más 1.4 millones de personas ligadas a diversas actividades vinculadas a este cereal, fueron afectadas en su sistema de vida.

El balance para quienes únicamente viven de su fuerza de trabajo, sigue siendo alguna combinatoria de: salarios estancados, aumento de precios, baja competitividad, pobreza, inseguridad pública, narcotráfico, desplazamiento territorial y, consecuentemente, emigración.

En esta cumbre, a celebrarse en nuestra ciudad capital el próximo miércoles ¿los presidentes Barack Obama, Enrique Peña y el primer ministro Stephen Harper o, sus asesores, se ocuparán de hacer un balance que se acerque a la realidad de cada país? Iluso que soy, espero que sí.