Dos virreinas en apuros

Sobre nuestro pasado virreinal sabemos muy poco. Pareciera que a nadie le interesa. Personalmente -lo confieso con mucha pena- soy bastante ignorante en la materia. ¿Quiénes fueron los virreyes? ¿Cómo vivían realmente? ¿Cómo fueron nombrados esos 63 virreyes que decidían sobre la suerte de la Nueva España?

Bueno, pues si sabemos poco de los virreyes, menos sabemos de las virreinas. Mi interés por ellas se ha despertado a partir de la serie sobre la vida de Sor Juana Inés de la Cruz que transmite Canal 11. Si damos credibilidad a la serie, la virreina María Luisa de Paredes debió haber sido bellísima. No sé si existió realmente una relación romántica entre Sor Juana y la virreina, pero, de menos, hubo un sentimiento amoroso, como lo sugieren estos versos de nuestra principal poetisa:

Ser mujer, ni estar ausente,
no es de amarte impedimento;
pues sabes tú que las almas
distancia ignoran y sexo

Pero, no es de la virreina María Luisa de quien deseo hablarle, sino de dos virreinas cuyas vidas estuvieron ligadas a la lucha por la independencia de México.

La última virreina de la Nueva España fue doña Josefa Sánchez Barriga, esposa de don Juan de O´Donojú (siempre me gustaron los apellidos de los virreyes, pues por alguna razón que desconozco los memorizaba fácilmente en la primaria). En realidad, la historia no ha determinado aún si efectivamente fue la última virreina. Pues después de que el matrimonio atravesó el océano cargado de peligros, y desembarcó, se enteró que el puesto para el que O´ Donojú había sido llamado, ya no existía. Las tropas realistas habían perdido la última batalla y las Cortes de Cádiz habían decidido suprimir el virreinato. Después de encontrarse con Iturbide en la ciudad de Córdova Veracruz, a O´Donojú no le quedó más remedio que acordar el plan de la independencia.

Un mes después de que el Ejército Trigarante entró triunfalmente a la ciudad de México, O'Donojú murió. Llegó en agosto, presenció la declaración de independencia en septiembre y se murió en octubre. Su repentina muerte, a los 59 años, se debió a una pleuresía, pero el periodista e historiador Carlos María Bustamante en su Diario afirmaba que Iturbide lo envenenó.

El caso es que Doña Josefa, que se había imaginado en funciones de virreina, se encontró completamente sola en un país extraño. Regresar a España era imposible, pues Fernando VII, que había recuperado el trono, declaró traidor a su marido. El rey en su enojo había dicho: "Lo envié a que me conservase esos reinos, no a que los diese a los enemigos de la Corona".

Inicialmente Iturbide, como emperador, le otorgó una pensión de mil pesos, como pago a los servicios que O'Donojú había prestado a la nación, al facilitar la independencia. Pero después de su abdicación, se suspendió el pago.

Josefa cayó en la absoluta pobreza. Al final de sus días, vivía en un cuarto de vecindad de los más pobres y sórdidos. En la década de los treinta algunos ex-combatientes de la Independencia habían tratado de ayudarla, pero el país se encontraba en bancarrota. No era posible siquiera pagar los sueldos de los burócratas.

El 20 de agosto de 1842, Carlos María Bustamante anotó en su Diario: "Murió víctima de indigencia la señora María Josefa Sánchez de O´Donojú, la cual subió a tal punto que hubo día en que sólo se alimentó con café".

Una historia menos trágica esperaba a la única virreina criolla que tuvo el virreinato, María Francisca de la Gándara. A la edad de 21 años, la sobrina de un rico hacendado y poderoso alférez real de San Luis Potosí se casó con el comandante brigadier Félix María Calleja, quien tenía entonces 54 años. El 26 de enero de 1807 se llevó a cabo la feliz boda.

Tres años después, el marido de Francisca, Calleja, se encargaba de combatir con habilidad militar y extrema crueldad a los insurgentes. Después de sus sonadas victorias fue nombrado Jefe Político Superior (1813) de la Nueva España y, con el cambio de maneras políticas, virrey (1814). El puesto no le quitó su eterno mal humor, ni los arrebatos de ira, ni los malos modos. ¡Pobre Francisca!

Debido a las quejas y más quejas del mal gobierno de Calleja, el virrey fue relevado. Su lugar fue ocupado por Ruiz de Apodaca. La decisión de Calleja fue regresar a España. ¿Regresar? Francisca era mexicana y además estaba embarazada. En La Habana tuvo los dolores de parto y vio el alumbramiento. Sola y rumbo a lo desconocido, tuvo a una hija que llamó Lupita.

La pareja llegó a España en 1818, ahí se le concedió a Calleja el título de Conde de Calderón. Después de la derrota de Calleja ante las fuerzas constitucionalistas de Rafael del Riego, Félix Calleja estuvo preso por tres años. Luego fue liberado. Calleja murió en 1828 a la edad de 75 años. Su joven esposa, "señora de muy bondadosa afabilidad, llena de sencillez y caritativa a manos llenas", la única virreina criolla, y ahora condesa viuda de Calderón, con un lugar distinguido en la sociedad valenciana, vivió 27 años más.