¿Cómo somos los tapatíos?

Desde luego que con el gran número de habitantes de otros estados que han decidido fijar aquí su residencia es difícil identificar el carácter local. La migración y los mestizajes de todo tipo han disuelto muchos rasgos que antes eran muy particulares de los habitantes de la región que olía a tierra mojada. La globalización también nos ha uniformado, ahora los habitantes del planeta leemos los mismos libros, vemos las mismas películas y nuestra indumentaria es muy semejante.

En Guadalajara, como en todas partes, existen además cambios profundos entre las generaciones: la sabiduría tradicional de la abuelita contrasta radicalmente con las competencias tecnológicas de la generación entre diez y veinte años. Los grupos sociales también son bastantes heterogéneos, la pujanza de la clase media tapatía dista mucho de la actitud comodina de los “niños bien”.

El intento por dibujar cualquier mentalidad  se vuelve más complicado si se tiene presente que mucho del lo que define a un pueblo resulta de lo que otros dicen de él, pero que no necesariamente corresponde a la realidad. Así, por ejemplo, se dice que los escoses son muy tacaños, pero ellos lo niegan, argumentado que esto sólo lo afirman los ingleses que quieren disponer de sus recursos. Sin embargo, creo que a pesar de todo esto es posible intentar definir algo así como el temperamento local. El tapatío, por nacimiento o por adopción, tiene rasgos que lo distinguen de los seres de otras latitudes.     

En primer lugar, en cualquier parte del mundo es posible identificar a un tapatío, pues, después de quince minutos de conversación, empieza a hablar de ¡comida!. Aunque la contribución de nuestra tierra a la comida internacional ha sido más bien modesta –pues ni la torta ahogada ni la jericalla son platillos de altos vuelos–, la comida tiene un lugar muy especial en nuestra cultura. Muestras de ello es que el semanario Ocio, de esta misma casa editorial, dedica una buena parte de sus recomendaciones para pasar el tiempo libre a describir lugares para ir a comer. El tapatío padece de un hambre permanente y por lo tanto está en constante búsqueda de lugares para ir a comer. En ningún otro sitio he oído tan frecuentemente la expresión “ya tengo hambre” como aquí. Ya sean puestos callejeros o restaurantes nuevos el radar del tapatío está diseñado para encontrarlos. Muchos puntos de orientación en la ciudad son restaurantes.

Al tapatío le gustan las reuniones sociales, las fiestas, y es además un excelente anfitrión. Apenas conoce a alguien y ya lo está invitando a comer las tortillas que hace su mamá. Recibir bien es una costumbre muy tapatía. En otras latitudes, el anfitrión cuando mucho le ofrece un té (“de bolsita”) a su invitado -que sabe a rayos-, por ejemplo, en Alemania.

El tapatío es religioso. Aunque tenga una visión de la vida muy secularizada, su manera de ver la vida se sustenta en la idea de que hay un orden y una justicia divina. El optimismo religioso es parte de su filosofía de vida, por eso no se “desgarra las vestiduras” cuando las cosas van mal. En algún momento la intervención divina pondrá las cosas en su lugar.

Un rasgo muy tapatío es la desconfianza ante lo que proviene de la ciudad de México. Para un tapatío el chilango es ostentoso, presumido y muy poco de fiar. Todavía hasta hace algunos años, una madre le recomendaba a su hijo tener cuidado en su viaje a México, pues ahí era muy probable que fuera víctima de un robo, un fraude o un engaño, conductas propias de muchos de los habitantes del DF. Nombre de ciudad que, hasta la fecha, a los oídos del tapatío, suena espantoso.

En la tierra “con el alma más provinciana” tenemos una muy peculiar tendencia a mostrar reacciones extremas. Cuando se trata de alegría o coraje, el tapatío no conoce límites. Si bien es mesurado y controlado, cuando estalla, estalla. Muestra de ello, es que la música y la danza de este terruño es la que cierra las presentaciones de todo ballet folclórico mexicano. “El jarabe tapatío”, o “Guadalajara, Guadalajara” son melodías explosivas, llenas de color. Más de alguna de nuestras danzas se baila golpeando con toda fuerza el sombrero de charro en el piso. Y parte del traje regional masculino es portar pistola. ¿Se imagina, lector, a un veracruzano o a un yucateco en traje típico con cinto y pistola? Verdad que no.

Aunque las películas viejas de charros nos retratan mal, dejan ver que el charro es un ser dispuesto a jugársela. Las canciones y el estilo de cantar de nuestra Lucha Reyes, (por cierto, ¿por qué no se le dedica un museo?), revelan un carácter que lleva cualquier pasión a la profundidad, al extremo, al punto de lo ilimitado. Estos estados de arrojo, pasión o de sentimientos exacerbados se reflejan en nuestros dichos y  expresiones, como por ejemplo, en el “ Jalisco nunca pierde, y cuando pierda arrebata” o en el grito “¡Ay Jalisco no te rajes!”.         

 En esta región del caballo, la pistola y el tequila, la palabra parece tener un status diferente al que tiene en el resto del país, yo diría que ocupa un lugar divino. De aquí han salido los escritores mexicanos más célebres: Rulfo, Arreola, Yánez, etc. Esto no es obra de la causalidad. Al jalisciense le gusta conversar y narrar. Todos los tapatíos que conozco son excelentes magos de la palabra. Tienen un español muy amplio, elegante y  preciso. Aunque el número de lectores en Guadalajara deja mucho que desear, y las bibliotecas no son el lugar favorito de los tapatíos, el libro tiene un lugar importante. Ante los problemas de los amigos, el tapatío siempre tiene una receta: “te voy a prestar un libro”. Todos estos comentarios no son resultado de ninguna investigación exhaustiva, se deben a una lectura muy subjetiva de la propia sangre.