Paralaje

Luz y sombra en los siniestros naturales

Las personas y los pueblos se ponen a prueba en los momentos de dificultad. La tragedia humana asociada a la violencia de la naturaleza revela las fortalezas de las instituciones y de la sociedad. México es lugar de contrastes: por una parte, la respuesta generosa y solidaria; por la otra, la afanosa búsqueda de culpables. Así ha sido y es posible que así siga ocurriendo. Lo importante es que la primera impere sobre la segunda.

Es explicable que la adversidad lleve a la indignación, pues nada hay más desolador que la pérdida de vidas o de patrimonio provocada por un fenómeno natural. De una forma u otra será fácil remitirse a la falta de previsión para iniciar el linchamiento. También estará presente el sentimiento de insuficiencia o lo tardío de la respuesta. En fin, las inundaciones recientes descubren y revelan los extremos de la condición humana en circunstancias de adversidad.

Cierto es que el país se ha caracterizado por un desarrollo urbano desordenado, y ello está contemplado en las políticas y ajustes en la administración pública del nuevo gobierno. El crecimiento de las ciudades ha sido caótico, especialmente en las poblaciones de acelerado poblamiento. En nuestras grandes ciudades, a la insuficiencia de servicios, áreas verdes, transporte y demás elementos esenciales para una vida digna se suma el inconveniente de los asentamientos urbanos en zonas de riesgo. Ha habido un acumulado de descuido, negligencia y también venalidad.

La cuestión es que la corrección que no hacen las autoridades, sí la realiza la naturaleza. El problema no solo se presenta en las urbes, también la deforestación en el territorio nacional significa mayores riesgos por las condiciones orográficas. Desde hace mucho tiempo se ha alertado sobre el deterioro de nuestros bosques y la consecuente erosión del suelo. También están presentes los efectos del cambio climático global. Empero no se ha actuado para revertir el daño. Mientras, la naturaleza cobra factura sin contemplación. En circunstancias tales, lo trágico está a la vuelta de la esquina.

Las experiencias traumáticas, particularmente la del sismo de 1985, han llevado a un cambio de actitud y a brindar más atención a las acciones de protección civil. También se han restablecido fondos presupuestales para actuar en caso de desastres. Nuestras fuerzas armadas, desde hace mucho tiempo, han sido eficaces instancias para actuar ante la adversidad. En la Ciudad de México es donde hay mayor conciencia sobre la fragilidad humana ante los fenómenos naturales extremos. Los habitantes hemos sido educados para actuar de manera responsable frente a un terremoto. También se ha revisado la situación de los inmuebles existentes y se ha establecido una normatividad más rigurosa de carácter preventivo.

En este rubro, las autoridades han hecho su parte. Aunque también se han dado casos de negligencia criminal, como ocurrió en Acapulco o en Villahermosa, al permitir viviendas en zonas de riesgo. En los acontecimientos recientes fue muy venturoso que las autoridades de protección civil federal hayan previsto el abasto de alimentos ante la eventualidad de un siniestro. Es una buena lección que obliga a repensar en la necesidad de destinar una mayor inversión pública para enfrentar lo inesperado.

Aunque el momento del siniestro es crítico, lo más difícil es su secuela. Lo importante es salvar vidas y brindar inmediata atención a afectados, pero la recuperación moral y patrimonial de las familias, muchas de ellas de muy escasos recursos, es un proceso largo, difícil y costoso. Los gobiernos asisten, pero su esfuerzo siempre será insuficiente. Las pérdidas allí están, y lo deseable es la pronta recuperación de lo reparable; sin embargo, debe prevalecer un esfuerzo conjunto de la sociedad y de los gobiernos para actuar de manera coordinada hacia una nueva normalidad, asunto cuya demanda lleva mucho tiempo, especialmente desde el punto de vista de los afectados.

Tienen derecho a ser atendidos quienes exigen justicia por haber sido afectados por actos indebidos de autoridades o particulares. Se deben deslindar responsabilidades sin que esto lleve al linchamiento público. Lo urgente es actuar frente al problema; lo segundo, enmendar para así mitigar el riesgo que se vive en muchas zonas del país. No es sencillo, pero debe actualizarse el inventario de zonas de riesgo, especialmente las referentes a asentamientos humanos irregulares, y hacer lo necesario para su reubicación. La complacencia es inaceptable cuando va de por medio la seguridad de las personas y las familias.

Tampoco es admisible que sea la tragedia la que nos obligue a aprender y a actuar de manera responsable. Es imprescindible una mejor y mayor cultura de previsión en la que participen la escuela, los medios de comunicación y la sociedad organizada. Los gobiernos tienen su parte y la normatividad es factor importante, pero es la iniciativa social el mayor activo para mejorar la capacidad de respuesta frente al siniestro natural.

El reclamo excesivo o fuera de lugar por las acciones u omisiones de las autoridades es explicable, aunque no justificable, sobre todo cuando es alimentado con el propósito de medrar políticamente con la tragedia. La insistencia en ello se vuelve autoflagelación. Insisto, debe prevalecer la solidaridad y la respuesta generosa de todos, así como la acción eficaz y comprometida de las autoridades. Aunque la afectación por lluvias intensas se remite a espacios muy concretos del territorio nacional, se requiere un ejercicio general que actualice la fortaleza de la sociedad y la capacidad de las autoridades para actuar eficazmente frente a los siniestros.

En su secuela, la adversidad ofrece lecciones de recuperación y de fortaleza social. Un buen ejemplo es lo que ha realizado la autoridad estatal en la zona metropolitana de Monterrey en años recientes, donde no solo se restableció la infraestructura urbana, sino que la ocasión sirvió para que ésta fuera actualizada y mejorada. Historias semejantes se han presentado en otras partes del territorio. Arturo Martínez Nateras, en el diario Reforma de ayer viernes, convoca a las autoridades federales a la reconstrucción de La Pintada, poblado que padeció en estos días una muy lamentable y conmovedora tragedia; seguramente en poco tiempo habrá la respuesta obligada, manera de honrar las pérdidas y la palabra empeñada. Frente al dolor y la adversidad hay que abrir espacio a lo mejor de nosotros y convalidar nuestra fortaleza como colectivo para superar las circunstancias, por difíciles que sean.

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