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Somos la Luz del Mundo

Un acontecimiento narrado en la historia bíblica que refiere a cómo Dios determina el momento, el lugar y la persona a quien le encarga la responsabilidad de instruir y orientar los destinos de un pueblo, denominado desde el siglo I en la época del apóstol Pablo como iglesia. Ese grupo de creyentes, quienes gozan del privilegio de constituir un elemento en el plan de Dios, quienes a través de la predicación de los Apóstoles enseñan respecto de cuál es la voluntad del Altísimo, tal y como Jesucristo lo hizo en su tiempo.

Hombres cuyo ejemplo magistral, incitan a la criatura a amar a Dios, a obedecer sus mandamientos, a superarse cada día para ser más útil a su familia y a su país. Esta actividad tiene como fin, el demostrar que conglomerados humanos cargados de desesperanza y diferencias, de aciertos y desaciertos pueden compartir un horizonte y alcanzarlo. Teniendo un solo sentido, servir a los demás. Enseñar para integrar y predicar para convertir.

Así fue el trabajo del Apóstol de Jesucristo Dr. HC. Samuel Joaquín Flores, a lo largo de cinco décadas ha dejado un legado de amor, esperanza y fe.

Pero Dios en su plan para la humanidad, tenía reservado el consuelo para este pueblo, y el engrandecimiento de su obra. Ahora, bajo la administración del Apóstol de Jesucristo Nasón Joaquín García, a quien Dios ha manifestado en una circunstancia específica, para ser ese instrumento escogido por Dios, los miles de creyentes que alrededor del mundo nos encontramos hoy nos sentimos seguros, amparados por el amor de Jesucristo y su elegido. Su palabra nos ha dado tranquilidad.

Esta experiencia, me hace poder expresar: “Oh Señor, prolonga esta calma”…

Samai Coronado Mora

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¿Qué celebramos?

La Navidad nos llena de gozo, alegría, y de sentimientos de buena voluntad. Nuestros hogares se visten de pinos y esferas de colores. El sortilegio de las luces intermitentes y el alboroto de la época nos hace olvidar el motivo de la celebración.

Jesús nació en Belén y trajo tres regalos a la humanidad: luz, sal y levadura. Las Sagradas Escrituras explican el enorme simbolismo de estos presentes: la luz, aunque materia, es intangible y el más espiritual de los elementos. La luz convierte la incertidumbre de la noche en la certeza de un nuevo día con sencillez encantadora. La sal, elemento fundamental para la conservación de los alimentos, mejora el sabor y evita su descomposición. La levadura es un gran misterio: multiplica muchas veces el tamaño de la masa, y le da consistencia y suavidad. Un puñado de levadura tiene la fuerza suficiente para fermentar una masa infinita.

El cristianismo debe iluminar primero la mente, llenar la existencia de sentido, y fermentar los corazones para mejorar la calidad de vida en el mundo. Donde hay guerra, debe hacer la paz, donde hay odio, amor, donde hay explotación, justicia. Con delicadeza, como la luz.  Con sabor, como la sal.  Como levadura, en forma rápida y misteriosa.

Los pastores observaron de lejos la escena de natividad: el Salvador era un niño envuelto en simples pañales, recostado en un pesebre. Tal vez de momento se sintieron defraudados; llegaron al portal de Belén guiados por la estrella, y esperaban un Niño vestido de príncipe, ataviado con los lienzos más finos y la corona con las joyas más hermosas jamás contempladas por ojo humano; un pequeño príncipe con muchos regalos para ellos, quien los liberaría de la opresiva miseria en que vivían.

Los pastores esperaban que la estrella los condujera a un palacio; jamás imaginaron encontrarlo en un establo. Sin embargo, cuando lo vieron de cerca, el recién nacido se había ubicado en el centro natural del universo, en comunión perfecta con su entorno. Había escogido para nacer un lugar abierto, en el cual participaran todos los elementos de la creación.

Cada elemento parecía decirles algo a los pastores. El firmamento infinito representado por la estrella era símbolo de trascendencia, de vida eterna.  En la amorosa mirada con que José y María envolvían al Niño podía advertirse, sin lugar a dudas, la capacidad de amar, facultad por excelencia de la humanidad. La fidelidad de las criaturas de la tierra estaba representada por los animales que rodeaban el pesebre para darle calor al recién nacido. El establo, iluminado por el resplandor de la estrella, representaba un espacio abierto hasta el infinito, en espera de la visita de todos aquellos que quisieran conocer al Salvador.

Los Reyes Magos siguieron la estrella que los conduciría al lugar donde había nacido el Mesías.  Era enorme su curiosidad por saber cuál había sido el pueblo elegido para que de él naciera el Salvador.  El Niño Jesús era heredero de una muy fuerte visión religiosa de la vida, característica de la cultura israelita del pueblo judío, cuyos valores de pobreza interior, confianza, servicio, disponibilidad, amor a la vida, alabanza a Dios, solidaridad, estaban presentes en las personas que escogió para nacer en su seno: José y María, el vaso perfecto para contener la realidad espiritual del Salvador de los hombres.

Para los Reyes Magos, máximos representantes de la ciencia y de la sabiduría de su tiempo, el cuerpo desnudo del Niño, iluminado por los astros y calentado por las criaturas de la tierra, significaba una ausencia de soberbia, una gran disponibilidad, y una enorme humildad interior. Dios se había hecho presente en medio de una sencillez enternecedora, en el silencio, lejos del bullicio de la ciudad. Se dejaron cautivar por aquella escena en el portal de Belén, que por ser tan humana, era de verdad divina.

Para ellos significaba una invitación a todos los seres de la tierra a una convivencia fraternal. Los reyes, en su sabiduría, intuyeron que el Reino de Dios jamás sería de poder ni de materia, sino una realidad espiritual que desencadenaría para siempre la buena voluntad entre los hombres. El tiempo mismo se detuvo ante el milagro de aquella escena: A.C. y D.C.  Antes y después de aquél Niño que quiso nacer en las pajas de Belén.

En el alma de todos los seres humanos de todas las razas y de todos los tiempos reside una fuerza poderosa para vivir en armonía: la fe, la esperanza y el amor. Los regalos de Jesús.

Blanca Esthela Treviño de Jáuregui