Paralaje

La marcha de la locura en Nuevo León

Una posible victoria de Jaime Rodríguez, "El Bronco", más que ser un triunfo ciudadano, podría convertirse en un Caballo de Troya.

Las guerras son producto de la locura, de la intolerancia, de la insensatez. Esa es la conclusión a la que llega la historiadora de Yale Bárbara Tuchman en su estupendo estudio titulado La marcha de la locura(1985).

Leí ese texto a finales de los años ochenta. Sin embargo, es buen momento para traerlo a colación dadas las circunstancias de la política en Nuevo León.

El texto de la historiadora social analiza cómo influyen los líderes en el desarrollo de un conflicto.

Para ello, compara diversos episodios en la historia de la humanidad. En un alucinante viaje, Tuchman nos lleva al clímax de estos. Nos inmiscuimos, así, en la historia del Caballo de Troya.

Posteriormente, viajamos al mundo de Jacques de Molay y la Guerra de los Cien Años. Nuestro viaje concluye con la intervención estadunidense en Vietnam.

Lo interesante del texto es que Tuchman encuentra patrones similares en el desarrollo de los conflictos. Así, la historia del Caballo de Troya, la Guerra de los Cien Años y la intervención estadunidense en Vietnam reflejan patrones notorios de una especie de liderazgos perversos, aquellos que promueven propuestas contrarias al provecho de los electores, del gobierno y del Estado.

Para Tuchman, quienes inician una confrontación son individuos desquiciados. Su libro muestra el enloquecido comportamiento de ciertos personajes históricos que resultan incompatibles con lo que de ellos nos relata la inocente narrativa tradicional, poniendo bajo la lupa los rasgos de las personalidades que determinaron el rumbo de la historia.

Seamos contundentes: la locura seduce, atrapa, toca las fibras más profundas de las sociedades. Un ejemplo claro, relatado por Tuchman, es el momento en que los troyanos llevan al caballo de madera dentro de sus muros. La idea surgió del líder, del insensato. Lo peligroso, sostiene la autora, es que ésta fue secundada por los ciudadanos. A pesar de lo necio que parecía llevar al caballo a la ciudad, las personas se dejaron seducir por la locura. Quienes se opusieron no sólo no fueron escuchados, sino que, en algunos casos, resultaron aislados y castigados.

El libro cierra con consideraciones relativas a la sed de poder y a la inercia o anquilosamiento mental de quienes buscan detentar facultades de gobierno. En muchas ocasiones, quienes arriban al poder en estas condiciones se casan con una idea y no la sueltan, sus principios se vuelven rígidos, dificultando la realización de análisis sensatos y obstruyendo la enmienda de rumbos.

Pero lo grave, concluye Tuchman, no es el líder loco, irreverente, insensato. Lo grave es que lo escuchen, que lo sigan, que lo apoyen. Seguir a un líder así sólo puede llevar a la autodestrucción de un pueblo, como pasó en Troya.

Las elecciones en Nuevo León son un buen ejemplo de esto. Parecería que votar por Jaime Rodríguez El Bronco, es la manera de demostrar el descontento con el gobierno de Rodrigo Medina o de Enrique Peña Nieto. Además, se presenta como un buen mecanismo para castigar, en general, al PRI y al PAN. Desde esta perspectiva, la victoria de Jaime Rodríguez El Bronco se convertiría en un triunfo ciudadano en contra del gobierno.

En segundo lugar, los presuntos vínculos que se dice ha tenido con el crimen organizado son preocupantes. En los últimos días, en Nuevo León han causado alarma las versiones de que Jaime Rodríguez, cuando fue alcalde de García, entregó al cártel de Los Zetas al general Juan Arturo Esparza, quien fue asesinado por este grupo delincuencial el 4 de noviembre de 2009.

No es tema menor que se presuman relaciones cercanas del Bronco con el crimen organizado.

En tercer lugar, la tergiversada historia del secuestro de su hija habla de un personaje que es capaz de mentir hasta en las peores circunstancias.

En caso de que gane ¿podemos esperar que El Bronco nos diga la verdad cuando las cosas no salgan bien? ¿Tenemos la certeza de que le hablará con claridad y honestidad a los nuevoleoneses? Por ello, una posible victoria de Jaime Rodríguez, El Bronco, más que ser un triunfo ciudadano, podría convertirse en un Caballo de Troya. Recordemos que en esta anécdota los ciudadanos de Troya, al sentirse ganadores, llevaron a sus enemigos, sin saberlo, dentro de sus murallas. Introdujeron, en su fortificada ciudad, al adversario. No imaginaron que escondidos dentro del Caballo de Troya estaban los mayores temores, miedos y preocupaciones de los ciudadanos. Ahora, la historia podría volver a repetirse, pero en Nuevo León.

Estoy en desacuerdo con quienes sustentan que votar por Jaime Rodríguez solucionará los problemas estructurales de Nuevo León. No nos dejemos llevar por falsas ilusiones, no nos entretengamos sólo remendando consecuencias, pensemos en las verdaderas causas. Los discursos se quedan en eso, en disertaciones. Necesitamos verdaderos proyectos de gobierno, políticas públicas eficaces, compromiso con el ciudadano, equipos de trabajo sólidos.

Los errores del gobierno no se corregirán tomando la salida fácil; de hecho, ya la imagen de éste ha sido castigada como lo muestran las encuestas. El alejamiento de los partidos políticos con los ciudadanos no será resuelto con emitir un voto insensato. Más bien, se necesita encontrar los problemas de fondo y plantear propuestas gubernamentales sólidas, proyectos a largo plazo.

Por lo menos las candidaturas que encabezan el panista Felipe de Jesús Cantú y la priista Ivonne Álvarez han tomado el compromiso de formular políticas públicas precisas y proyectos de trabajo con equipos que los desarrollen.

Las soluciones a los problemas estructurales de nuestro país no pasan por el simple hecho de castigar a los partidos políticos en perjuicio de nuestro propio futuro. A la inversa, se requiere un compromiso democrático del gobernante y, además, sí, es necesario que la ciudadanía exija cuentas, pida transparencia, reclame resultados precisos, pero sin comprometer el futuro con una solución que empeore lo que tenemos. La insensatez y la locura, siguiendo a Tuchman, no son la respuesta.