Los correos del público

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Crisis de credibilidad

La gente compra muy fácil las noticias de nota roja: el miedo vende. Las noticias de progreso, de logros, de buenas acciones, permanecen escondidas en las últimas páginas y nunca hay tiempo para llegar a ellas. En radio, prensa, televisión y redes sociales se comenta el pánico social que experimentamos los mexicanos en los últimos tiempos. Marchas de manifestantes, críticas al gobierno federal en cartelones, grupos de encapuchados con la intención de reventar el aeropuerto del D.F., gritos irascibles: “Ya estamos cansados”. 

No sólo están cansados los jóvenes, también los mayores. Dicen los psicólogos que nos hemos habituado al pesimismo, y las cadenas del hábito son generalmente demasiado débiles para que las sintamos hasta que son demasiado fuertes para que podamos romperlas. El miedo hace a las personas creer lo peor en todas las circunstancias; así pues, la depresión es inevitable.

Para romper las cadenas del miedo se necesita mente sosegada, voluntad decidida, acción vigorosa, cabeza de hielo, corazón de fuego y mano de hierro. El miedo impide toda acción positiva. Estamos en tiempos de crisis, no cabe duda, crisis económica y de seguridad, pero hay otra crisis de la que se habla poco y que es más grave que las otras dos: crisis de credibilidad. Un rumor puede acabar con un individuo y también con una nación. El rumor es el pan nuestro de cada día: rumores van, rumores vienen. Es muy grave perjudicar el buen nombre de las personas, pero es funesto cuando el rumor atenta contra el prestigio y la estabilidad de una nación. El peor fracaso es la pérdida del entusiasmo.  Nunca se despoja tanto a una nación como cuando se le roba la esperanza en el futuro.

Nuestro país exige de nosotros alta fidelidad en el mirar, sentir, hablar y actuar y, especialmente, en el comunicar. Debemos exigir lo mismo de nuestros representantes y de nuestras instituciones. Existe un vacío de conocimiento de la realidad que vivimos: los medios de comunicación no expresan las causas originales de los problemas que nos oprimen, sólo las consecuencias. Exigimos una comunicación integral encaminada a la prevención de los desastres para que la sociedad pueda participar en la resolución de los conflictos. La cultura de la prevención no se instala si no cuenta con una ciudadanía participativa, educada.

Reconocemos que es difícil purificar la comunicación humana y despojarla de contaminantes. También es complicado desinfectar de pasiones humanas y de intereses personales los mensajes. El número de tonalidades con que se puede colorear el significado de una noticia es infinito, e infinita también la variedad en su interpretación. El  mensaje cuya intención sea mejorar nuestra calidad de vida deberá vestirse con sus mejores galas: veracidad, claridad y precisión.  El medio deberá ser el apropiado para que el mensaje sea recibido con fidelidad. El momento deberá ser exacto: no antes ni después. Hasta ahora, todo parece indicar que se fija la atención sólo en la emergencia que vivimos, y no en la cultura de la prevención. Cuando las situaciones empeoran es más fácil encontrar culpables que inocentes.

Una sociedad que se alimenta de prejuicios, temores y mala prensa es una sociedad que se nutre de excusas para quedarse quieta, apabullada. Un prejuicio puede ser lo más perdurable que exista en el espíritu humano. Los mitos se instalan en la mente por la falta de conocimiento.

¿Quién dice la verdad sobre los sucesos que nos han desgarrado el alma?  Nuestro país aumenta la mitificación de la realidad basada en el miedo. Así como las aves no salen de su jaula, de la misma manera los que ignoran qué es el bien y dónde está el mal no escapan de su miseria. Unos dicen que la imaginación abre a veces unas alas grandes como el cielo en una cárcel pequeña como la mano. Otros aseguran que buscando el bien de nuestros semejantes, encontramos el nuestro.

Sólo venciendo el miedo es posible crear una sociedad nueva. La gente que no tiene miedo, piensa, actúa, abre caminos y es libre; vence miedos y afronta incertidumbres. Avancemos por la vida como si el fracaso no existiera. No hagamos caso de nuestros temores. No envidiemos el canto del pájaro que vive cómodamente a salvo dentro de su jaula dorada, porque la libertad es más valiosa a pesar de los riesgos que conlleva.

Blanca Esthela Treviño de Jáuregui

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Morir o vivir con dignidad

Entender el acto de provocar la muerte de una persona que padece una enfermedad incurable para evitar que sufra, asalta mi razón. El controversial tema de la eutanasia divide opiniones y abre debates donde nos permitimos condenar superficialmente a quien acepta llevar a cabo una muerte asistida, pues opinar resulta más fácil que ser el protagonista de la muerte. El tema exige conciencia y conocimiento del suicidio asistido, la muerte sin dolor y morir con dignidad. Pero resulta que aceptar la idea de una muerte asistida causa indignación colectiva en un ficticio estado de derecho, carente de valor y de moral, donde la violencia y la muerte se viven sin censura y sin castigo. Eso sí, me causa indignación y no el infortunio involuntario de quien enfrenta la desgracia de un diagnóstico fatal de una enfermedad degenerativa y terminal, que sentencia a vivir con los estragos del dolor y la degradación fatídica del cuerpo antes de la muerte. Sumado a la tragedia, se prohíbe al desahuciado planear su partida. Por lo tanto, considero que más que la exposición de ideas sobre la muerte y la esclavitud de la agonía, es más relevante entender los ángulos de una vida digna y con razón, que sugiera el buen vivir antes de llegar a la muerte, donde se permita al infortunado, a su familia y amigos, cumplir con los principios esenciales de la vida, la dignidad y los valores inherentes a toda persona, valorando el amor de la familia, el apoyo digno de la medicina, y la causa justa del derecho y que éste conjunto de factores, nos conceda cambiar la concepción de muerte provocada al de vida asistida con respeto y dignidad cuando la vida se torne insostenible, aunque el resultado sea la propia muerte. Tomemos en cuenta que el proceso de programar cómo, cuándo y con quién morir es más doloroso que la propia muerte. Comparto la opinión médica de Marciano Sánchez Bayle, que refiere que no tiene sentido mantener la vida en condiciones adversas, pues desde la antigüedad los evangelios incluyen un pasaje en el que un romano compasivo acaba con el sufrimiento de un Cristo agonizante.

José Albino Barajas Orozco