¿Para qué queremos “el día de la mujer”?

La costumbre de dedicar días a “algo” pareciera a simple vista que no tiene mucho sentido. Entre otras cosas, porque hay un abuso en eso de dedicar días. Prácticamente el año está lleno de días con dedicatoria. Así que entre aquellos dedicados a cuestiones banales, se pierden los que debían tener algún significado. Algunos de estos días dejan entrever que detrás de ellos hay intereses distintos al que compete la dedicatoria, por lo que su sentido desmerece.

Los días que nos recuerdan que hay que estar atentos a ciertas enfermedades o prácticas insanas, como “el día del cáncer de mama” o “contra el tabaquismo”, cumplen la función de promover la salud y nos ilustran  sobre los beneficios de un posible cambio de hábitos. Así que su existencia está plenamente justificada.    

Eso de “día de la mujer” no suena muy convincente. Sobre todo si se limita al reconocimiento de la mera biología, al tipo de cromosomas, a caracteres sexuales. ¿Qué mujer pensaría que debe ser felicitada por tener ovarios? Hace algunos años, un gobernador de Jalisco, conocido por sus arranques machistas, invitaba a desayunar a mujeres destacadas del Estado. Al llegar a Casa Jalisco se les entregaba una flor, luego seguían un par de discursos inútiles y un desayuno muy poco apetitoso. Al final, las invitadas nos preguntábamos el sentido de tamaño acto. Dinero público destinado a un evento para que el gobernador se luciera. Todas coincidíamos en que sería más acertado emprender una política efectiva de igualación o un esfuerzo auténtico por combatir la violencia de género. De menos, un programa para asesorar legal y psicológicamente a mujeres violadas.    

Sin embargo, el “Día Internacional de la Mujer” no carece de sentido. Fue instituido por la ONU en 1975 para reflexionar sobre los avances logrados en el largo camino de la lucha por la igualdad, pedir más cambios y celebrar la valentía de muchas mujeres que juegan un papel clave en sus comunidades. En Jalisco, aún son muchas las mujeres víctimas de violencia en el hogar, abusos en el trabajo, salarios desiguales, discriminación de género y un largo etcétera. 

En el paisaje cotidiano, abundan aún esos sujetos que en los camiones se acercan a las mujeres para tocarlas, sobarlas y así humillarlas. Es increíble el número de hombres que niegan su contribución a la manutención de sus hijos, cuando se han separado o divorciado. La  justicia en estos casos no se asoma por ningún lado.

A mí, en lo personal, me molesta mucho ver esos estrados que presiden eventos, en los que una buena cantidad de hombres gordos, políticos funcionarios de todo nivel, están sentados en el presidio, mientras las edecanes, mujeres flacas, presencian de pie, atrás o a los lados, todo el evento. Ellos están ahí para refirmar una posición de poder. Ellas están ahí para traer el vasito de agua o para decirle al gordo dónde debe sentarse o cómo encender el micrófono cuando le corresponde hablar.   

Cuando veo que algún conductor estaciona su auto indebidamente  en los lugares reservados para conductores incapacitados o mujeres embarazadas, pienso que debían recibir como castigo cargar un bulto de tres kilos de peso en el vientre por cinco días, para que vean lo que se siente.

También me enoja cuando veo que una mujer es sentenciada por homicidio o intento de homicidio, aunque a todas luces actuó en legítima defensa, después de años de maltrato. Simplemente la justicia es una para los hombres y otra para las mujeres. Como en la Edad Media.   

En estos días  me  resultó francamente insultante la acción del tal Layín, el alcalde de San Blas, que en una fiesta le levantó la falda a la mujer con la que bailaba. Si México fuera un país decente, el Layín debería estar ya separado del cargo, en lugar de aparecer en los noticiarios, exhibiendo su ignorancia y su falso arrepentimiento. Francamente, ¡Qué vergüenza que sujetos así gobiernen municipios!  

Pero, hay motivos para sentirse optimista. Hace poco, en Alemania, una mujer llevó a la Suprema Corte su queja porque el Ejército alemán había rechazado su solicitud para ingresar a una unidad, alegando que sólo admitía hombres por el pesado nivel de entrenamiento al que debían someterse sus integrantes. Pero la Corte decidió que eso atentaba contra la igualdad de género y el Ejército se vio obligado a admitirla. Aquí se experimenta cierto orgullo cuando en los desfiles militares las mujeres presumen que también se han ganado el derecho de estar ahí.   

En la nación germana, casi todas las universidades en las convocatorias para ocupar un puesto de profesor universitario (que tiene uno de los ingresos más altos) agregan una cláusula  que señala que, en caso de dos aspirantes con iguales calificaciones, se dará preferencia a la de sexo femenino.

Seguramente, se pensaría que esto atenta contra el principio de que todos son iguales ante la ley, -tan sagrado en estos países- pero esto no es así. Se piensa que ninguna sociedad es totalmente igualitaria. Sus miembros se encuentran en condiciones distintas, por lo tanto deben existir leyes y medidas que ayuden a alcanzar la igualdad. Por eso, en estas sociedades se ofrecen oportunidades que favorecen a las mujeres, pues estas medidas conducen a la igualdad.

Con todo, para mí es muy satisfactorio ver a mis estudiantes mujeres esforzándose por aprender más. Cuando veo a las que son brillantes, deseo que no se interpongan en su camino “machitos” que las dejen sin oportunidades. Sé que la tienen difícil.