La sociedad que mejora

No te preguntes qué puede hacer tu país por ti, sino qué puedes hacer tú por tu país,

John F. Kennedy.

 

Seguramente a Usted, estimado elector, al igual que a mí, le desespera que las cosas en este país, en esencia, no cambien. Pasan los años y las políticas públicas continúan siendo las viejas recetas de siempre. Por eso hay que empezar a pensar qué requerimos como sociedad, para realmente mejorar.

Lo primero, creo, que debemos cambiar es esa actitud de esperarlo todo del gobierno. Las sociedades desarrolladas se caracterizan por una participación mucho más activa de sus miembros en los asuntos públicos, a través de asociaciones, fundaciones u otro tipo de organizaciones. En Alemania, por ejemplo, cada ciudadano es miembro, en promedio, de 26 organizaciones de muy distinta naturaleza, desde las que se oponen al uso de la energía nuclear hasta las que prestan apoyo a reclusos. Amnesty Internacional o Greenpeace son agrupaciones con un alto número de miembros comprometidos por la defensa de los derechos humanos o por el medio ambiente. En Estados Unidos no es raro encontrar que una ciudadana de clase media participa en la organización de la biblioteca de su barrio o en el cuidado de los jardines públicos.

En nuestro país, en los últimos diez años la participación ciudadana se ha incrementado notablemente. Han surgido una gran cantidad de asociaciones que han hecho propias causas muy distintas. En nuestra ciudad, por ejemplo, las organizaciones que ayudan a niños con cáncer han obtenido logros notables, entre otros, sensibilizar a la opinión publica del problema y obtener de ella ayuda económica. También hay que mencionar las organizaciones que buscan una mejor ciudad, como el Parlamento de Colonias o las que promueven el uso de la bicicleta. 

Afortunadamente, algunos colegios han empezado a implementar programas de servicio social que obligan a los estudiantes a comprometerse con alguna causa social, desde el apoyo al trabajo de alguna institución de asistencia hasta programas de beneficio comunitario. De ahí que exista esperanza de que una nueva generación decida abandonar esa pasividad que sólo termina en quejas y lamentaciones inútiles.

Sin embargo, todavía son muy pocos, poquísimos, los ciudadanos que voluntariamente y de manera honoraria buscan de manera activa el bienestar común. Las reuniones de las asociaciones vecinales casi siempre están solas y hay todavía una gran cantidad de problemas que simplemente, de lado ciudadano, no hay a quien le interesen. La mayoría de los habitantes esperan que el gobierno resuelva todo. 

Una buena muestra de cómo pueden cambiar las cosas a través de las organizaciones civiles se puede observar en el tema de seguridad. Desde que las asociaciones que presiden Alejandro  Martí, Isabel de Wallace o la que presidió María Elena Moreira, ponen en duda las cifras y la eficacia del gobierno en el combate a la delincuencia, éste se siente presionado a rendir mejores resultados. ¡Lástima que a nivel local no tengamos un panorama similar!   

En Guadalajara, un buen ejemplo de lo que pueden lograr los ciudadanos organizados lo ofrece la reciente restauración del templo de Santa Mónica. Sin el trabajo de la organización, “Adopta una obra de arte”, que preside Irma Iturbide, este rescate no hubiera sido posible.

También la creación del “Colomos III” no se hubiera convertido realidad sin el trabajo constante y anónimo de las asociaciones ambientalistas, como “Ciudadanos por Colomos”.   

Pero precisamente en estas áreas, en el fomento cultural y artístico, y en la defensa y creación de áreas verdes falta muchísimo por hacer.  Sin sociedades de amigos de los museos, patronatos o grupos de benefactores ninguna sociedad puede mejorar su vida cultural. Y sin los activistas ecológicos el cemento nos irá devorando. 

En este panorama lo que me parece más desalentador es lo que está ocurriendo con la participación ciudadana en organismos cercanos al gobierno. Ahí donde la ciudadanía había conquistado espacios importantes para hacerse oír se registra un retroceso. La avaricia de los partidos políticos ha convertido los consejos ciudadanos en posiciones de defensa de sus intereses. Los entienden como espacios para sus amigos o simpatizantes que en dado caso protegerán sus mezquinos intereses políticos. Lo grave es que hay pocos mecanismos para revertir este proceso.  

Mientras sigamos con la mano levantada, esperando la limosna gubernamental, esta ciudad no va a cambiar. Si queremos mejorar las políticas de movilidad, requerimos ciudadanos organizados que denuncien que aún siguen muriendo personas bajo las ruedas de los camiones. Si queremos una mejor vida cultural, deben surgir agrupaciones que apoyen los museos regionales, la  organización de eventos artísticos, o que defiendan nuestro patrimonio. Ninguna ciudad puede aspirar a un mejor nivel de desarrollo sin la participación activa, constante y  decidida de sus ciudadanos.