Paralaje

Confianza

Con la desconfianza se desvanece el orgullo de lo que hemos hecho y sentido para construir un mejor mañana. Malos legisladores o malos dirigentes nos hacen creer en la descomposición de la institucionalidad democrática.

Causa y efecto de las dificultades para superar la adversidad es el déficit de confianza. Es causa porque la falta de credibilidad en las instituciones fundamentales para generar consenso y acuerdo hace que los problemas se exacerben y compliquen. Y es efecto porque una de las secuelas de las crisis y problemas es precisamente el deterioro de la confianza sobre la capacidad de las instancias de autoridad para resolver las dificultades presentes. La desconfianza es rasgo común de nuestros tiempos.

La cuestión es que no hay comunidad ni nación que pueda salir adelante y progresar sin un piso de confianza frente a temas fundamentales; quienes ejercen la autoridad pueden ser evaluados en términos críticos y adversos, sin que ello signifique repudiar las reglas o el sistema en su conjunto. Esta circunstancia no es exclusiva de México, pero aquí la crisis de confianza se extiende sin límites, no solo hacia el gobernante, también al sistema institucional que da soporte al régimen democrático, incluyendo a las oposiciones, también a las de nuevo registro. La desconfianza trasciende lo político e invade los terrenos de lo social, abarcando las instituciones y hasta los términos de convivencia, entre vecinos y, en algunas ocasiones, hasta entre los seres más próximos, como en las familias.

Las crisis de las instituciones tradicionales vienen de la mano de la modernidad. Tradiciones, mitos y fijaciones son desplazados por la fuerza del cambio y los nuevos términos de la vida social. Esto es un proceso que se ha hecho patente desde hace tiempo. El cambio altera muchos aspectos de la vida social, así como las perspectivas del poder y la política. Sin embargo, lo que ahora vemos es un deterioro de la confianza en todo y todos que se manifiesta a través de la indignación, pero también con la pérdida de expectativas de un mejor porvenir. Esta forma de escepticismo no permite alimentar una de las grandes fuerzas del cambio: el anhelo de un mejor presente y el deseo de un mejor mañana. El ideal sucumbe ante el descontento y la ausencia de esperanza de ser positivo se percibe como recurso propio de ilusos si no es que como interesada o falsa impostura.

La desconfianza actual no se limita a instancias específicas o temporales; por ser generalizada, se manifiesta como una forma de condena que niega o impide salidas. Algo tiene que ver la indiferencia —real, virtual o aparente— de nuestras élites en los problemas presentes y en su forma de reaccionar ante ellos; como también juega su parte la ausencia de un sentido de historia y de trascendencia. Las dificultades presentes nos han hecho perder perspectiva y aprecio por muchos de los avances alcanzados en las últimas décadas. Estamos a disgusto con el presente y tal sentimiento nos conduce, fatalmente, a negar la virtud de los logros y, peor aún, nuestro potencial como comunidad. Con la desconfianza se desvanece el orgullo de lo que hemos hecho y sentido para construir un mejor mañana.

Además, la crisis de confianza tiene que ver con el deterioro de muchos referentes de autoridad y de credibilidad. Con facilidad interpretamos las debilidades de las personas que ejercen puestos de autoridad, como defectos de la organización o de la dependencia a la que éstos sirven. Malos legisladores o malos dirigentes nos hacen creer en la descomposición de la institucionalidad democrática. Asimismo, vivimos al asalto de la sospecha y todo lo que ocurre se convierte en evidencia de la imaginaria descomposición que de manera colectiva interiorizamos y reproducimos.

No es propio culpar a las libertades y mucho menos al ejercicio de la crítica como razones de pérdida de confianza. Sería ésta una visión autoritaria y sin fundamento. En todo caso, habría que destacar que el escrutinio al poder no genera incentivos deseables o positivos cuando se reduce a señalar lo negativo, cuando no reconoce lo realizado, cuando no admite error o corrección en el mismo ejercicio de la crítica o cuando pierde el horizonte de un mejor destino posible o deseable.

El arribo de la segunda alternancia, a partir del desencanto generado por la primera y por la política de la pluralidad, profundizó y amplió el espectro de lo no confiable. La mala percepción va más allá del solo desencanto, su condena es enérgica y diversa. Las reservas y la crítica alcanzan lo público, lo social y lo privado. Los males ya no corresponden a un partido o a una instancia, sino a todo el conjunto. El deseo opositor de cambiar al gobernante como medio para resolver las dificultades ha perdido peso, bajo la falsa idea de que nada hay por hacer porque todos son iguales.

El voto y el debate son medios democráticos y liberales para conjurar la desconfianza. ¿Cómo alcanzarlos cuando la institucionalidad democrática está en duda? ¿Cómo dar fuerza y legitimidad a la autoridad que nace del mandato popular si los mismos jugadores descalifican por igual al juego, al resultado y a quien lo conduce? La cuestión es que para que la confianza gane espacio se requiere consenso en torno a instituciones, reglas, prácticas y principios asociados al proceso democrático y, en forma muy destacada, respecto del valor de la legalidad. En la democracia, el boleto de entrada para cualquier proyecto político no es la propuesta, sino la adhesión a la ley, el respeto al voto y a las instituciones que conducen la competencia por el poder.

La recuperación de la confianza debe ser un ejercicio colectivo; sin embargo, son las élites las que juegan el papel más relevante en dicho empeño; de ahí la importancia de lo que hagan quienes representan a la autoridad. En mucho contribuye también el reconocimiento de la sociedad y de los medios de comunicación. Con este propósito, la acreditada revista Líderes y GCE (Gabinete de Comunicación Estratégica) hemos emprendido un ejercicio que busca destacar a las figuras más relevantes de la vida cívica, social, política y económica de México, no solamente a las que tienen influencia y visibilidad, sino a aquellas cuya trascendencia y eficacia es relevante en sus respectivos círculos; a esas mujeres y hombres que contribuyen a un mejor país y dan perspectiva de la Nación deseable.

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