Paralaje

Un pesebre para México

Qué lejos deberíamos estar de los tiempo de la Matanza de los Inocentes que narra el Evangelio de Mateo, consumada por la orden de Herodes de ejecutar a todos los niños de Belén. Sin embargo, aquí dejamos morir a casi medio centenar de bebés en una guardería...

“Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra

paz entre los hombres
de buena voluntad”


Hoy ocurre una de las celebraciones más grandiosas del mundo cristiano. La más festiva, porque la Navidad es —o al menos debería serlo para los cristianos— el momento más feliz del año. Y no es para menos. Aquel arribo casi solitario en Belén simbolizó y sigue significando el alumbramiento espiritual para millones de seres humanos. Hombres y mujeres que saben que el milagro de la Natividad puede replicarse, en cada persona y en cada instante de la vida; si bien, la mayoría de los cristianos prefieren intentarlo cada 25 de diciembre, la misma fecha elegida, tiempo atrás por romanos, celtas y germanos para celebrar el nacimiento del sol invicto, en ocasión del solsticio de invierno cuando el astro rey alumbra menos pero anuncia el inicio de su mayor resurgimiento.

Jesús nació en un tiempo determinado (el décimo quinto año del imperio de Tiberio) y en un lugar específico (un humilde pesebre de los montes de Judea), pero el significado de su encarnación no tiene ni espacio ni momento fijo. El mensaje de aquel acontecimiento siempre es oportuno y siempre es imperioso. Sin embargo, si bien volvemos a escuchar el llamado de paz, también volveremos a advertir cuán poco lo hemos asimilado y cuán mínimo ha sido nuestro avance a partir de aquel acontecimiento bíblico.

Cuando se hizo realidad el anuncio del arcángel Gabriel, Palestina era hogar de varias culturas: la hebrea, la musulmana, la griega y la romana, entre otras. Igual que hoy, el mundo se divide entre un abanico de regiones, naciones y etnias. En aquel entonces, había allí rebeldes fariseos que luchaban por la independencia del territorio y saduceos que apoyaban, aunque en forma más discreta, ese mismo ideal. Algo similar a lo que ocurrió en Escocia frente al Reino Unido, Cataluña en España y el Tibet ante China, entre otras decenas de movimientos separatistas que conocemos. En aquella región de medio oriente, el fundamentalismo y el fanatismo ya tenían arraigada vigencia, personificados en los zelotas que no dudaban en hacer uso de la violencia en el nombre de la Patria y de Dios. Actitudes que siguen presentes en nuestra era, solo que ahora bajo las denominaciones de talibán o Estado Islámico, por mencionar solo a algunos.

La otrora obsesión de Herodes el Grande por el poder, que lo llevo a echar mano del asesinato, de la opresión y del abuso para gobernar su imperio, no solo es vigente en éste, nuestro tiempo, sino muy evidente en varios rincones del mundo, como ocurre en Siria, donde todos los días decenas de opositores mueren por su causa, o en Corea del Norte, un país en el que el totalitarismo alcanza expresiones insultantes y la represión se vuelve programa de gobierno. Sí, lamentablemente parece que la humanidad no ha cambiado mucho.

Con sus propios matices, nuestro México tampoco está del todo distanciado del contexto socio-político original de la Natividad y el mensaje cristiano en este país de mayorías creyentes es hoy especialmente propicio.

Qué lejos deberíamos estar de los tiempos de la Matanza de los Inocentes que narra el Evangelio de Mateo, consumada por la orden de Herodes de ejecutar a todos los niños menores de dos años nacidos en Belén y comarcas cercanas. Sin embargo, aquí dejamos morir a casi medio centenar de bebés en una guardería sin que algún escarmiento, ni siquiera acto de contrición, se haya hecho patente.

Qué lejos deberíamos estar también de otra de las masacres de Herodes, quien luego de conquistar Jerusalén y ocupar su trono, mandó matar a 45 seguidores de su contrincante Antígono. Y, sin embargo, los mexicanos no fuimos capaces de proteger, de sus propias autoridades locales, a 43 estudiantes, la mayoría aún en calidad de desaparecidos ni, como todo lo hace suponer, evitar su vil asesinato.

Qué lejos deberíamos también de estar de aquellos liderazgos radicales e intransigentes (en Palestina, básicamente político-religiosos) que se valían de rebeliones y atentados para alcanzar sus objetivos. Y, sin embargo, atestiguamos casi a diario agresiones y acciones criminales, disfrazadas de supuestas luchas sociales, como las de los maestros de la Ceteg, que golpean salvajemente a policías, destruyen inmuebles, retienen periodistas y buscan boicotear elecciones.

Dos mil años y seguimos en lo mismo; la Navidad necesita ser comprendida más allá de regalos y cenas espléndidas. Pocos mensajes han sido tan conocidos, tan repetidos, tan estudiados y, al mismo tiempo, tan ignorados, como el de este asombroso acontecimiento. Tenemos la opción de desoírlo nuevamente pero no sería justo, no sería inteligente y no sería noble hacerlo. Si, como hace siglos, seguimos viendo de cerca la impunidad y aún acudimos a la agresión como forma de convivencia, seguramente todavía estamos apartados de la ruta correcta.

A creyentes y a no creyentes nos beneficia una proclama de armonía, paz, humildad, tolerancia y justicia. Conmemorar este nacimiento a través del propio renacimiento es un ejercicio que a nadie daña y a muchos beneficia. Y hacerlo como una experiencia colectiva sería una auténtica revolución hacia el bien. Quizá por ello, el mejor deseo que me viene a la mente en esta Navidad es un pesebre para México.

¡Felices y transformadoras fiestas para todos los generosos lectores que semanalmente me acompañan en este Paralaje!


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