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La paloma no ha muerto

El amor a la patria y el bienestar de los mexicanos no suele ser el móvil de los políticos. El dedicarse en cuerpo y alma a mejorar la calidad de vida de un pueblo requiere mucha dedicación y trabajo personal; una entrega total. No son muchos o muchas los que se comprometan a un proyecto de esa naturaleza.

 Ningún país puede decir que la democracia es cosa fácil. Fácil es la tiranía: no pide opiniones ni pareceres; impone criterios y decretos a pulso de bayoneta. La transición a la democracia implica una lucha ideológica en la cual las voces plurales expresan su diversidad a través de ideas claras fundamentadas en hechos, no en suposiciones o mentiras. Olvidamos que la democracia se abona con respeto mutuo y sus frutos son la justicia social y la buena voluntad entre gobernante y gobernados. Para los mexicanos la violencia y el temor se han convertido en el pan nuestro de cada día. Gente desesperada recurre a gritos irresponsables e incendiarios contra todo y contra todos: una verdadera conflagración nacional. Vergonzoso, tratándose particularmente de partidos políticos. Cero respeto mutuo.

   El escritor y maestro Carlos G. Vallés gusta narrar la siguiente parábola que escuchó en un monasterio de Kyoto: “Una delicada paloma advirtió un fuego en la montaña que hacía arder muchas millas cuadradas de bosque. La paloma sintió el deseo de extinguir aquella terrible conflagración, pero ¿qué podía hacer un pequeño pájaro? Se dio cuenta de que no podía hacer mucho para arreglar la situación: era demasiado devastadora. Pero no permaneció quieta. Con irreprimible compasión volaba desde el fuego hasta un lago que había lejos, y transportaba unas cuantas gotas de agua en su pico. Antes de que pasase mucho tiempo, las energías abandonaron a la paloma y cayó al suelo. Murió sin haber alcanzado ningún resultado tangible”.

 El maestro Vallés dice él no habría matado a la paloma, la habría dejado volar, la habría dejado descansar antes de agotarse. No hace falta que muera la paloma, dice. No hace falta dar la vida por todas las causas en el mundo que merecen sacrificio. Lo importante es trabajar, volar, llevar agua en el pico, aunque sólo sean unas gotas para apagar incendios y calmar sedes y dar esperanza a quienes la han perdido. Puntualiza el maestro Vallés que la enseñanza central de la parábola es que hay que seguir haciendo todo lo que humanamente podamos hacer “aunque no se alcance ningún resultado tangible”. Hemos de contribuir con nuestra gota de agua, insiste el maestro. ¿Para qué, si no sirve de nada en este mundo convulso? Afirma: “Sí que sirve de algo. Sirve para decir que hay alguien a quien le importa que no se queme el bosque”.  Asevera el maestro Vallés que es imperativo que nos desprendamos de esa necesidad compulsiva de obtener “resultados tangibles inmediatos” para creer que nuestro trabajo es válido y nuestra vida merece la pena. Insiste en que hay que aprender a cumplir con nuestro deber de ciudadanos, sin medir nuestra jornada por los resultados. Es difícil apagar incendios una vez que los ánimos se han caldeado. Los resultados no se ven de la noche a la mañana.  Los problemas de una nación no se solucionan de un día para otro. Toma su tiempo el utilizar los recursos más nobles de la especie humana: la razón, la buena voluntad, y el compromiso personal con nuestra patria.

No debemos matar a la paloma. Mientras las palomas sigan cruzando la vida de los seres humanos, habrá esperanza sobre la tierra.   

Blanca Esthela Treviño de Jáuregui