Los correos del público

Los correos del público

Respuesta

1. A diferencia de Mónica Pérez Taylor cuya carta indignada por mi último artículo aparece el 7 de febrero, yo estoy por “el derecho de la mujer a decidir”, tanto si abortara como si llevará a término su embarazo, pero entregara al bebé en adopción directa e inmediata, sin trámites de autoridades ni narices de monjitas husmeando a futuros padres: una pareja desea adoptar y se arregla con la madre de un hijo no deseado. Punto final.

2. Cité la nota de Maricarmen Rello publicada el 13 de enero y entrecomillé lo mismo que ahora: “Diez niños fueron rescatados a punto de ser llevados por parejas de irlandeses, quienes ya los tenían en posesión”. Los devolvieron a “una colonia marginal” al pie de un cerro (El Colli). Nuestra reportera afirma que las autoridades descubrieron “una red que enganchaba mujeres, engañándolas para que cedieran sus bebés en adopción…” Subrayado mío. No imagino cómo pueda ser engañada una madre que no desea dar su hijo en adopción y lo da. Pero sí imagino la defensa de la madre en la miseria a la que hacen sentir culpa por haber entregado su hijo en adopción: “No sabía… Me engañaron”.

3. Conozco de muy cerca cuatro casos de adopciones directas y sin paso por hospicio, leyes ni estudio socio-económico-moral, nomás arreglo con la madre que no desea al hijo, pero no lo abortó. Dos no habrían pasado la prueba legal porque fueron entregados a mujeres solteras. Los cuatro son casos de éxito. Son hoy cuatro adultos que tienen una vida que jamás habrían soñado con sus padres biológicos. Por eso creo que los bebés “rescatados” estarían más rescatados en Irlanda, con padres que se pueden pagar un viaje, que en El Colli, cerro de tierra o lodo, según la estación, a donde fueron devueltos.

Me irritó que se destacara que las parejas (de hombre y mujer) fueran irlandesas, como si eso empeorara el caso.

El asunto de los bebés en préstamo para supuestos anuncios de pañales y regresados con evidencia de abuso sexual es otro, es muy grave y se debe aplicar la ley.

También me irrita que Mónica destaque, como agravante, que algunas de esas parejas no sólo eran irlandesas, sino “de la tercera edad”. ¿No tenemos derecho?

Luis González de Alba

 

¿Por qué perdemos la inocencia?

¿Por qué perdemos la inocencia de la infancia y migramos hacia la concesión y la tristeza? Elsa Punset, escritora española, experta en la aplicación de la inteligencia emocional y los procesos de aprendizaje en su libro Inocencia radical nos muestra un camino para recuperar la curiosidad y la confianza en los demás que todos poseíamos cuando éramos niños.

Afirma que tenemos un cerebro programado para sobrevivir; y es tan complejo y sofisticado que de forma inconsciente tiende a buscar razones y defensas para estar siempre alerta. Gran parte de su energía la utiliza en una estrategia preventiva creando miedos; el exceso de defensas obliga a opciones de vida muy controladas donde caben pocos riesgos, pero también pocas emociones, poca pasión, pocas sorpresas y menos alegrías, muriendo, emocionalmente, de aburrimiento.

¿Cuándo, cómo y por qué dejamos de ser unos púberes inocentes y crédulos y nos convertimos en los adultos que somos hoy en día? ¿Cuándo dejamos de creer en los Reyes Magos? ¿Cuándo perdimos el esplendor de la magia? ¿Cuándo nos convertimos en seres aburridos? Recordamos con mucha ternura y cierta melancolía personajes de los libros de cuentos y anhelamos ese tiempo pasado en el que todo, por simple que fuese, nos emocionaba cuando lo veíamos por primera vez. En realidad, cuando somos pequeños logramos ser más felices; nos cuesta mucho menos trabajo porque cuando somos pequeños nuestros problemas también lo son y encontramos más fácilmente la solución: todo se arregla con un beso de una madre cuando te has caído, con un “perdón” cuando has hecho algo malo, o con una promesa de que algo mejor pasará cuando no ha salido tan bien lo que esperábamos.

Un niño víctima del bullying pierde la inocencia porque sus compañeros de clase le pegan, le insultan, le ningunean. Lo que pierde un niño acosado es la confianza en el resto del mundo; la confianza primordial que formaba parte de su inocencia. ¿Cómo será su vida adulta? Los seres humanos ponen en marcha su capacidad de resiliencia (capacidad innata de superación de obstáculos) con base en un elemento fundamental: la afectividad. En los orfanatos los experimentos comprueban que los niños que han logrado salir adelante con más éxito no son los que viven las circunstancias menos adversas, sino los que encuentran mayores muestras de cariño en su entorno. Si el niño acosado logra deshacer ese primer aprendizaje que le hace ver el mundo como un lugar inseguro y cruel podrá salir adelante si cuenta con alguien que le de ternura. Pero si el entorno refuerza esa triste lección inicial, entonces se convertirá en un adulto desconfiado y retraído. El poder del entorno es tremendo, para bien o para mal.

Hay muchos niños que no pierden la inocencia, y no porque les falten motivos, sino porque ha habido alguien que les muestre atención y afecto. A pesar de la falta de recursos siguen manteniendo viva la llama en sus miradas, fe en las personas; la mayoría de las cosas son nuevas para ellos y todo les fascina porque la familia es muy unida y la alegría de vivir es parte de su entorno. Los niños de familias acomodadas, dice en su libro Elsa Punset, pierden la inocencia antes, pues el estar rodeados de todo tipo de caprichos, lujos y superprotección hace que pronto empiecen a comportarse como adultos: computadoras, celulares, iPads, tablets, y probablemente nunca aprendieron a jugar a juegos de niños como el escondite, el pilla pilla, la gallinita ciega… Niños de 2 y 3 años llevan vida de adultos.

Cada situación personal hace que las personas pierdan esa inocencia antes o después. Se empieza a perder la inocencia el día que los problemas no se arreglan de la manera esperada; cuando la búsqueda de la solución de un problema se convierte en un problema en sí. Los adultos tenemos cierta tendencia a complicar las cosas, en miles de casos en los que habiendo una solución bien sencilla damos vueltas y más vueltas para llegar al mismo punto al que habríamos llegado siguiendo la línea recta. Nos cuesta horrores pedir perdón cuando hemos cometido un agravio porque ciertamente el nivel de orgullo va aumentando con el paso de los años.

Aunque con el tiempo se gana madurez y conocimientos, se pierde mucha de esa inocencia y pureza de visión característica de la niñez. Eso lleva a la persona adulta a ser más retraída, más recelosa, menos generosa, aburrida, que no es capaz de volver a ver con esos ojos luminosos que miraba cuando era niño; deja de ilusionarse, de maravillarse, de sorprenderse por los milagros de la naturaleza a nuestro alrededor.

 Y el filtro visual de la edad es muy muy complicado de quitar.

Blanca Esthela Treviño de Jáuregui

 

 

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