Punto de Equilibrio

La anatomía de nuestra propia plaga

Pensar en una plaga, evoca imágenes apocalípticas de campos arrasados por insectos, virus, hongos, plantas o bacterias. Una plaga es la irrupción súbita multitudinaria y descontrolada de cualquier organismo de una misma especie que provoca diversos tipos de perjuicios. La Organización Mundial de La Salud (OMS) en 1988 definió el concepto de Plaga Urbana, como “aquellas especies implicadas en la transferencia de enfermedades infecciosas para el hombre y en el daño o deterioro del hábitat y del bienestar urbano, cuando su existencia es continua en el tiempo y está por encima de los niveles considerados de normalidad”, entendiendo por “nivel de normalidad” un concepto más actual como es el “umbral de tolerancia” que es el límite a partir del cual la densidad de población que forma la plaga es tal que sus individuos pueden provocar problemas sanitarios o ambientales, molestias, o bien, pérdidas económicas. Es decir, el crecimiento desproporcionado de una especie trae aparejado para sí y para otras problemas muy graves para: La economía. Dañando estructuras, objetos y alimentos, y en ocasiones provocan grandes pérdidas económicas; La salud. Al ser causa o disparadores de violencia,  alergias, ataque,  contagios o al provocar la proliferación de enfermedades y trastornos, ya sea como vectores directos u  organismos causantes de enfermedades, que contaminan alimentos con varios microorganismos patógenos o nocivos y; La sustentabilidad de la calidad de vida y el desarrollo, puesto que pueden provocar escasez de bienes y recursos, desempleo, estrés psicológico y físico, vergüenza social, pobreza de diferentes órdenes, rechazo, disgregación, el incremento de nuestro grado de riesgo en diversas esferas de vida, inseguridad. En resumen, pérdida, caos o hasta el exterminio de una especie.
Lo interesante aquí, es que nuestra propia especie, en diferentes regiones, ha o está llegando a extremos de descontrol  convirtiéndose en y para si misma en una plaga incluso sistémica y autoinmune. Ello no es atribuible, como algunos creen, solo al abandono de la política o planes de Control de Nuestra Población, sino a un problema social más complejo que se anida en la desintegración familiar. Deterioro alentado por la difusión de antivalores, la proliferación exógena de conductas promiscuas, e irresponsables con propósitos diversos -generalmente económicos o de control y dominio-, la ignorancia, la ingenuidad y la aplicación fallida de estímulos y programas de parte de nuestras autoridades para resolver las necesidades más apremiantes de salud, educación, empleo, seguridad, esparcimiento y desarrollo.
El crecimiento no es malo, pero debe ser equilibrado, racional y responsable. La solución a esta problemática no es ni será nunca el paliativo de alentar una sexualidad irresponsable, el asumir una política limitante sobre los hijos que deben tenerse,  la difusión de información bajo esquemas de planes de prevención de riesgo, el manejo eufemístico enmascarado de libertad de todo tipo de diversidad social que lleva a la segmentación tribal, al señalamiento y al encono que exacerba nuestras diferencias como especie, en lugar de complementarlas, unirlas y exponenciarlas. La solución debe ser integral en todos los ámbitos, comenzando por educación, trabajo y un reempoderamiento social de los roles de familia y los de nuestras autoridades. Estamos en el mes de la familia y es oportuno para reflexionar si la solución a nuestra problemática social será el control, la segregación, el antagonismo o el exterminio de nuestra especie o el retorno a esa unidad dinámica pero estabilizadora que debe ser nuestra familia nuclear y extensa, que nos brinda seguridad, pertenencia, identidad, rumbo y desarrollo.


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