Epicentro

Dos rostros de Peña Nieto

Encontré algunos viejos vicios de la diplomacia mexicana en el discurso del Presidente. Un ejemplo tiene que ver con la cooperación de los servicios de inteligencia de Estados Unidos en la localización de Joaquín "El Chapo" Guzmán.

El miércoles pasado entrevisté al presidente Enrique Peña Nieto. Hablamos de una larga lista de temas. De interesarle, el lector encontrará varios fragmentos de la charla —El Chapo Guzmán, la lucha contra la red de apoyo del narcotraficante y un considerable etcétera— en las páginas impresas y virtuales de MILENIO de la semana que termina. Me concentro, ahora, en lo que hablamos sobre política exterior mexicana.

Encontré algunos viejos vicios de la diplomacia mexicana en el discurso del Presidente. Comparto un par de ejemplos. El primero tiene que ver con la cooperación de los servicios de inteligencia de Estados Unidos en la localización de Joaquín Guzmán. No exagero cuando digo que absolutamente todas las fuentes que consulté previas a la entrevista —expertos aquí y allá, miembros de ambos gobiernos, colegas en ambos lados de la frontera— coincidieron en asegurar que la colaboración entre México y Estados Unidos en materia de seguridad, y mucho más en operaciones de este tipo, no tiene precedentes. “Es cierto”, me dijo una persona en particular, “que ahora el gobierno de México exige que la información se comparta de manera más disciplinada, pero eso no ha reducido el calibre de la cooperación, todo lo contrario”. Así ocurrió en el caso de la detección y captura de Guzmán. Es un hecho: sin la tecnología y la sapiencia estadunidense habría sido prácticamente imposible dar con El Chapo. En la práctica, este calibre de colaboración no solo es deseable, sino necesario. Al preguntarle a Peña Nieto si la participación estadunidense había resultado indispensable, el Presidente quiso escaparse del adjetivo. Es un error. Por más que sea históricamente comprensible, esta reticencia a reconocer que, como en tantas otras cosas, los estadunidenses son socios plenos de México me resulta injustificada y, peor todavía, anacrónica.

Lo mismo podría decirse de la reacción que obtuve cuando le pregunté al Presidente por Cuba y Venezuela. En el primer caso, encontré a un Peña Nieto incluso entusiasta. Me dijo emocionado que Cuba es la frontera caribeña de México y reflexionó sobre el momento de transición que vive la isla. Como es tradición sobre todo entre los gobiernos priistas, no reparó ni un instante en los elogios inmerecidos que le prodigó a Fidel Castro hace unas semanas (Castro…¡¿”líder moral”?!). Cuando le pregunté sobre Venezuela, el presidente se refugió en el viejo discurso de la “no intervención”. Me dijo que México exigiría el mismo respeto que ahora nuestro país le confiere a Venezuela. Quise saber si la neutralidad mexicana debía aplicarse también en casos en los que existen abusos tan flagrantes a los derechos humanos. Peña Nieto sacó el capote y se refugió en ese mismo discurso que, a mi parecer, no tiene ya lugar si es que México de verdad quiere retomar un papel de auténtica relevancia en América Latina. La neutralidad moral no es una doctrina aceptable.

Por suerte, el Presidente parece haber decidido tomar un rumbo distinto, mucho más vehemente y productivo, en asuntos que son más cercanos a los intereses inmediatos del país. La muestra está en lo que me dijo sobre la reforma migratoria y, más importante todavía, sobre la brutal política de deportaciones del gobierno de Barack Obama. Como varios observadores del tema migratorio hemos advertido, el gobierno mexicano había caído en un silencio inadmisible, argumentando prudencia diplomática. En realidad se trataba de un acuerdo entre Washington y Los Pinos: ustedes no hablan de migración y nosotros no hablamos (o hablamos muy poco) sobre la agenda de reformas y, sobre todo, la lucha contra el narcotráfico. Peña Nieto ha justificado su reiterada cautela sobre la reforma migratoria diciendo que se trata de un asunto de política interna estadunidense que, como tal, merece absoluto respeto. Siempre me ha parecido una posición no solo ingenua, sino estéril: el silencio absoluto solo beneficia a los detractores de la reforma, sobre todo cuando esos detractores son tan dogmáticos como los republicanos. Un papel más activo del gobierno mexicano podría abrir los ojos si bien no necesariamente de la clase política sí de la población. Y en Estados Unidos, como en casi cualquier país democrático, la opinión pública pesa y pesa de verdad. Por eso me resultó refrescante escuchar un clarísimo cambio de tono y discurso del Presidente de México cuando le pregunté sobre la agenda migratoria bilateral. Mientras que antes habría dado una respuesta de boletín, Peña Nieto me ofreció un argumento bien construido: la reforma migratoria es un asunto de justicia elemental para un país, Estados Unidos, formado por olas migratorias sucesivas. No es, claro, el análisis más innovador o persuasivo, pero es infinitamente mejor que escuchar las divagaciones de otros tiempos. El Presidente fue todavía más claro cuando le pregunté directamente si le exasperaba la miseria que ha desatado la política de deportación del gobierno de Obama. “¿A usted no le indigna esa crisis humanitaria?”, le cuestioné. De inmediato, Peña Nieto respondió: “por supuesto que me indigna e indigna a todos los mexicanos”. Esas son, sobra decirlo, la palabra y la actitud correcta cuando se trata de desafiar lo que a todas luces es una política cruel. En efecto, cuando se trata de cientos de miles de mexicanos deportados y miles de familias fracturadas de origen mexicano, la reacción del Estado mexicano debe ser de profunda y absoluta indignación: la reforma migratoria podrá ser un asunto “interno”, de “política doméstica”; el maltrato sistemático de cientos de miles de ciudadanos mexicanos no lo es. Va siendo hora de que el gobierno nacional caiga en cuenta de ello. Después de todo, México está, a todas luces, en una posición de fuerza. La sociedad con Estados Unidos pasa, en varios rubros, por buen momento. Obama necesita, por ejemplo, del respaldo mexicano en la batalla por el TPP. Exigir trato digno a los mexicanos en Estados Unidos es un golpe moral en la mesa. Es urgente y es correcto darlo. Esperemos que lo mismo ocurra tarde o temprano con la postura mexicana frente a Venezuela, Cuba y tantos otros temas en los que las viejas ataduras a veces no permiten al Estado mexicano darse el gusto de la lucidez.

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