Mirada en la red

1o de Diciembre, 2016 (Parte I)

Faltan diez días para que contemos con un balance acerca de los avances y retos que tienen los distintos países en la lucha contra el VIH, el sida y otras Infecciones de Transmisión Sexual (ITS). En México se documentó el primer caso de sida en año 1983; dos años más tarde se tuvo noticia de la primera mujer que había contraído VIH/Sida. En aquellos años, una vez que se entraba en fase sida, la personas sobrevivían apenas un año o menos; no existían formas de diagnóstico y, tampoco medicamentos para tratar de controlar el avance de esta epidemia.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) instó a los países miembro a que crearan una instancia capaz de coordinar esfuerzos intersectoriales para reducir el avance del Sida. En febrero de 1986 el gobierno mexicano creó el Comité Nacional de Prevención del Sida (CONASIDA). En 1988, dicho comité se transformó en Consejo Nacional para la Prevención y el Control del Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida, conservando el mismo acrónimo.

En 1986 esta epidemia se había extendido a 10 millones de personas e impactaba en 85 países. Con la fabricación de los primeros antirretrovirales (ARV) en 1987, comenzó a detenerse la mortalidad por esta causa, desde luego, en aquellos países que más pronto dispusieron de ellos. Fue hasta 1991, cuando en México se aprobó la compra de ARV. Los avances para detener la mortalidad fueron lentos y por debajo de lo esperado.

Una de las primeras medidas aplicadas en el país, despuntó en 1986, cuando se prohibió la comercialización de la sangre. La transfusión sanguínea era una de las vías de transmisión de este mal. A pesar de este nuevo control, los casos continuaban aumentando, tanto en el mundo como en México.

Controlada la transmisión del VIH por vía sanguínea, los retos en otros órdenes han seguido relativamente vigentes. Visto que la transmisión del virus también es por sostener relaciones sexuales sin protección (sin uso de condón masculino o femenino) y, continúa siendo la más alta, las reacciones de la sociedad han sido diversas y complejas. Por un lado, están las personas que viven con VIH; por otro, grupos conservadores que, al tratarse de un asunto provocado por ejercer la sexualidad, rechazan que sea un asunto de interés público y, por otro, están las instituciones gubernamentales, tratando de encarar un asunto de salud pública. Nada sencillo, como lo veremos la próxima semana.