¿Por qué se suicidó Antonieta Rivas Mercado?

En ese momento, el corazón de Antonieta se dispuso a recorrer el camino que no tiene regreso. Si no era indispensable, ¿Qué sentido tenía la vida?.

Cuando uno viaja a la Ciudad de México, el paso por el Ángel de la Independencia es obligado. Ahí está, orgullosa, la columna que Porfirio Díaz mandó construir para conmemorar los cien años de la de la Independencia. Ella es obra del arquitecto preferido del dictador: Antonio Rivas Mercado. En la puerta de hierro y bronce al interior del monumento se encuentra el bajorrelieve de un busto de mujer, cuya modelo fue la hija mayor del arquitecto llamada Alicia.

Si la hija mayor del arquitecto pasó así a la posteridad, un destino muy diferente haría que la historia registrara la vida de la segunda de las hijas: Antonieta.

La familia de Antonio Rivas Mercado, a quienes sus amigos llamaban “el oso”, pues medía casi dos metros y tenía un cuerpo bastante corpulento, era parte de la elite porfirista. Alicia era muy bonita y alegre. Antonieta era muy diferente, tenía un rostro delgado y unos ojos muy melancólicos.    

Cuando Antonieta tenía 13 años, su madre, Matilde Castellanos, abandonó a la familia por seguir a un amante a Europa. Además, para ayudar a un hermano dedicado a la bohemia hipotecó algunas propiedades del esposo, sin que éste se enterara. Antonieta se hizo cargo entonces de sus dos hermanos menores. Cuando Matilde apareció en el funeral de su marido, Antonieta no la dejó entrar y le dijo: “Tú no lo necesitaste para hacer tu vida, él no te necesita a ti para morir”

A la edad de 18 años Antonieta se casó con un inglés amigo de los hermanos menores de Francisco I. Madero, llamado Albert Blair. Lo que parecía el camino a la felicidad, terminó en una separación muy dolorosa para ambos. Tuvieron un hijo, cuya custodia se disputaron agriamente durante años.

En 1927 falleció el arquitecto del porfiriato. Un duro golpe para Antonieta, pues perdió al padre que la amaba y la protegía. Ese mismo año conoció y se enamoró del pintor Manuel Rodríguez Lozano.  Por sugerencia del pintor Germán Cueto, Antonieta fue a entrevistarse con él, con el fin de que le diera clases de pintura a su hermana Amelia. Sin embargo, el guapísimo Manuel era homosexual, por lo que no podía corresponder a su apasionado amor. Tal vez Antonieta alimentaba esperanzas, pues Manuel Rodríguez Lozano anteriormente había estado casado con Carmen Mondragón, una de las mujeres más bellas de México.

  “Me tendió la mano en el momento en que todo zozobraba en mi vida. Me levantó tan alto como su afán quiso llevarme. En mi alrededor todo se volvió armonioso y fuerte, sosegado y ordenado, limpio y luminoso. Toda mi dicha se la debo a usted, y quisiera decirle a todo el mundo: esto que ahora soy, lo hizo Manuel un día. Yo no era nada; sólo era el barro que esperaba ser modelada en el torno del amor. Soy algo más que su obra y por eso lo amo con pasión.”

Aunque en algún momento Antonieta observó a su amado Manuel acariciando con lujuria el cuerpo de algunos de sus modelos, que posaban desnudos para él. 

En esos años Antonieta fundó el Teatro Ulises y formó el patronato para la Orquesta Sinfónica de México, bajo la dirección de Carlos Chávez. Además, se convirtió en mecenas de personajes como Andrés Henestrosa, Xavier Villaurrutia, Salvador Novo, Gilberto Owen y Roberto Montenegro. 

En 1929, Antonieta conoció a José Vasconcelos, quien regresaba de los Estados Unidos para postularse como candidato a la presidencia de la república.

No solo puso su fortuna a disposición del mujeriego candidato, sino también su corazón. La joven, millonaria, culta y liberal, lo acompañó en la campaña. Entre mítines, comidas y entrevistas la relación se consolidó. Vasconcelos fue discreto y Serafina, su esposa, se encontraba en Estados Unidos. 

Después de la persecución que emprendió Abelardo Rodríguez a los vasconcelistas Antonieta se fue a Nueva York. Ahí le llegó la noticia del enorme fraude electoral que había ocurrido.

Después de una breve estancia en México, Antonieta decidió viajar a París. Ahí se encontró con Vasconcelos. En la noche anterior a su suicidio, Antonieta le había preguntado en el cuarto del hotel: “Dime si en verdad me necesitas...”. Él, sin saber el sentido profundo que tenía la pregunta, se limitó a responderle: “Ningún alma necesita de otra. Nadie, ni hombre ni mujer necesita más que a Dios; cada uno tiene su destino comprometido con el creador”.

En ese momento, el corazón de Antonieta se dispuso a recorrer el camino que no tiene regreso. Si no era indispensable, ¿Qué sentido tenía la vida?

A la mañana siguiente, Antonieta se dirigió a la catedral de Notre Dame, que en esos momentos se encontraba casi sola. Se sentó en el extremo izquierdo de una banca frente a la imagen de Jesús crucificado. Abrió su bolso de mano y sacó la pistola de Vasconcelos, que había tomado sin que éste se diera cuenta. Colocó el cañón sobre su corazón y disparó. La detonación se escuchó en todo el santuario. El cuerpo sin vida de Antonieta se desplomó sobre la banca.

La noticia del suicidio apareció en los encabezados de todos los periódicos de París. La Iglesia católica tuvo que realizar una ceremonia especial para limpiar el recinto sagrado del sacrilegio. El cuerpo de Antonieta fue enterrado en el cementerio de Thiai. En 1936, cuando caducó la concesión de su tumba, sus restos fueron llevados a la fosa común.