El peor de todos los duelos

Fue una ceremonia llena de solidaridad con los familiares de las víctimas. En el estrado, la madre o el padre, el hijo o la esposa, hablaron por algunos minutos de su familiar fallecido. En las paredes del bello auditorio se proyectaban fotografías de los fallecidos, en ellas aparecían llenos  de alegría. Ese tipo de fotos que muestran a la gente contenta con la vida. Había muchos ramos de flores y en el estrado una vela por cada uno de los fallecidos. La ceremonia fue presidida por el jefe de estado. No hubo discursos absurdos ni oficiales. Simplemente no era la ocasión para ello. La ceremonia, o parte de ella, fue transmitida por televisión. Y los familiares, al finalizar, se dijeron satisfechos porque tenían el sentimiento de que su país y su gobierno no los habían dejado solos con su dolor.

Esto ocurrió la semana pasada en Holanda, en memoria de los pasajeros que fallecieron en el avión derrumbado en pleno vuelo al pasar por Ucrania. Hace cuatro meses se efectuó el atentado, pero los familiares y amigos insisten en que uno muere dos veces: cuando fallece y cuando es olvidado. Y no quieren que sus seres queridos caigan en el olvido. Además, el gobierno promete seguir buscando a los culpables, a quienes dispararon el misil que derrumbó el avión. La ceremonia luctuosa dejaba en claro que los muertos no sólo pertenecían a sus familiares, sino a toda la colectividad. Eran hijos de toda una nación. 

Le cuento todo esto sólo para ilustrar cómo se vive el duelo colectivo en otras naciones. También en Alemania, con motivo de la caída del muro de Berlín, se celebró una ceremonia luctuosa para recordar a quienes perdieron la vida, asesinados, tratando de huir de la Alemania Democrática. Estas ceremonias contribuyen a formar comunidad, a expresar de manera civilizada la tristeza y el duelo. A unir a la sociedad, que se fortalece ante la manifestación pública de sus valores comunes.  

Los jóvenes normalistas de Ayotzinapa murieron en condiciones que sólo pueden inscribirse en la barbarie y el horror. La gravedad del hecho sumió al país en un profundo duelo, no era para menos. Sin embargo, ahora, después de varios días que sabemos por boca del procurador la verdad de lo ocurrido, el duelo toma formas realmente muy lamentables. Nuestro dolor e indignación están lejos de encontrar el cauce apropiado en una nación civilizada. 

En primer lugar, el presidente dijo que lo sentía mucho, pero que él se iba a China a la reunión de la APEC. ¿Qué podría ser más importante que mostrar cierta sensibilidad con el dolor de una sociedad que lo eligió para gobernarla y permanecer en el país? La mayoría de los jefes de Estado, cuando sus países han sufrido alguna desgracia, suspenden sus agendas internacionales. Es un acto de coherencia. Y no es que la sociedad requiera su simple presencia. Es que Enrique Peña Nieto, si quiere mostrar cualidades legítimas de gobernante, debía estar presentando un plan nacional integral para que los hechos como los de Ayotzinapa no vuelvan a ocurrir. No es posible que, después de todo lo que pasó, el gobierno responda con la ausencia del presidente y el silencio del gabinete. Sin reformas profundas en todos los niveles, existe el riesgo de que los hechos vuelvan a repetirse.

¿Dónde está un plan nacional de educación que enseñe los valores civiles? ¿Dónde está alguna reforma que impida que sujetos como el alcalde de Iguala y su mujer se vuelvan poderosos a nivel municipal? ¿Dónde están las nuevas acciones en la lucha contra el narcotráfico? Después de lo ocurrido es increíble que el gobierno no presente nada de esto.    

Para colmo, el presidente no sólo aparece ante la opinión pública como un ser insensible a lo que ocurre en el país. La noticia sobre el costo de su mansión (siete millones de dólares) y las mentiras en las declaraciones oficiales que argumentan que se compró con los ingresos de su esposa, terminan por desgastar la imagen presidencial. Quien debería hacer presencia en los momentos de duelo nacional, resulta ser un jefe de Estado, además de  insensible, corrupto. Ante esta situación, el duelo nos hace ver que efectivamente estamos solos.

Por otro lado, Ayotzinapa ha desencadenado una serie de protestas que han terminado en actos vandálicos. Sí, es cierto que todos estamos hartos, cansados, y tristes. Pero las protestas de los últimos días no son las formas en que la mayoría de los ciudadanos de este país queremos mostrar nuestro malestar. Las vemos más bien como parte de aquello que ya no queremos. Si  estamos hartos, entre otras cosas, de la violencia, no tiene sentido increpar al gobierno a través de medios violentos. Este vandalismo no contribuye en nada a experimentar un duelo sano. Además impide que la sociedad se manifieste de forma espontánea. ¿Quién quiere asistir a una manifestación que terminará poniendo fuego a las puertas de Palacio Nacional o en algún saqueo?   

Además, es evidente que muchos de los grupos que ahora salen a protestar instrumentalizan para sus propios fines el descontento. Sus formas de actuar y su discurso están muy lejos del sentir del ciudadano común. Desafortunadamente, sus acciones contaminan con intereses de otra naturaleza el reclamo a las autoridades que exige garantizar la seguridad.

Por otro lado, el Estado muestra un rostro caracterizado por la parálisis y la indeferencia. El gobierno mexicano le está apostando, una vez más, al olvido, a que el tiempo se encargue por sí solo de echarle tierra al trauma que tuvimos. A que los muertos de Ayotzinapa pierdan sus rostros, a que los familiares se callen y a que la sociedad, una vez más, voltee a ver hacia otro lado. El duelo así vivido es entonces un sentimiento inútil y nada, absolutamente nada garantiza que lo ocurrido en Ayotzinapa no volverá a suceder.