Colaboración Extra

El discurso en tiempos de cólera

En los últimos días me ha venido a la mente uno de los muchos momentos que viví durante los años en que conduje mi programa vespertino en W Radio. Cierto debate político estaba en ebullición, una de aquellas discusiones características del encono en tiempo de Felipe Calderón. Algo dijo un invitado del programa que generó una avalancha de llamadas y mensajes en redes sociales. Le llovieron etiquetas a mi colaborador. Lo que más me sorprendió fue el uso repetido del término “fascista”. Me sorprendió no por la palabra en sí, sino por el uso perezoso y, francamente, ignorante que la enorme mayoría le dio. Concluí que poquísimos de los que se habían comunicado para manifestar su opinión sabían realmente lo que implicaba el fascismo. Usaban “fascista” porque les sonaba contundente o porque se lo habían escuchado a algún demagogo. Pero no la usaban con conocimiento de causa. No tenían idea de la grosera exageración ni la imprecisión histórica que suponía el término. Decidí no dejar pasar por alto el fenómeno y opté por llamarle al historiador Jean Meyer. Con su erudición y templanza habituales, Meyer procedió a explicar por qué convenía andarse con tiento al usar la palabra “fascista”. Aquella fue una apreciable clase de historia con un solo objetivo: tratar de bajar el tono de la retórica histérica e imprecisa que nos inundaba entonces.

No sé si aquel ejercicio de divulgación habrá servido de algo, pero sí me queda claro que, en términos generales, México sigue sufriendo del mismo mal. En estos últimos días, el debate público en el país se ha visto de nuevo plagado de referencias exageradas, imprecisas e irresponsables. En su injustificable afán de regodearse en la polarización, muchos han cedido a la versión más estridente de la ignorancia. Recuerdo varios ejemplos.

El primero lo encontré en Facebook en las horas que siguieron al desalojo del Zócalo. En un largo post, alguien insistía en que la Policía Federal había actuado con el mismo salvajismo y fiereza que el Batallón Olimpia. Luego iba más allá, comparando a Manuel Mondragón con el siniestro Miguel Nazar Haro. No se necesita ser un estudioso de la historia del siglo XX mexicano para saber que ninguna de esas equivalencias se sostiene en lo más mínimo. El Zócalo hace unos días no tuvo nada que ver con la Plaza de las Tres Culturas ni la estructura de seguridad del gobierno de Peña Nieto se parece a la caterva de salvajes que destruyeron cientos de vidas hace 45 años. Forzar ese paralelo demuestra no solo una ignorancia aberrante sino, me temo, una falta de respeto para quienes sí tuvieron que hacer frente a un Estado represor o para quienes sí cayeron en las garras de gente como Nazar Haro. Lo mismo pienso de un twit que leí el 3 de octubre, cuyo autor aseguraba que Miguel Ángel Mancera se había convertido en el “negro Durazo”. Supongo, de nuevo, que el autor del mensaje no conoce realmente la historia del hombre responsable por un largo reinado de corrupción y abusos de toda clase en la Ciudad de México. Comparar a Mancera con Durazo puede generar mucha fama de la más fácil —muchos retwits, muchos likes—, pero es una muestra de incultura de verdad lamentable. Después de todo, para postular un paralelo histórico hace falta algo más que decretarlo.

Por supuesto, la madre de todas las exageraciones de los últimos días corresponde a Andrés Manuel López Obrador. El líder de la izquierda, maestro en el doublespeak orwelliano, nos regaló en la semana la siguiente perla: “Lo único que sostiene a este régimen corrupto es el control, casi absoluto, de los medios de comunicación. Ojo: es Hitler a la Mexicana”. Comparar a Enrique Peña Nieto con Adolfo Hitler implica una licencia demagógica que debería ser inadmisible en una sociedad tan crispada como la mexicana. Por lo demás, me cuesta trabajo imaginar que un hombre que no ha dejado de aspirar a la Presidencia del país de verdad crea que el manejo de información en el México del 2013 es comparable a la propaganda totalitaria de Joseph Goebbels. Me consta que, a diferencia de algunos, a López Obrador no le faltan lecturas. El origen de la comparación, pues, tiene que ser otro. Y eso es aún más reprobable. Hasta el ejercicio de la ignorancia incendiaria debería tener límites, aunque solo sean los morales.