Los correos del público

Los correos del público

Toros

Algunos sociólogos y psicólogos que se manifiestan abiertamente en contra del maltrato hacia los animales y en especial de la “fiesta” brava. Hablan de ver empáticamente a los ojos de los toros y animales en general, pero muchos no se atreven a ello pues, ¿Con qué calidad cristiana y humana lo harían? ¿Al ver sus ojos captarían el mensaje? ¿Tendrían capacidad suficiente para ver en su mirada el dolor de la traición? ¿Capturarían en su corazón el deseo vehemente del toro de obtener un indulto para no salir al ruedo?

En 1859 inició en Guadalajara la construcción de lo que fue la plaza de toros El Progreso que debió llamarse Retroceso, iniciando con ello las aberrantes corridas de toros.

Yo la conocí en los sesentas y solo por afuera. Era un sitio insalubre junto al mercado San Juan de Dios que llenaba de vergüenza a algunos tapatíos por su olor a orines y excrementos de toros y espectadores, así como el descuido en la construcción (despintada, llena de tierra en la parte donde debió haber banqueta y parcialmente demolida en la parte de arriba). El viento traía consigo el polvo, el olor a orines y los acordes musicales con los que festejaban la muerte de quien, por haber nacido toro de lidia, debía morir.

Afortunadamente, años después por orden del entonces gobernador Flavio Romero de Velasco fue demolida por los Paniagua, pero ya se encontraba terminada otra plaza cuya construcción había iniciado por los mismos años. Así por desgracia se inauguró la plaza de toros Monumental de Jalisco, (después Nuevo Progreso) la cual, provocó el destierro de los niños y niñas que acudíamos a esos terrenos donde jugábamos entre sembradíos de maíz, cacahuates y manantiales. Esa fue la primera agresión que sufrí por culpa de la “fiesta” brava.

El 4 de febrero de 1967 se inició la barbarie que incluía en su cartel a toreros como; Joselito Huerta, Finito Contreras, Manuel Martínez y las víctimas inocentes: 6 toros de José Julián Llaguno.

La zoolatría y el desamor acompañan por igual a pueblerinos  y citadinos pues resulta que las vacaciones en mi pueblo no estaban exentas de crueldad. Así, recuerdo trágicas madrugadas en las que el berrear de los vacunos me despertaba al ser herrados al año de nacidos con las letras de las madres y luego con el número que les correspondía por su nacimiento. Todavía puedo sentir el dolor como si me hubiesen herrado a mí. Percibo el terrible olor a carne y pelos quemados y viene a mi mente la cara del animal llena de algo que juraría, eran lágrimas.

Al mediodía, las mujeres –mi abuela entre ellas– pretendían agasajar a los visitantes con un maldito pipían hecho con gallinas a las cuales mataban retorciéndoles el pescuezo.

Sé que existen otros puntos de vista pero desde el mío, todos los humanos, especialmente los abogados, médicos y clérigos, en congruencia con su juramento y profesión, deberían mantenerse al margen de tales espectáculos.

Ánimo mis toros, ofrezcan su vida a cambio de que El Señor ilumine poco a poco el intelecto de quienes propician estas masacres y que les sirva de consuelo la frase de Sócrates: Es mejor padecer una injusticia que causarla.

Por un Jalisco civilizado y libre de tortura hacia los más débiles.

Consuelo Villamelón


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