Paralaje

La tentación pragmática del voto en Nuevo León

Los electores podrán optar por una decisión voluntarista del todo se puede y apostar a la inmediatez del arrebato y la simulación de independencia; o bien, podrán escoger un proyecto meditado, menos espectacular, pero con un tejido más fino de propuestas de gran alcance.

Hay que reconocerlo: en el mundo hay países más democráticos que otros. Estudios sobre ciencia política afirman que esto se debe, principalmente, a que en los países más democráticos el ciudadano suele razonar su voto. De otra manera, la racionalidad es una variable que afecta directamente los procesos de democratización. A la inversa, cuando los votantes se guían por sus emociones, más que por la razón, los resultados pueden ser catastróficos.

México, en los últimos meses, ha vivido un proceso electoral. Algunos candidatos, los más, han preferido llevar el debate al campo de las emociones y las descalificaciones. A la inversa, otros, los menos, apostaron a presentar ofertas políticas y se enfrascaron en un intenso debate sobre plataformas de gobierno, visiones a futuro y planes financieros a largo plazo.

Como hemos visto en los últimos meses, hay quienes, tomando la salida fácil, utilizaron lenguaje vulgar, palabras soeces, videos o descalificaciones falaces para atraer a los votantes. Si bien es cierto que este tipo de campañas generan gran impacto, también se debe reconocer que éticamente no se justifican. Pretender que las personas elegirán, dentro de sus opciones políticas, a aquella que resulte más agresiva, espectacular o carismática es asumir, de entrada, que los seres humanos no somos capaces de discernir entre fuegos de artificio y plataformas de gobierno.

Pero ¿apelar a las emociones será la mejor manera de explicar los procesos políticos? ¿Es éticamente aceptable hacer una campaña en el movedizo campo de las emociones? La historia nos da numerosos ejemplos de figuras que a partir de determinadas emociones construyeron su popularidad. Sin embargo, la actuación de tales figuras muchas veces se decanta en un peligroso autoritarismo. De ahí que las emociones hayan jugado un papel muy importante en la construcción de muchas dictaduras.

Desde un punto de vista pragmático, el camino de las emociones parece acertado. Sin embargo, esta forma de hacer política se contrapone a otra de muy distinta índole, pues se basa en la ética. Una actuación ética, en política, no se propone despertar emociones agradables en los ciudadanos, mediante frases encendidas, un lenguaje procaz y altanero o promesas lisonjeras. Su intención consiste en plantear con honestidad los problemas que depara el futuro a una colectividad y las soluciones que el gobernante propone para hacerles frente. Por supuesto que este discurso, a diferencia de aquél, no logra llenar de fervor a los gobernados. Pero, en cambio, ofrece escenarios posibles, futuros realistas a partir de la lógica, de la razón y la responsabilidad de organizar al Estado.

Sin duda, toda forma de hacer política conlleva una importante dosis de pasión y emociones, tanto de los electores cuanto de los aspirantes. Pero si la base del Estado es solo una población emocionada, y no una sociedad informada, el futuro podría volverse una pesadilla para millones de ciudadanos.

Las apariencias engañan, al igual que las emociones, porque parten del supuesto de la idealización. Tendemos a juzgar a los candidatos por su apariencia y no damos tiempo para conocer su proyecto. Y es que la valoración exterior que hacemos sobre un candidato no siempre es la correcta, sino que se ajusta más a nuestras necesidades y deseos que a lo que propone como plataforma de campaña. Por ello, una de las desgracias más grandes de los procesos electorales sucede cuando el oído de la política sucumbe ante el “canto de las sirenas”. Ya nos decía Maquiavelo en su fundacional dictado de política El príncipe que “pocos ven lo que somos, pero todos ven lo que aparentamos”, mostrando que el espejo en que te miras te dirá cómo eres, pero nunca los pensamientos que tienes.

En la política electoral, la inteligencia emocional de los candidatos es fundamental, pero, como se ha visto, por ejemplo, en la campaña por la gubernatura de Nuevo León, una arista muestra que se va haciendo de lado la ética por el compromiso con lo inmediato; consiguiendo que al votante no le importe el proyecto de largo plazo, sino la propuesta radical momentánea que solo desahoga la indignación que el contexto ha generado. Más aún, las aproximaciones de la identificación partidaria y la elección racional no han dominado el debate. En un contexto con un sistema pluripartidista, donde la capacidad de procesamiento de información del votante es escasa, la información política es deficiente y la publicidad negativa avasalla, los electores no pueden ejercer plenamente su potencial racional, y entonces recurren a sus afectos y emociones como información que guía la toma de la decisión política.

En la disyuntiva que marcan las encuestas para elegir futuro gobernante de Nuevo León hay que ponderar reflexivamente qué proyecto de gobierno quieren los nuevoleoneses. Los electores podrán optar por una decisión voluntarista del todo se puede y apostar a la inmediatez del arrebato y la simulación de independencia; o bien, podrán escoger un proyecto meditado, menos espectacular, pero con un tejido más fino de propuestas de gran alcance.

Lo que no debe omitirse en esta decisión es la seriedad de la misma porque en ella se juega el futuro de varias generaciones de uno de los estados más complejos y prometedores de México. Se puede apostar a la intención del voto pragmático emocional, pero como lo señaló en el último debate el candidato Chema Lozano, la testosterona y el voluntarismo no van de la mano con la razón ni con el compromiso ético. A la inversa, se puede apostar por un voto razonado cauto y promisorio que se fundamenta en el desarrollo de un proyecto estatal de largo plazo que incluye el compromiso del elegido, pero también la supervisión permanente de los electores.

Hay que ser cautelosos del grito fácil y la solución pragmática, pero también del compromiso del proyecto y de la posibilidad factible de su implementación. Esa es la tarea que ya se perfila en la decisión de votar por Ivonne Álvarez o por Jaime Rodríguez, El Bronco. He allí la disyuntiva a la que se enfrentarán los votantes mañana domingo en Nuevo León: transitar de la emocionalidad a la ética constructiva. Ambas se antojan suculentas, pero solo una garantiza el futuro.

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