Paralaje

La difícil unidad

En memoria de Luis Donaldo Colosio, quien merece ser recordado siempre, más en su natalicio.

 

Mañana domingo tendrá lugar la marcha que convoca a la unidad, de cara a la amenaza que representa el gobierno de Donald Trump a México y a los mexicanos. Sin embargo, desde el inicio ha habido espacios de ambigüedad o contradicción que comprometen o, según algunos, estigmatizan el objetivo que se pretende. En efecto, los convocantes, el motivo, el recorrido y hasta las horas de la movilización son motivo de desencuentro. Si de lo que se trata es de dar un mensaje inequívoco de unidad, los mismos organizadores han puesto en entredicho el objetivo.

La sociedad estadunidense está dividida; fue el sentimiento antisistémico lo que llevó a Trump a la candidatura republicana y después a la Presidencia. Algo parecido está ocurriendo en México. La globalización y el cambio económico dejaron en EU a muchos damnificados; con rapidez se acogieron al discurso fácil de culpar al vecino y a la promesa falsa de resolverlo con decisiones de fuerza. Trump ganó por el apoyo decidido de amplios sectores de la población distanciados del orden de cosas prevaleciente. Es una mezcla preocupante porque de por medio están la polarización, el prejuicio y los sentimientos más peligrosos como son la intolerancia y el rechazo al tercero.

En México puede suceder algo semejante, aunque aquí los damnificados no son por la economía, sino por la política. Hay un segmento de políticos que han perdido espacio institucional de participación y que ahora hacen de la lucha contra la corrupción un medio eficaz, válido y arropador de participación política. La crítica al poder es necesaria y no puede descalificarse por las credenciales, antecedentes o intenciones de quien la emprende. El tema no es el mensajero sino el contenido.

De alguna manera esto es lo que estará presente en la marcha de mañana. Frente a la realidad de que el representante de México ante el vecino insolente y amenazador es el gobierno, y que en el régimen presidencial éste se hace representar por el Presidente de la República, una parte —la antisistémica— de los que invocan la unidad reclama anteponer primero la lucha contra la impunidad en México, en una clara y a su vez legítima intencionalidad política de rechazo al gobierno.

Pero no se pueden las dos cosas: o se invoca la unidad frente a la amenaza que representa el gobierno de Trump con todo lo que implica, o se moviliza a la sociedad para repudiar al gobierno nacional. Las dos acciones son válidas, pero en el contexto de mañana las hace incompatibles. Hacer lo segundo compromete a lo primero, incluso debilita al país para encarar la amenaza. Es un dilema al que debe responderse con claridad y no con voluntarismo.

Son muchos los convocantes que están en la primera postura y es explicable al menos desde el punto de vista histórico. Las peores derrotas de México frente al exterior se dieron precisamente por lo que ocurre ahora, la división interna y una autoridad debilitada desde adentro. Soy un convencido de que como tal, las exigencias para mejorar la calidad de gobierno no deben ceder, pero hay otros espacios y momentos. Lo que requiere el país hoy es enfrentar la amenaza —real y auténtica— y para eso hay que estar unidos. Cuando no hay visión y perspectiva, las mejores intenciones conducen al peor de los resultados.

En la actual circunstancia la crítica al gobierno es muy rentable y cómoda. Genera simpatía, expía culpas, lava pecados y coloca a quien la ejerce en el plano de lo políticamente correcto, más si esto se hace en el terreno de la academia, de los medios o de la llamada sociedad civil. Insisto, es una tarea que debe ejercerse, sin importar la motivación, la autenticidad o la posible causa subyacente de quienes la ejercen. Desde luego que hay una necesidad de mejorar el gobierno y para ello abatir la impunidad es imprescindible; pero ello implica y compromete a mucho más, entre otras cosas, que cada quien desde su propio espacio cumpla con el código de integridad al que se está obligado. El cambio empieza en uno mismo y cuando así ocurre es generador de grandes transformaciones.

Aquella batalla hay que seguirla dando, pero no podemos perder de vista que lo cierto es que el país, no solo el gobierno, enfrenta en estos días un desafío monumental e inédito. Cierto es, y aquí lo hemos dicho, que las debilidades que tenemos como nación se generan en su interior. La desigualdad, la precaria cultura de la legalidad y la impunidad afectan al cuerpo nacional y no solo es un tema de imagen o percepción, sino que como se está viendo en las horas previas a la marcha, son lastres que obstruyen la cohesión social, generan encono político y mediático, y dificultan el consenso sobre temas fundamentales y la legitimidad de las autoridades y los representantes.

No obstante, debemos actuar con perspectiva y con cuidado. En el capítulo más reciente México ha sido objeto de cuestionamiento en el fuego cruzado entre los medios de comunicación y el equipo de gobierno del presidente Trump. Medias verdades y mentiras completas son parte de los obuses de un lado; del otro, filtraciones o inventos alimentan lo que parece ser una competencia al interior del equipo del presidente Trump.

No se sabe si es mejor o peor, pero además de una postura ideológica y política regresiva, al nuevo gobierno estadunidense le caracteriza una evidente inexperiencia y torpeza políticas. El problema para México es que la opinión pública nacional debe actuar con reserva del hecho de que cada encuentro, llamada o entrevista da lugar a una controversia con efectos adversos para el país y el gobierno.

La unidad es difícil, pero ahora es una cuestión fundamental para el interés de todos, no solo del gobernante. Creer lo contrario es pensar en que México solo es la coyuntura que vivimos, que no tiene pasado y no tendrá futuro. Y eso no nos lo van a perdonar las generaciones del porvenir.

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