Paralaje

Resultados, debate y opiniones

Es una paradoja, pero el proceso más exitoso en cuanto a la profundidad y trascendencia de los cambios impacta a sus actores centrales, en especial del lado de la oposición por las divisiones en sus partidos, aunque también la opinión sobre el gobierno y el Presidente revela desgaste, propio de la mecánica de negociación y compromiso.

“Un hombre sabio toma sus propias decisiones; un ignorante sigue la opinión pública”.

Proverbio chino

 

El segundo Informe de gobierno del presidente Enrique Peña Nieto toma al país en condiciones muy diferentes a las del año pasado, con un halo de opiniones y consenso que revelan la secuela de las reformas. Mucho se ha dicho de su contenido y poco de la fórmula utilizada para hacerlas realidad y que tiene mucho que ver con las opiniones no solo sobre lo alcanzado, sino de los mismos actores. En este sentido, lo que ha acontecido es inédito. Y es que el eje de cambio no ha sido el protagonismo presidencial ni el del gobierno, sino la negociación y el acuerdo con la pluralidad.

Es una paradoja, pero el proceso más exitoso en cuanto a la profundidad y trascendencia de los cambios, impacta a sus actores centrales, especialmente del lado de la oposición por las divisiones en sus respectivos partidos, aunque también la opinión sobre el gobierno y el Presidente revela desgaste, propio de la mecánica de negociación y compromiso. Es preciso destacar que los estudios de opinión no identifican en el ámbito político ganadores o perdedores. También es un contrasentido que en el círculo rojo haya más claridad respecto a la población en general, sobre el liderazgo presidencial y los resultados del primer tramo de la Presidencia de Enrique Peña Nieto.

La misma situación del Congreso es reveladora de los nuevos tiempos. No es usual que el PRD, partido que se ha opuesto con claridad y determinación a la reforma energética (el mayor y más polémico de los cambios), sea el que presida ambas Cámaras, sobre todo en un momento político relevante por el año electoral que se avecina y por el expediente sujeto a discusión de la consulta popular. La peculiar circunstancia muestra además la claridad estratégica del presidente Peña: la izquierda tiene lugar importante en la mesa por lo que aporta y porque un esquema bipartidista no es óptimo ni para el país ni para el PRI.

El hecho de que el PRD presida el Congreso también es evidencia de los nuevos términos de confianza y diálogo entre las fuerzas políticas y el gobierno. La dirigencia del PRD ha correspondido constructivamente al señalar que quienes presidan las Cámaras son portadores de la representatividad de la pluralidad y no de la fuerza política a la que pertenecen, principio fundamental de la madurez parlamentaria que ha caracterizado el pasado reciente.

En este contexto de opiniones, debate y resultados, los nuevos tiempos también abren espacio para expresiones como las del ex presidente Felipe Calderón. Más allá de los comentarios y de la incomodidad de algunos, es irrefutable que quien ha concluido su mandato pueda expresarse, con libertad y en un ámbito de respeto, acerca de su gobierno, además de razonar sobre los pendientes de su gestión. Invariablemente habrá controversia y perspectivas encontradas, incluso en su mismo partido. Algunos señalan, por ejemplo, la incongruencia de que el ex presidente haya sido un obstructor de las reformas planteadas cuando fue líder del PAN; de hecho, existe hasta quien juzga que los priistas no hicieron más que emularlo una vez que se convirtieron en opositores; justicia poética argumentan. Al final de cuentas lo que importan son los frutos, no las opiniones.

Por ello, son los resultados los que mejor abonan hoy en día el terreno de los actores políticos. La polémica es natural y explicable, pero además, en este caso, es una ventaja que sea generada por lo que se ha hecho y no por la inacción. Las opiniones deben escucharse, pero también deben ser entendidas. En la evaluación debe estar presente el humor social negativo o de desencanto que permea desde hace tiempo y que tiene que ver con las dificultades que han enfrentado las autoridades en la última década para proveer seguridad y una economía capaz de generar bienestar. Precisamente, los cambios se orientan hacia respuestas estructurales al menos en dos frentes: recuperar la fortaleza del Estado para asegurar el interés general y transformar los fundamentos para conseguir un crecimiento sostenido, suficiente y justo.

También es útil que las opiniones y las críticas se enfoquen en lo que deben hacer las autoridades para que las reformas no pierdan ímpetu o se desvíen en el proceso de su instrumentación. Lo que debe lastimarnos no son las reservas ni la desconfianza, sino la impericia o la falta de previsión que entorpezcan los objetivos anhelados. Si bien la  impaciencia es comprensible, las encuestas revelan que la mayoría de la población está consciente de que los cambios legales tendrán efectos prácticos en un periodo mayor a los dos años.

Los acuerdos no cancelan el debate, pero tampoco la búsqueda de un piso común entre las fuerzas políticas representadas en el Congreso para mantener las decisiones compartidas. Las mismas reformas aprobadas demandan decisiones parlamentarias como es el caso de los nombramientos en los órganos técnicos y reguladores en materia de energía. Además, hay que hacer previsiones administrativas para evitar y, en su caso, sancionar la corrupción, uno de los grandes anhelos de la sociedad mexicana.

Es previsible que en los próximos meses el tema electoral adquiera relieve en el desempeño y actuación de los partidos políticos; y esto, sin duda, modifica los términos públicos del acuerdo. Cada partido tiene sus propios cálculos y objetivos: los pequeños buscan acreditar una votación suficiente para mantener su registro; Morena pretende disputar territorio y voluntades al PRD; el PAN intenta defender dos gubernaturas y avanzar en gobiernos y congresos locales, además de fortalecer su presencia en la Cámara de Diputados. El PRI ansía lograr la mayoría absoluta en la Cámara baja, mantener su presencia local y ganar espacios ante el PRD y el PAN. Todo esto habrá de acontecer en un marco de nuevas reglas, autoridades electorales y un régimen de fiscalización de gasto.

Los comicios de Nuevo León y del Distrito Federal se anticipan como procesos de la mayor importancia. En los primeros habrá de dirimirse la disputa, no solo entre partidos, sino entre visiones y propuestas que tendrán que ver con el enorme potencial de la entidad en la economía nacional y regional. En el Distrito Federal, por primera vez el PRD enfrenta una competencia que puede modificar el escenario partidista en la entidad. Por una parte, una izquierda dividida por la incursión de Morena; por la otra, la predisposición de la oposición para alcanzar un acuerdo que lleve a la alternancia en las delegaciones y a la independencia de la Asamblea Legislativa frente al gobierno local. Así, en el panorama se vislumbra un horizonte de resultados, debate y opiniones.

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