Tercer Grado

La gravedad de la sangre

No me consultó. Jamás me pidió mi punto de vista y menos mi respaldo. Le habría dicho que no. La responsabilidad es mayúscula y las capacidades institucionales me parecen muy limitadas. No, por ella; no, por el amor fraternal que le tengo.

Nunca se me hubiese ocurrido tratar de influir en una decisión así. Ni en ella ni en otros.

Nos une la sangre. Pero cada quien tiene su propia carrera. Más larga la de ella que la mía, por cierto. Cada uno tiene un balance por el cual responder. Aciertos y errores. Son los de cada quien.

Nadie puede dar un solo dato que vincule nuestras trayectorias; ni en forma personal ni institucional.

Esa es la verdad. Pero para algunos eso es lo que menos importa.

Cándida o intencionadamente hay quienes en la prensa le cargan mi filiación profesional. Al hacerlo ignoran o pervierten los más elementales cánones del periodismo.

Habría que documentar la conexión, dar el dato duro que muestre que me debe algo en su carrera o que en cualquier forma o capacidad ha sido mandataria de mis intereses.

¿Dónde está la prueba? No la hay.

La sangre no es suficiente. Lo saben sobre todo quienes pretenden ser modelo de periodismo moderno. Aún así lo pasan por alto. Qué importa si la falta le arrebata a alguien el derecho a una identidad y una vida propias.

Ese derecho surge del paso de la tradición a la modernidad, del rompimiento de vínculos comunitarios y el afianzamiento del individualismo, de la sustitución de la sangre por el mérito como principio rector de la ubicación social y del progreso profesional. En la modernidad eres evaluado no a partir de tus lazos familiares, sino de tus logros y fallas personales.

En México la modernidad todavía convive con tradiciones parroquiales. El mérito individual se reconoce cada vez más pero seguimos haciendo imputaciones simplonas a partir de relaciones familiares; seguimos pensando que esos vínculos explican por sí mismos el carácter y las acciones de una persona.

Mucho de lo que se le atribuye en la prensa a mi hermana Arely constituye hoy un ejemplo de esta forma de pensar, de este periodismo que no acaba de dar el salto a la modernidad. Un ejemplo del entusiasmo primitivo por la hoguera en lugar de la sobria satisfacción de la crítica fundada.

Tan solo un ejemplo.