Epicentro

Hoffman y el grillete de las drogas

La imagen de la muerte de este actor, quizás el mejor de su generación, evoca una soledad auténticamente cruel. Pero no solo eso: también inspira una suerte de indefensión ante la fuerza de un antagonista insuperable.

Philip Seymour Hoffman, quizá el mejor actor de su generación, falleció hace una semana, a los 46 años de edad. Además de dolor, su muerte ha dejado tras de sí una creciente perplejidad: ¿cómo es posible que un hombre que lo tenía todo —talento, familia, reconocimiento, carisma… dinero— haya podido tirarlo por la borda para morir en el baño, con una aguja prendida, cual minúscula banderilla, del brazo izquierdo? La imagen misma evoca una soledad auténticamente cruel. Pero no solo eso: también inspira una suerte de indefensión ante la fuerza de un antagonista insuperable. Lo cierto es que ninguno de sus logros y sus afectos pudo más que la enfermedad que persiguió a Hoffman por décadas. Su adicción a la heroína, de la que logró alejarse por más de 20 años solo para recaer hace poco, terminó costándole la vida. Pero, ¿cómo explicar la sujeción implacable de la droga? ¿Cómo funciona realmente el cerebro de un adicto? En la semana platiqué con el doctor en neurociencia David Linden, de la Universidad Johns Hopkins, autor de La brújula del placer, uno de los grandes libros escritos sobre el proceso de la adicción.

LK.- ¿Hay diferencias entre el cerebro de una persona adicta y el de alguien sin adicciones?

DL.- Resulta ser que hay una región del cerebro que podríamos llamar un “circuito del placer”. Es una zona cerebral muy antigua desde el punto de vista de la evolución y su función es precisamente generar placer cuando comemos para mitigar el hambre o cuando bebemos para saciar la sed. También se activa cuando tenemos sexo. Esto hace posible nuestra supervivencia, incluida nuestra trascendencia genética. Lo que sucede es que drogas como la cocaína y la heroína, pero también el alcohol, activan artificialmente esta estructura. Cuando alguien se convierte en un adicto y enciende ese “circuito del placer” una y otra vez, entonces termina provocando cambios físicos definitivos en esa parte del cerebro.

LK.- ¿Así que las drogas cambian el cerebro, físicamente hablando?

DL.- Las drogas cambian el cerebro física, química y hasta eléctricamente. Y todo parece indicar que una vez que alguien se convierte en adicto, entonces esa persona ha modificado de manera definitiva  la estructura de su “circuito del placer”. Y por eso, aunque la persona se mantenga sobria durante un largo tiempo —como aparentemente hizo Phillip Seymour Hoffman— aun así tendrá el cerebro de un adicto muchos años después.

LK.- ¿Podría decirme por qué las drogas nos hacen sentir bien? Me refiero casi a la descripción de la reacción química…

DL.- El evento clave en el “circuito del placer” es la liberación del neurotransmisor llamado dopamina. Algunas drogas, como las anfetaminas y la cocaína, incrementan directamente la liberación de la dopamina y su efecto en el cerebro. Otras, como la heroína, el alcohol, la mariguana o la nicotina, lo hacen de manera indirecta, pero al final todos actúan liberando dopamina dentro del “circuito del placer” cerebral.

LK.- Dice usted que, aunque una persona se mantenga sobria por años, el cerebro de cierta manera “recuerda”. Entonces, ¿la memoria juega un papel en la adicción?

DL.- La memoria por supuesto importa en este proceso. Esa es una de las razones por las que es tan difícil mantenerse sobrio y es también el motivo por el que tantos adictos que intentan alejarse de las drogas o el alcohol con frecuencia fracasan. La razón es ésta: cuando uno ha estado sobrio por mucho tiempo pero el cerebro ha sido “reconfigurado” por la adicción y recae tomándose una copa, inyectándose heroína o aspirando cocaína, el placer que obtendrá al hacerlo es mucho más grande, mucho más fuerte que el que sentiría alguien que no tiene ninguna experiencia con alguna de esas drogas. La reconfiguración del cerebro complica severamente mantener la sobriedad y mucho más si uno recae.

LK.- ¿Y qué pasa después? ¿El placer va disminuyendo para quien recae?

DL.- Va disminuyendo. Con ciertas drogas en particular, como la heroína, se necesitan dosis cada vez más grandes para sentir placer. Lo que sucede es que en el “circuito del placer” es que todo el placer se convierte en necesidad. No es que te guste algo, es que lo necesitas. Así que en la etapa final la gente ya no está bebiendo o drogándose para sentirse bien, lo hacen para evitar sentirse mal. Lo hacen para lidiar con mantenerse con vida.

LK.- Mucha gente dice que Hoffman lo tenía todo: familia, prestigio, talento. Nos preguntamos si no le era suficiente todo eso. Lo que pasa es que la adicción no funciona así, ¿verdad?

DL.- No, de verdad que no. Esa precisamente es la definición de quien sufre una adicción: la gente busca la droga o el comportamiento adictivo, incluso si eso implica que sufrirá consecuencias devastadoras para su salud, para su familia… para su vida misma. 

leon@radio.com.mx