Punto de Equilibrio

A las cosas por su nombre

El nombre es un atributo muy importante de los seres, a través de éste los humanos han buscado describir no sólo lo que éstos son, sino también el origen y finalidad de su existencia. Las raíces etimológicas del nombre son una descripción taxonómica o de clasificación simple pero esencial, que originalmente permitió a aquél que no sabía nada de algo, tener un primer referente descriptivo de lo que observaba o debía observar en un ser a partir de la simple mención de su nombre. No solo para la ciencia, sino para toda interrelación humana con el mundo. El nombre merecía un cuidado especial, por ejemplo, si yo me topaba con algo llamado hidrógeno, sabía que se trataba de un ser que engendraba agua.En el primer nombre de una persona, los padres pretendían diferenciar y marcar una relación ejemplar que honrara, exaltara o modelara el destino de su hijo, equiparando su ser con un animal, cosa, persona modelo, condición o tótem.En cuanto al apellido este establecía una línea de consanguinidad trazable y rastreable, en principio con patronímicos sencillos, por ejemplo: Domínguez, Johanson u Olohovich, que refería a sus portadores como hijos de un Domingo, Johan u Olohov. Este valioso patrimonio por ignorancia e inadecuados motivos de equidad de género o libertad personal se ha tersgiversado e ido perdiendo, con lo que se altera no solo una línea de filiación paterna sino la rastreabilidad consanguínea, genética, jurídica, sucesoria y se afecta no solo la sucesión e identidad sino además el estado físico, genético con implicaciones de orden clínico y moral que eventualmente abren la posibilidad de que el desorden propicie el emparejamiento de individuos de una misma sangre (primos con primos o hermanos entre si o hijos con padres). Ignorar la relevancia del nombre conlleva a la desintegración social a la pérdida de la identidad y a la confusión de la gimnasia con la magnesia. 


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