Epicentro

Vislumbres de Octavio

Conforme descubrí su grandeza, también me encontré con la furia de sus detractores. Nada implica que se me escaparan sus defectos. Lo vi ser poco delicado y rabiosamente egoísta. A ese Paz, indigno de su grandeza, prefiero olvidarlo.

Ahora que lo escribo, no lo creo: de pequeño, mi familiaridad con Octavio Paz era absoluta. Recuerdo levantar el auricular del teléfono y escuchar su voz nasal preguntando por mi padre. Nunca fue una petición inmediata. Jamás sentí que mi presencia en la línea —la voz de un niño de 6 o 7 años de edad— le molestara o le resultara inoportuna. Seguramente más de una vez tuvo prisa: yo nunca la percibí. Paz siempre tenía una pregunta: “¿cómo te ha ido?”, “¿que has hecho?”. Había en el diálogo un tinte de formalidad que, para él, resultaba irremediable. Yo siempre lo agradecí: me hacía sentir mayor, digno de ese trato. Mentiría si dijera que recuerdo a detalle alguna de nuestras conversaciones. Solo sé que le hablaba de mi familia, del principio de la escuela y de otras cosas. Cierto día me preguntó por mis juguetes. Le platiqué de una maravillosa empresa recién fundada de nombre Mattel. A los pocos días me envió, a nombre suyo y de su esposa Marie Jo, un juego de video portátil. Sin envoltura, sin tarjeta. Solo así: una muestra espontánea de afecto y, más importante todavía, de atención a los intereses de su pequeño interlocutor. Alguna vez, en el colmo del atrevimiento, quise leerle un poema que había yo escrito. “Si me das/ te doy más”, declamé sentado en el banco de mimbre del antecomedor. Paz hizo una pausa y me dijo: “me gusta, me gusta”. En la infancia siempre le llamé “Octavio”; nunca “señor Paz”. Le hablé de tú; nunca de usted.

Ese desparpajo infantil se debía, creo, a tres cosas: la amistad que unía a Paz con mi padre (quien, incluso así, nunca lo tuteó), a la familiaridad que otorga la presencia constante y, por supuesto, a la completa ignorancia de quién era realmente mi amigo “Octavio”. Con el paso de los años y la llegada de la curiosidad intelectual, poco a poco fui abriendo los ojos al alcance de su figura. Empecé a leer a Paz en la muy temprana adolescencia. Comencé —como seguramente terminaré— en su poesía. Leí después El Laberinto, Postdata, El Ogro Filantrópico. Leí, leí y leí.

Naturalmente, para los 13 o 14 años de edad, las llamadas de Octavio a casa comenzaron a ponerme nervioso. Ya no era solo el hombre generoso que me escuchaba por teléfono en la infancia: de manera inevitable, era ya el gigante. Recuerdo el momento cuando comprendí el tamaño real de Paz. Fue durante el Encuentro Vuelta de 1989, donde lo vi recibir el afecto y la admiración de todos los extraordinarios intelectuales, escritores y artistas que coincidieron en la Ciudad de México para aquel congreso memorable. Me acuerdo, por ejemplo, de la reverencia amistosa (pero reverencia al fin) con la que lo trataba Mario Vargas Llosa, quien ya era, a su vez, uno de mis héroes literarios. Durante el cóctel de inauguración del congreso me acerqué a Paz para una fotografía juntos. Todavía la conservo. Llevo en el rostro una sonrisa franca y, todavía ligeramente infantil. Paz me abraza apenas; su mirada no está en el ojo de la cámara. Mira a alguien más allá, no tiene tiempo para concentrarse en el instante amistoso. Sería absurdo decir que guardo algún resentimiento por la distracción del poeta. Más bien la achaco a un doble reconocimiento: al niño que poco a poco cedía a una justificadísima veneración y al poeta, cuya comodidad con el niño que había conocido se había transformado en ligera inquietud, quizás ante el enigma de la adolescencia. No lo digo ni con sorpresa ni con melancolía, pero aquella noche “Octavio” se volvió “don Octavio”.

Pero ese cambio abrió otro capítulo: la identificación intelectual. El recuerdo de la amistad infantil se conjugó con la voraz lectura del poeta para dar pie a una filiación indeleble. Asimismo, conforme descubrí la grandeza de Paz, me encontré con la furia de sus detractores. Recuerdo a uno que, no por menor, deja de ser ilustrativo. En los primeros años de preparatoria me topé con un maestro de matemáticas que, por razones que nunca comprendí, detestaba a Paz. Alguna vez, sin la menor provocación, comenzó a agredirme. “Claro, Krauze va a defender a su padrino Octavio Pus”, espetó. No sé que me pareció más absurdo, la ridiculez aquella de “tu padrino” (Octavio Paz… ¿padrino?) o el pésimo chiste del “pus”. Lo cierto es que estuve, lo juro, muy cerca de golpearlo. Recuerdo que le respondí furioso. Explico mi reacción desde el cariño amistoso, pero también desde la más genuina admiración: Paz se había vuelto mi brújula.

Nada de esto implica que se me escaparan sus defectos. Lo vi ser poco generoso. Me acuerdo, por ejemplo, de los días que vivimos juntos en Oviedo en 1993, cuando Paz —que ya era Nobel— invitó a su grupo de colaboradores a la entrega del Premio Príncipe de Asturias a Vuelta. Subrayo a los colaboradores porque Vuelta, como cualquier otra revista, nacía precisamente del trabajo conjunto de un grupo pequeño pero muy dedicado. El esfuerzo colectivo habría merecido, creo, un reconocimiento, digamos, en plural. Pero el poeta, de sobra universal para entonces, decidió recibirlo solo.

A ese Paz, indigno de su grandeza, prefiero olvidarlo. Hoy, cuando pienso en él, vuelvo a su obra. Lo imagino cogiendo las palabras del rabo, exigiéndoles que chillen, “putas”. Lo veo escribiendo. Pero sobre todo vuelvo al libro que, siendo yo todavía un niño, me dedicó. Ahí, en la primera hoja de El Arco y la Lira, alcanzo a leer: “A León, el poeta cuentista, para que algún día, ya grande, le dé un vistazo a estas páginas”. Hay, después, un garabato inconfundible. Dice “Octavio”. Así, sin Paz.