Articulista invitado

Vivir el 'brexit' llega a las entrañas

Llegué a Londres en 1997 enamorada por la cultura y la tolerancia británicas. Nunca antes había vivido en una sociedad donde el respeto al derecho ajeno fuera tan preciado. Casi 20 años después me sorprende la pasión con la que se discute la salida del Reino Unido de la Unión Europea.

No recuerdo nunca haber visto tanta división y pasión por una cuestión política en este país. A diferencia de otros lugares donde viví y fui corresponsal (Argentina, España, Estados Unidos y Japón), en el Reino Unido uno era libre de votar y expresar sus visiones políticas sin miedo a molestar a nadie. Ya no. En este nuevo mundo los grises han desaparecido: estás en contra o a favor.

Los diarios, por igual, se han olvidado de mostrar las dos caras de la moneda. El Daily Mail, que apoya el brexit, habla ya de un "complot" para bloquear la salida de Gran Bretaña. El Guardian, al lado contrario del debate, insiste en que los que votaron por la salida tomaron la decisión basados en mentiras.

Ver la intensidad de este debate me duele. Como corresponsal he vivido por muchas crisis políticas y devaluaciones, pero nunca me sentí tan involucrada.

En Argentina, cuando cayeron cinco presidentes en un mes, sufrí por mis amigos y por el país que aprendí a adorar, pero no me tocaba las entrañas. En Estados Unidos cubrí la reelección de George W. Bush tras llevar a cabo la guerra en Irak y también fui testigo de la elección del primer presidente negro en ese país. Todo aquello fue intenso de vivir, pero nunca me sentí tan vulnerable como ahora.

Ser testigo del brexit es distinto. Será que ahora no sólo soy una mexicana viviendo en un país extranjero como reportera, sino una mexicana con nacionalidad británica cuyo futuro y el de mis hijas depende de las decisiones políticas que tome este país.

Antes de la votación, pese al asombro de amigos que apoyaban quedarse, comprendía perfectamente la razón que tendría un británico para buscar la salida de la Unión Europea.

Escuchar a los políticos, los banqueros y las instituciones financieras apoyando el que el Reino Unido debía quedarse en la Unión Europea por "el bien de todos" era una razón suficiente para rebelarse.

¿Cómo podría creer alguien a un grupo elitista que no había luchado por las clases más afectadas por la crisis económica y migratoria?

La campaña para quedarse no logró convencer a aquellos que dudaban que la Unión Europea hubiera mejorado sus vidas. Mientras que las promesas del brexit fueron sin duda un éxito.

Los británicos que han visto su nivel de vida estancada, sin posibilidad de mejorar, leían en los autobuses: "Los 350 millones que le damos a la UE a la semana los podemos gastar en el sistema de salud".

El problema es que muchas de esas promesas fueron mentiras. Incluso Nigel Farage, líder de un partido político abiertamente xenófobo, no tardó ni un día en retractarse. Resulta que ni son 350 millones, ni se pueden utilizar en pagar más doctores.

Lo peor no son las mentiras. ¿A quién le pueden sorprender las mentiras de los políticos, aunque sean británicos? Lo peor es cómo dejan al país.

La libra se ha devaluado y la Bolsa ha caído. Pero eso es sólo el principio. Los economistas esperan que el desempleo aumente, con lo que los impuestos bajarán y los hospitales y escuelas estarán peor, y no mejor, tras la partida del Reino Unido del espacio común europeo.

A esto hay que sumarle la crisis política, ambos partidos tradicionales, Tory y Labour, no tienen un líder claro que los ayude a navegar en estos nuevos tiempos.

Y el país está aún más dividido. El ambiente en las calles, antes tan tolerantes y cosmopolitas, se siente tenso. Lo que nunca se había visto: la gente puede atacar abiertamente a los extranjeros en la calle.

Personalmente todo esto me llega a las entrañas porque tengo miedo que mis niñas se avergüencen de su madre, por ser extranjera. O, peor aún, que escondan alguna vez que son orgullosamente mexicanas. Eso sí me parte el corazón.