Taller Sie7e

“…Como una flor”

la más seria interrogante que se ha planteado el hombre es, sin duda, la del “más allá”. Su sorpresa ante el misterio de la vida, y su asombro e impotencia frente a la enfermedad y la muerte, lo hicieron intuir la existencia de un Ser Supremo, Todopoderoso y Creador, que lo levantará de su pequeñez, justificando su vida y haciendo más aceptable la muerte.

   La recurrencia al amparo divino en las miserias y necesidades humanas y la recepción subjetiva de la manifestación de su misericordia, han provocado también la gratitud del hombre en diversas expresiones. Esta idea del amor de Dios, ingénita en el hombre más primitivo, y el culto que se le da, deben ser siempre merecedores del más profundo respeto.

   Múltiples son las manifestaciones del pueblo mexicano, que en su humildad, no deja de agradecer a Dios los favores recibidos. Pueblo moreno, ancestralmente devoto, que en medio de sus vicisitudes, ha sido “siempre fiel”,  como lo llamó en su visita a México el Papa Juan Pablo II.

   El Jerezano Ramón López Velarde, añoraba en “Humildemente” la devoción al paso del Santísimo Sacramento por las calles de Jerez, en el devoto Zacatecas: “Cuando me sobrevenga el cansancio del fin, me iré, como la grulla del refrán, a mi pueblo, a arrodillarme entre las rosas de la plaza, los aros de los niños y los flecos de seda de los tápalos. A arrodillarme en medio de una banqueta herbosa, cuando sacramentando al reloj de la torre, de redondel de luto y manecillas de oro, al hombre y la bestia, al azahar que embriaga y a los rayos del sol, aparece en su estufa el Divinísimo.  Abrazado a la luz de la tarde que bordea, como al hilo de una apostólica araña, he de decir mi prez humillada y humilde, más que las herraduras de las mansas acémilas que conducen al Santo Sacramento.

   “Te conozco Señor, aunque viajas de incógnito: a tu paso de aromas me quedo sordomudo, paralítico y ciego, por gozar de tu balsámica presencia. Tu carroza sonora apaga repentina el breve movimiento, cual si fuesen las calles una juguetería que quedó sin cuerda. ¡Señor! Mi temerario corazón que buscaba arrogantes quimeras, se anonada y te grita que yo soy un juguete agradecido…” (De “Zozobra”, 1919)

 

  “Mi corazón se ha abierto como una flor” comenzaba en náhuatl una oración de los antiguos mexicanos. Y tu humilde servidora, Señor, carente de originalidad, cuando contemplo el dulce rostro y la figura envuelta en un manto tachonado de estrellas de tu Santa Madre María de Guadalupe, repito lo mismo que los antiguos mexicanos: “Mi corazón se ha abierto como una flor…”