Mirada en la red

Imperativos machistas

Entre febrero y julio de 2011, Cadena Tres transmitió la serie El sexo débil. De lunes a viernes, en punto de las 21:00 horas, la audiencia que contaba con señal por cable, podía toparse –zapping mediante– con esta interesante transmisión.

Carlos Payán, Epigmenio Ibarra y Daniel Camhi desde Argos Comunicación (empresa independiente mexicana, especializada en cine y televisión) junto con Sony Pictures Television, fueron las productoras de esta hilera de capítulos para la televisión.

El reparto actoral estuvo dirigido a dos manos: Moisés Ortiz Urquidi y por Rodrigo Curiel. La pluma guionista tuvo la autoría de Joaquín Guerrero Casasola. El hilo conductor de la trama tejió y deshilvanó imperativos del machismo más arcaico y también pasó lista a otros de calado posmoderno:

1). Ser o parecer fuerte como un roble. 2). Proclive a los monosílabos, hombres de pocas palabras y, en caso de sentir presión o cuestionamiento de hombres o mujeres, se puede optar por un ¡Ya basta! ¡Porque lo digo yo! ¡Me vale! o bien, acudir al silencio como respuesta. 3). Conseguir o buscar el éxito profesional y económico, al margen de los medios para conseguirlos. 4). Creer que basta con expandir la condición masculina (como heterosexuales, desde luego) para que las mujeres se sientan absolutamente amadas, satisfechas, realizadas, agradecidas a perpetuidad y, no pidan más. 5). Exitoso al conquistar a otras mujeres y capaz de edificar con cierta discreción historias paralelas; también se puede aderezar con la procreación de más hijos/ as con otras mujeres, siempre que se conserve amurallada a la "familia oficial".

Esta serie dramática mexicana se desmarcó del género de la telenovela, por sus elementos estilísticos, por su abanico narrativo basado en temporadas y porque incorporó claves procedentes del "cine de arte".

Pero, además, los productores se animaron a colocar frente a la selecta audiencia de la sociedad mexicana, el expansivo rechazo que experimentan los grupos conservadores frente a la orientación homoerótica, en este caso, de cara a la vida amorosa y estable entre dos personas de sexo masculino.

El sexo débil puso en cuestión ese otro imperativo machista: la homofobia. La audiencia logró apreciar a una pareja gay formada por jóvenes treintañeros; capaces de tener un empleo desde una Organización de la Sociedad Civil (OSC); comprometidos con su propia historia amorosa (no carente de conflictos) y, sobre todo, alejados del cliché del homosexual masculino-afeminado, travestido o proclive a lo mujeril. Aunque la puerta de acceso fue por la televisión por cable y para un reducido segmento de la audiencia, creo que algo se mueve en un sentido más progresista, incluyente, diverso y digno de ejemplo a escala humana.