Los correos del público

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Trump, locura y liderazgo

Los líderes atrapados en la locura son cautivadores. Algunos han tenido un poder de seducción terrible y han arrastrado en sus locuras a millones a la muerte. Parecen estar convencidos de su propio delirio. No saben que la certeza es un rasgo de los psicóticos y que la duda es un ingrediente de la salud mental.

Están también los fanáticos guías espirituales. Son peligrosos, no cabe duda. Suelen ser personas que no tuvieron lo que Erikson llama seguridad y confianza básica.

Jean Lacouture afirma que: “Un mal líder no es ni más ni menos que un avaricioso con el ego más grande que “la catedral de Burgos”, un líder no se representa más que a sí mismo y a sus grandes aspiraciones que no son otras que las de ser admirado, alabado, adulado y engordar su ego.

Los grandes paranoicos de la historia fueron personas humilladas en la infancia y en el trabajo o en el ejército, y demostraron —cuando se les dio ocasión— ser egocéntricos, capaces de destruir y de oponerse a todo, como líderes negativos. Todos sin excepción terminan en el delirio persecutorio y en represiones masivas de enemigos imaginados. El líder negativo buscará borregada dócil que le pueda cubrir sus latrocinios o inmoralidades, pues prefiere el control de la borregada a la eficiencia de los resultados.

El mal líder hace crecer al subalterno pero en su capacidad de maldad y de crimen, le hace perder la conciencia del bien y del mal, lo convierte en fanático, premia según docilidad y falta de escrúpulos. Enseña el mal y amenaza con vengarse del incumplimiento de las órdenes. El líder destructivo destruye en primera instancia a la persona, pues se hace obedecer por miedo o por compartir la corrupción: sus únicos motivadores. Humillar a los subalternos es parte del atractivo de ser jefe y hacerse temer es la regla de la obediencia irresponsable.

Mauricio Ochoa Guerrero