Paralaje

Es la hora de México

El presidente Donald Trump plantea un desafío monumental al sentido común. Ha desmentido a quienes pensaban que, ya en la presidencia, dejaría de lado el papel del candidato irreverente que estelarizó de manera magistral en campaña, para dar paso a la prudencia a la que obliga el ejercicio del poder. Ha pasado apenas una semana, y ya no se sabe cuál es peor, el candidato o el presidente, con la diferencia de que ahora el riesgo y el peligro son considerablemente mayores.

Lo de menos en torno a este personaje es la impopularidad o el rechazo que esperamos pudieran generar sus arrebatos con el paso del tiempo en amplios sectores de la sociedad estadunidense y del mundo entero. Lo relevante hoy es que el presidente Trump está convencido de la causa que le acompaña y de un mandato fincado en confrontar y descalificar a todos, lo mismo a la prensa, que a los adversarios políticos y a un buen vecino al sur. Es un político al que hay que tenerle la mayor de las reservas. Los mexicanos nos sentimos particularizados en su malquerencia y desplantes, pero la realidad es que todo el mundo tiene razón para sentirse amenazado o agraviado.

Por principio de cuentas, se debe tener claro que es presidente, aunque con su conducta demerite tal investidura, y ello obliga a otorgarle un trato de respeto institucional. Quiérase o no, es el representante de Estados Unidos, que resulta ser, además, el país económica y políticamente más poderoso y por si fuera poco nuestro vecino y principal socio comercial. Además, hay una relación de interdependencia entre México y Estados Unidos; ambas naciones se necesitan. El problema que enfrentamos es que el racismo del presidente estadunidense y de su grupo nos lleva inevitablemente al terreno de la confrontación.

Cualquier análisis sobre el entorno en que vivimos en estas horas debe tener presente que lo que para los mexicanos puede parecer extremadamente impopular no necesariamente lo es para la mayoría de los estadunidenses. En amplios sectores de la población estadunidense hay un rechazo a la política convencional y al orden de cosas existente. Incluso uno de los temas más peligrosos y polémicos del presidente Trump, que es su ataque a los medios de comunicación y que hace despertar dudas sobre su capacidad política, se da cuando éstos, según Gallup, están en su momento más bajo de credibilidad. Mucho de lo que dice de México y los mexicanos es compartido por amplios sectores de la sociedad estadunidense. No en balde Trump ganó la elección presidencial con esa propuesta.

Otra cosa que debemos considerar es que no se puede caer en el supuesto del fracaso que acompañará al gobierno de Trump. Quizás así sea en el largo plazo, pero no necesariamente en el corto y quizás tampoco en el mediano. Los indicadores de inversión y los mercados financieros le están dando el beneplácito. La reestructuración de la economía con bajos impuestos podría darle un impulso importante a la inversión, aunque también generaría un problema de déficit y, si éste se pretende resolver a través de la reedición del proteccionismo con gravámenes a las importaciones, llevará a la pérdida de competitividad y al disparo de un proceso inflacionario. Pero eso tomará tiempo.

El gobierno de México debe actuar con extrema cautela. No caer en la provocación, pero tampoco ceder terreno. Bien por aclarar que el país no pagará el muro del señor Trump. La propuesta relativa a cobrar un impuesto de 20% a todas las importaciones representa una muy mala noticia para México, para China y para los estadunidenses, pues el incremento de impuestos necesariamente se trasladaría al consumidor en Estados Unidos, quien finalmente pagaría el muro del señor Trump.

El escenario es complicado y explicable es también la exasperación de muchos en México, Estados Unidos y en el resto del mundo, respecto a los desplantes y arrebatos del presidente estadunidense. Pero nuestro gobierno, insisto, debe actuar con cautela. Bajo ninguna forma minimizar el riesgo y la necesidad de mantenerse alerta. Preparar escenarios y, especialmente, actuar sin complejos. México es un gran país; la economía estadunidense requiere de México y de los mexicanos, como consumidores, trabajadores y productores. Pero además de eso está el tema de la seguridad. México ha sido un leal vecino. El anhelo por una frontera segura, así como la conveniencia de un flujo legal y ordenado de personas y mercancías es compartido por las dos naciones.

México tiene muchos problemas por seguir políticas globales impuestas desde Estados Unidos en materia de seguridad, especialmente la relativa al tratamiento criminal al comercio y consumo de drogas. La colaboración de México ha quedado acreditada y ha operado más en función de los intereses del país vecino que del propio, de otra forma las iniciativas para la despenalización de las drogas hubieran avanzado, como sí ha ocurrido en el propio territorio estadunidense.

El gobierno no debe dejar de mostrar disposición al acuerdo y la negociación. Pero cuidando las condiciones que hacen de México un país de oportunidades para la inversión y un aliado de la seguridad hemisférica que tanto interesa a Estados Unidos. Una actitud prudente es desgastante para la opinión pública, pero es lo correcto para salvaguardar el interés nacional. Acordar no significa ceder, tampoco someterse. Es la vía para hacer valer la causa de los mexicanos y para actuar de manera constructiva en una relación entre países desiguales y ahora gobernado por un equipo predispuesto a la confrontación y pleno de prejuicios sobre México.

Hay que ver a la historia y aprender de las lecciones más dolorosas para no descartar ningún escenario ni caer de nuevo en la sorpresa. Sobra decir que el desafío Trump demanda unidad, pero exige, sobre todo, valorar los recursos con que contamos, y actuar de frente y con firmeza ante las nuevas circunstancias. Creo que si confiamos más en nosotros mismos, podemos hacer de estos momentos de incertidumbre el sólido principio hacia una nueva historia de fortaleza y prosperidad.

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