Mi primera vez en la Filidefra

Nunca había estado en la Feria del Libro de Fráncfort. Nunca me había topado con libros de Arabia Saudita o de Aserbaidschán. Tampoco había caído en una demostración de cocina para perros, que promueve la venta de un recetario. Pero, aquí estoy, en el día inaugural de la feria del libro más grande del mundo, en su edición 68. Precio del boleto de entrada para profesionales: 64 euros (¡Uf! casi 1,500 pesos). 

La mayoría de los visitantes camina de prisa, muchos atropellan a los que van con un paso más lento. Sé que a los alemanes les gusta sentirse importantes y para ello tienen que demostrar que los espera el gran negocio en el mundo de los libros, rebasando a los demás. 

En su discurso inaugural el presidente del parlamento europeo, Martín Schulze, señala la importancia de los libros en su vida y cómo ellos lo acercaron a la cultura europea. Considera que Europa y la integración europea son una utopía hecha realidad, una utopía como la que imaginaron Thomas Moro o Jonathan Swift. 

Por cierto, ya se menciona a Martin Schulze como un posible candidato a sustituir a la canciller Angela Merkel en Alemania. Schulze es muy popular entre los socialdemócratas alemanes que buscan ahora un candidato con probabilidades de ganar la elección, en momentos en que la popularidad de la jefa de gobierno va en descenso.

Como estamos en el país de los germanos y aquí hay reglamentos para todo, en los enormes pabellones de la Feria la música fuerte está prohibida, lo mismo que el uso de patines.

Buena parte de los visitantes arrastra su maleta de llantitas, me pregunto para qué. Pues en esta Feria, los libros no se venden directamente al público. Solo se podrán comprar algunos ejemplares el domingo, cuando la Feria esté abierta a todo público.

En la mayoría de los estands se observan pequeños grupos alrededor de alguna mesa, realizando negocios. Aquí está claro que nadie vino a leer ni a acariciar los libros. Pero un amigo librero me informa que en la Feria no se obtienen grandes ganancias; la mayoría de los contratos, licencias y venta de derechos ya fueron negociados a través de correos electrónicos.

Para las editoriales, de lo que se trata es de “estar aquí”, de presentarse como una empresa exitosa. Necesitan asegurarse de que siguen formando parte de la industria del libro, aunque ésta no se encuentre en sus mejores momentos. 

Los estands más visitados son irónicamente los de las empresas responsables de que la industria del libro esté en crisis. El pabellón en que se encuentra Google y las firmas del mundo digital está lleno.     

Salgo muy decepcionada del pabellón de México. Este año se lleva a cabo el Año Dual México-Alemania, que supone un esfuerzo importante de ambos gobiernos por promocionar sus respectivas culturas. Pero, en el estand no se advierte ningún empeño adicional. Cuando llego nadie me puede dar información sobre las once editoriales privadas y nueve públicas que están presentes. Los estantes lucen semivacíos y el pabellón más bien “desangelado”.

Siglo XXI, Textofilia, Leetra, El Naranjo, Editorial Vaso Roto, Ediciones Tecolote y Nostra ediciones son algunas de las editoriales que vinieron, pero no hay quien atienda. Seguramente los encargados se fueron a desayunar, como siempre. 

El único estand interesante es la del editorial del Gobierno del Estado de México. Trajeron libros muy bonitos, pensados para el mercado alemán, que tratan sobre Humboldt, la popular Frida Kahlo o los mayas. Entre los libros destaca el espectacular catálogo en alemán de la exposición **El lenguaje de la belleza, sobre el arte maya, que se presentó en el Museo Martin Gropius de Berlín.

Bueno, como es hora de comer, busco uno de los pequeños restaurantes que se encuentran dentro de los pabellones. El bufet que elegí me costó 43 auros (¡Uf! Más de mil pesos). Vaya que el peso está por los suelos.

Al final del día regreso al hotel.  Como mi presupuesto no es muy alto, he reservado una habitación en un hotel muy sui-generis. Al entrar al cuarto noto que la habitación no tiene televisión. ¿Dónde podré ver las noticias? En una mesa se encuentra una tablet. La tomo y empiezo a apretar los iconos. Al apretar uno de ellos, aparecen las imágenes de televisión en la pared blanca. Luego me doy cuenta que para bañarse y regular la temperatura del agua, hay que apretar igualmente el icono correspondiente de la tablet. Para bajar las cortinas, hay que apretar el icono de la tablet. Para hacer el check-out del hotel, hay que apretar el icono de la tablet. Para inclinar la cama, como si fuera asiento, -sí, lo adivinó-, hay que apretar el icono de la tablet.  

Lo mismo ocurre en un restaurant cercano. Le pido a mesero la carta y me trae una carpeta con una tablet dentro. Para ordenar la comida, hay que presionar el platillo que deseo.  Desafortunadamente, cuando me disponía “apretar” mi orden, se acabó la batería de la tablet. Empiezo a tener una extraña nostalgia por el papel y los días en que el mundo no era tan tecnificado.