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Derechos Humanos, ¿para todos?

Últimamente me ha sorprendido la actitud que hemos optado de derechos humanos, como mero límites ante la autoridad y no como deberes que todos los particulares debemos de acatar. Esta ha sido una actitud que lejos de fomentar el pleno goce de nuestros derechos fundamentales, los demeritan reduciéndolos a cartas de buenas intenciones, tal como ocurrió hace unos días en donde se despidió a una mujer por su orientación sexual.

Me desanima a sobremanera la actitud que han tomado las autoridades en la materia, en una actitud que me parece de falta de creatividad, y de cerrazón. La excusa es siempre la misma, el principio de legalidad les impide conocer de asuntos que provengan de particulares, o no van más allá de buscar causales de improcedencia para no interesarse en uno de los sectores más vulnerables de la sociedad, las personas con distintas orientaciones sexuales.

La Suprema Corte de Justicia de la Nación ha abierto la posibilidad a que las autoridades salgan de sus zonas de confort a través de varios precedentes y jurisprudencias en donde ha manifestado que los derechos humanos son oponibles frente a particulares. La CONAPRED, pero sobre todo la Comisión Nacional de Derechos Humanos deben de ser los primeros en innovar tratándose en la protección de derechos fundamentales, en especial en la aplicación del derecho a la igualdad jurídica, y no así, ocultarse en un temor infundado sobre las represalias administrativas, políticas o al escarnio de una moral que sólo denigra la dignidad humana.

Me preocupa mucho las consecuencias que pueda tener en la población la pasividad y el manifiesto analfabetismo jurídico de nuestras instituciones que se supone deben de mínimo proteger nuestros derechos humanos, ya que están enviando el mensaje que los derechos humanos es una cuestión unilateral. Están propiciando una cultura de la exigencia, y no de la igualdad, en donde en tanto los poderes públicos pueden mantener una apariencia de respeto a sus derechos, la sociedad civil y la iniciativa privada pueden discriminar bajo el amparo de la ley. Me atemoriza la incongruencia, porque es lo que permite un cinismo reine, y la sociedad se polarice, y se odie de manera interna.

El **ombudsman mexicano debe de reivindicarse con la sociedad, y para eso necesita la voluntad para aplicar un activismo judicial similar al que se vivió en Estados Unidos en la época de la segregación; es decir, dejar a un lado su visión infantil de la ley como un límite, a una red difusa, maleable al caso, el modelo herculeano de Dworkin y que está cerca siempre de la población; sólo así, como el este personaje de la mitología griega, será un héroe del pueblo, y no así un Júpiter positivista que ve con desdén al ciudadano.

Germán Cardona Müller

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Odio nacional

En México, a lo largo y ancho de su territorio, a ojos vistos se ha perdido el respeto a las policías, cuerpos que han despertado diversos sentimientos negativos en la población como frustración, rencor, impotencia, miedo y un profundo resentimiento, ganado a pulso por la perene actitud de despotismo, prepotencia, abuso, corrupción, y violaciones constantes a los derechos humanos,  recrudeciéndose e incrementándose el flagelo en los estratos sociales más desprotegidos. Desde mi perspectiva y experiencia, el hilo más delgado son las policías preventivas, principal blanco -por su cercanía con la población- del desborde de la reacción de venganza por el enraizado y reprimido  encono social que emerge súbitamente, como en el caso del evento caótico suscitado en el Estadio Jalisco, donde se apreció el fenómeno en toda su plenitud por millones de espectadores difundido por los medios electrónicos en el que la multitud de rijosos “disfrutaba” y “gozaba” agrediendo a los efectivos inertes.

Me jacto y enorgullezco de conocer prácticamente toda nuestra república, donde el común denominador respecto al tema, sin excepción es la animadversión contra las diversas fuerzas públicas, respirándose un odio, jarocho, tapatío, norteño, sureño y un interminable etcétera contra las “fuerzas del orden”.

Francisco Benavides Beyer