Punto de Equilibrio

La cultura del nocevo

Ha llegado como un obsequio a mis manos, la cortesía de un par de dulces de menta que, de esos que  al salir de algún restaurante le entregan a uno como una cortesía tras el consumo, éste trae como  leyenda, un extraordinario refrán que dice “Donde lloran no está el muerto”. Lo califico como extraordinario porque las personas solemos buscar lo perdido en el lugar que tiene luz, en aquel sitio que nos permite indagar y “hacerle la lucha” para recuperar lo extraviado, pero no en donde probablemente se nos ha caído, también solemos ir hacia la dirección más cómoda, al lugar más accesible y a enmarcar nuestra dicha, desdicha, encantos y descantados en el marco de lo que preconcebimos como posible, sin percatarnos de que esta misma ilógica es la formadora o mejor dicho la deformadora de nuestros desencantos, desdichas, envidia, descontrol, parálisis o enfermedades y nuestro fracaso personal y social. ecientemente, he estado leyendo sobre un fenómeno contrario al conocido como “efecto placevo” llamado “efecto nocevo”, es decir, contrario al fenómeno de reforzamiento conductual o de percepción positiva, que nos lleva a creer o a suponer que el ingrediente o solución de un componente inocuo o que no produce efecto alguno, en este caso positivo, puede llegar a curar, remediar, esperanzar o a transformar favorablemente un estado de conducta o ser factor clave para apuntalar una solución. Efecto que históricamente, ha ido siendo desestimado por haber sido sobreutilizado o empleado dolosamente, por toda clase de timadores, merolícos, proselitistas ideológicos, políticos y charlatanes expertos en el arte del engaño, sin caer en la cuenta de que no siempre, la cancelación de lo posible, la construcción de la confianza sobre la firme adhesión de nuestra voluntad en la palabra, o el talento experto o de moral recta, en la fe, en la posibilidad de que el primer soporte de la construcción de nuestro destino esta en nosotros mismos, en nuestra  autoestima y, para los que somos creyentes en Dios y en la existencia de un poder sobrenatural que ordena y le es posible  todo. Mi reflexión, no es en ningún modo ingenua o ignora los poderes de las personas sin escrúpulos, sino un testimonio personal y firme sobre el poder impulsor y constructor que la proactividad, la unidad de nuestra diversidad, la propuesta, la visión y la elevación de la autoestima poseen  tras “los placevos”. Un servidor ha visto curarse a numerosas personas de enfermedades terminales con los pronósticos más desalentadores y en gran medida ha sido producto del tino y la reserva médica de no brindarle al paciente “conocimientos verdaderos pero especulativos en su acepción más cruda, obscura o terminal” alentando el deterioro de su paciente y programando sus sistemas hacia lo que ellos, por él, ahora creen como indefectible. He sido testigo de personas, sociedades y empresas quebradas que han podido salir adelante cuando inyectan sentido, creatividad, visión o posibilidades de solución sin precedente o impensadas. Cuando dejan de restarle importancia a los factores que consideran agentes de su fracaso, cuando van de la crítica a la propuesta, cuando son incluso capaces de convertirse en aliados de aquellos que sin conocer, suponen sus adversarios,  desde luego que no me refiero a volverse cómplices de malhechores. Hoy, como en la narración de la novela “La historia sin fin”, bajo el pretexto de la transparencia, la verdad, la inclusión y la diversidad, se ha ido construyendo una moral decrépita, doble, eufemística, de vacuedad, en donde la negación y los vacíos están exterminando nuestros sistemas de defensa biológicos y sociales, una cultura que nos están orillando al mundo de “los nocevos”, a la incivilidad, a la irresponsabilidad, al permisivismo. Pero tras de esta se está gestando y prosperando una gran reflexión propositiva y que considero que hoy puede brindarnos contra toda pesadumbres o desesperanza una salida constructiva para sacarnos adelante, redescubrirnos como, personas y reconstruirnos como sociedad. No caigamos en la trampa de creer y esperar que lo mejor siempre puede llegar y que está más cercano y a nuestro alcance de lo que suponemos, pero para ganar una rifa, hay que comprar un boleto. “Donde lloran no está el muerto”.


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