Taller Sie7e

Salón de belleza

¿Le gusta ir al salón de belleza? Sentarse, reír, relajarse un poco y sentir  por un día que es bella o galán de telenovela, y esperar nuevamente a que el monedero se  llene,  hacer una cita y rogar que te pueda atender el chico con más habilidades para cortarte el cabello para salir de allí casi feliz… Son rutinas constantes de quienes cada mes  necesitamos por lo menos un día sentirse atendida, hermosa.  Hay salones de belleza muy modernos con salas confortables, revistas, en algunos te ofrecen café, una cocacola o un té chain  —todo dispuesto para estar bien a gusto. Este Salón de belleza, de  Mario Bellatin, es especial; tiene peceras, como si fuera un acuario con un sin fin de peces desde Guppys Reales, Carpas Doradas, axolotes, pirañas… basta colección para llenar los vacíos. ¿Se podrá saciar un vacío más amplio que el horizonte?     Salón de Belleza  es una novela dura, dolorosa, triste, sin  piedad te muestra la muerte provocada por  la peste del siglo XX, esa que no tiene cura y en ninguna página le nombra, pero que ahí esta como las pirámides, sólida y fuerte. Ese salón  que va ha tener mucha clientela se va a convertir en un Moridero,  cuando leí moridero lo subraye y dije que lo buscaría en el diccionario. No fue necesario, en el contexto inmediatamente salió a flote como pústula que te brota en la piel y sabes que ya estas contagiado.     La voz comenzó a correr y empezaron a llegar al moridero los que ya nadie puede tener en casa. Entre  sábanas y camastros te cuenta las circunstancias de muchos, todos hombres  que  tienen el mal incurable y que no se puede decir su nombre. ssssh sssshh…    El protagonista es el dueño del salón, fue corrido de su casa por sus preferencias sexuales y se fue al norte a ganar dinero. ¿Cuánto tuvo que prostituirse para poder montar ese salón de belleza? Mientras más ganaba dinero en el salón más tristeza había en su corazón y salía cada tercer día  a buscar  un abrazo un beso… Con las historias que le contaban sobre cómo eran tratados los enfermos nació la idea de recoger algún compañero, que no tenía ni adónde ni a quién recurrir, y comenzó a regentear ese lugar. El Moridero tenía sus reglas: no se permitía hierbas ni sanaciones, tampoco estampillas ni santos, había comida y sólo se recibían cuando ya iban a morir. Unos vecinos fueron a tirar de piedras al salón para que se fueran de ahí, como si a pedradas desapareciera la peste, la mugre, y luego de su hazaña regresaban a sus casas a rezar por sus deudos.    Al final el protagonista también sabe que tiene la enfermedad y es entonces cuando se comienza a cuestionar que nadie va saber la preocupación que sentía por sus  clientas  y la satisfacción que deseaba tuvieran por su trabajo, la ternura que le inspiró de chico utilizado en el tráfico de drogas, que no habrá nadie que le llore en las noches y él sólo pide silencio para la soledad que se aproxima.