Mirada en la red

Maternidades

Parte II

Por otro costado, desde distintas dimensiones, han surgido otras formas de ser madre; de expresar una condición de vida que por antonomasia compromete el cuerpo y la vida misma. Se trata de aquellas mujeres, nacidas después de los años 90 (hablando del siglo pasado, desde luego), cuya maternidad fue marinada en el acceso a la educación, a la capacitación y al empleo. Por ende, con ciertas dosis un tanto más autonómicas que las mamás que lo fueron de 1970 hacia atrás.

Dichas formas de existencia, no sin dificultades, abrieron caminos para decidir cuántos vástagos iban o querían tener. Algunas, si bien al inicio sorprendidas con algún embarazo no planeado pero llegado a buen término, luego se pusieron listas para (casi) no volver a dejar todo en manos del Creador. Pastillas anticonceptivas mediante; dispositivo intrauterino en sitio; férrea voluntad para respetar el "ritmo" (periodos de infertilidad-fertilidad) o de plano coitos interruptus, eventualmente mezclados con abstinencia monacal, fueron transformando y regulando nuevas maternidades.

Entonces comenzaron a surgir las madre-esposas o únicamente las progenitoras de dos o tres hijos(as), pero eso sí, escalonados, mediando entre uno y otro, tres años o más. Pocas damas optaron por la racha que marcaba: "de un jalón, dos o tres hijos y, luego, a cerrar la fábrica". Si además aderezamos esas decisiones imaginadas con el ascenso en la pirámide educativa y la permanencia en el empleo, las féminas que habían optado por tener descendencia se tuvieron que repartir (y lo siguen haciendo) entre cinco demandantes campos operando sincrónica y despiadadamente: 1). Los quehaceres de la casa; 2). La crianza y la educación de los vástagos, un asunto complejo y lleno de reclamos; 3). La disciplina y dedicación que exige el empleo, aunque no siempre bien pagado. 4). La relación de pareja –si ha sobrevivido– y, por si fuese poco, 5). El autocuidado personal para no dejar de ser atractiva y seductora ante su pareja o para estar vigente en el mercado de las personas separadas, dejadas, divorciadas o entre aquellas que ostentan "infelicidad" conyugal como sagrada estrategia para cotizarse en la bolsa mexicana de los amoríos.

Recordemos: las mujeres de antaño, casi sin escolaridad y, lejos del empleo (no del trabajo), una vez casadas y en crianza, se convertían en santísimas madres, confinadas al sacrosanto hogar, dulce hogar.

Sin duda, la "racionalización" ha alcanzado a la fecundación. ¿Cuándo, cuántos y con quién deseo tener un hijo o más? Se ha vuelto un asunto deliberativo casi igual a la hipoteca para una casa, a la compra de un auto, o para continuar estudios y alcanzar otras cualificaciones profesionales. He aquí una dimensión más de ser mujer. Seguiré.