Los correos del público

Los correos del público

 Cartas bajo la puerta

En un ‘prefestejo’ del día del padre comentaban los ‘prefestejados’ que era más fácil poner un hombre en la luna que comunicarse con los hijos.  “Móchate con cien”: tres palabras y ya. Casi todos estuvieron de acuerdo en que la comunicación con los hijos se reducía a mocharse, punto.

El más joven de los padres comentó que él disfrutó realmente de la ‘modernidad’ en cuanto a paternidad se refería –considerada tabú en generaciones anteriores. De verdad compartió con su esposa la experiencia de tener un hijo: no había sido mero proveedor de las necesidades del recién nacido. Fue todo un acontecimiento la preparación del advenimiento del bebé: pintó personalmente su habitación de color celeste -ya sabía que sería varón- mientras la mamá colgaba las cortinas de monitos y adornaba la cuna. Aprendió a hervir el chupón y a descifrar los primeros balbuceos, lo estimuló a dar los primeros pasos, lo enseñó a andar en bicicleta, a pescar en el laguito, lo acompañaba al entrenamiento de fútbol, se sentaba con él para enseñarlo a investigar.  Pero ahora que le empezó a cambiar la voz y a salir la barba y que pensaba que serían bien cuates, resultaba que puro móchate y móchate, y nada más.  Con una consternación bastante moderna, manifestó que el hijo ya no quería andar con él para nada, ahora sólo con los amigos. Y lo peor de todo era que ya no lo conocía: Manuelito era un extraño. No puede ser, repetía, ¿cómo pude conocer a mi hijo en una placa de celuloide a los tres meses de gestación, y ahora, de quince años, es un desconocido para mí?

Otro de los ‘prefestejados’ -padre de cinco hijos varones- platicó sus experiencias.   Había intentado comunicarse con sus hijos en muchas formas,  pero la que más le había dado resultado eran las cartas bajo la puerta; sabía que era importante jamás perder la comunicación con ellos.  Las cartas servían para muchas cosas: una invitación, un encargo, una llamada de atención y, ¿por qué no? para pedir una. Con una apertura ultra moderna comentó que las cartas siempre eran una sorpresa: “Te invito al juego de baloncesto el viernes en la noche. Vamos tu tío Francisco y tus primos.”   “No te olvides de llevar a la Daisy con el veterinario, le toca la vacuna.”  “Te noto serio, ¿qué te pasa? Te invito una nieve a la noche, ahí me lo contarás.” “Hijo, estoy preocupado, no me gusta tu nuevo amigo.  Sé que estás molesto porque crees que no confío en ti.  Es cierto, tengo miedo de que equivoques el camino si sigues con esa amistad.  ¿Podemos hablar despacio?”

Con una sencillez conmovedora,  muy al día, dijo que él también había recibido muchas cartas de sus hijos, pero que había una en particular que nunca había olvidado, la de su hijo Memo, cuando estaba aún en Primaria: “Papá, reprobé el examen de Ciencias Sociales, pero te juro que sí estudié.  Necesito que me abraces y me digas que me quieres.  A pesar de todo.”El más calladito de los padres reunidos dijo, con un dejo de preocupación, que la misión más difícil y de mayor responsabilidad es la de ser padre: custodiar la vida del hijo ofrece mayor dificultad cada día en un  mundo complejo, tecnológico, siempre cambiante.  “Es una tarea tremenda tomar decisiones cuando van dirigidas a quienes sabemos más inteligentes, más capaces, y mejor preparados que nosotros.”

No todos los padres se atreven a escribir cartas a sus hijos.  No encuentran las palabras para expresar el amor que sienten por ellos porque el sentimiento es tan fuerte que cualquier palabra resultaría trivial. A veces en un silencio profundo, hondo, denso, están contenidas todas las palabras que expresarían el amor infinito que el corazón siente.

Blanca Esthela Treviño de Jáuregui