Colaboración Extra

De depresiones colectivas y futbol

Hace muchos años, durante una crisis personal particularmente complicada, un terapeuta me compartió su receta para comenzar a salir de lo que yo interpretaba como una sucesión de infortunios. “Lo primero que tienes que hacer”, me dijo, “es ponerte cómodo”. Me recomendó rodearme de personas cuyo afecto fuera incuestionable y me sugirió moverme solo en círculos y contextos propicios para el optimismo y, sí, la reconstrucción personal. Tenía todo el sentido. Cuando uno está en crisis, necesita liberarse de los impulsos y estímulos que se vinculan con la sensación de hartazgo o desencanto. Lo contrario —exponerse a circunstancias poco favorables— solo consigue alargar la angustia.

Recordé ese consejo (que, por cierto, no tardó en llevarme a un sitio mejor) cuando vi en los diarios mexicanos la imagen más reciente de lo que solo puede llamarse nuestro estado de abatimiento colectivo. La terrible fotografía de Irma López dando a luz en el césped del patio afuera de una clínica en Oaxaca es solo la última de una larga lista de viñetas que ilustran lo que ya es inocultable: México está enojado, triste, clínicamente deprimido. En los últimos meses nos han ocurrido tragedias mayores y otros desconsuelos que no por ser menores o individuales dejan de ser menos ilustrativos de nuestro estado de ánimo. La larga y desgastante estancia de la CNTE en la Ciudad de México, el desalojo del Zócalo, la violencia del 2 de octubre y, sobre todo, las imágenes de un México anegado y desamparado han perpetuado el ciclo depresivo por el que atravesamos. Parece que nos están ocurriendo desgracias grandes y pequeñas todo el tiempo. De ahí que sea tan dramática la imagen de esa joven madre mexicana desesperada, viendo a su hijo tirado en el piso ante la negligencia de quien debió ayudarle. De ahí también el indignante caso del Caballito, cuya erosión provocada por un inadmisible acto de negligencia también puede servir como una triste metáfora de lo que nos aqueja.

De vuelta al consejo de aquel terapeuta que tanto me ayudó: hace tiempo que México dejó de estar mínimamente cómodo consigo mismo. Sufrimos, me temo, de una incomodidad crónica: como perpetuos insomnes, estamos con los nervios de punta.

Por eso me da tanto gusto lo que ocurrió ayer en el estadio Azteca. Al fin emerger del marasmo y la impotencia que le aquejaba, la selección mexicana mantiene viva la esperanza de ir al mundial brasileño. No es poca cosa. La que da el futbol, estoy convencido, no es una alegría desdeñable. Mi problema principal con los que menosprecian al futbol es su incapacidad para verlo como lo que en realidad es (y no solo para los mexicanos): la más feliz e inofensiva de las distracciones. No, no se trata de que el futbol sea más importante que la pobreza, la desigualdad, la educación, la aberrante corrupción. Quien pretenda eso comete una estupidez (por cierto: no conozco a nadie que pretenda eso). Insisto: no se trata de perder la proporción. Pero tampoco se trata de negar la importancia del juego: la distracción, la alegría inocente y efímera. Con el gol de Jiménez nos volvimos a sentir, al menos por unos instantes, un poco más cómodos. Nos hacía falta el consuelo, por pequeño que sea.