El origen chino de las cajitas michoacanas, el paliacate y las casullas

Segunda parte

 

En el artículo anterior le platicaba de algunos productos que vinieron con el galeón de Manila, también conocido como la nao de China. El espacio desde luego resultó muy corto. Algunos amigos y lectores me hicieron saber su sorpresa al enterarse de que lo que creían muy mexicano haya resultado “chino”, por lo que voy a continuar con algunas referencias que efectivamente son llamativas en este sentido.

 Aunque la porcelana china rara vez representó más de 2 por ciento de los embarques de la nao de China, constituía uno de los objetos más codiciados, considerados como indispensables no solamente por las clases más acomodadas. Originalmente la porcelana china, que se impuso pronto como una moda entre las clases privilegiadas, era vista como un material exótico y lujoso, pero pronto se fue popularizando a tal grado que en los inventarios de bienes de personas de escasos recursos también aparecen piezas de porcelana, sobre todo en los siglos XVII y XVIII. Además de la porcelana con chapa de oro y plata, la porcelana qingbai (azul con blanco) era muy popular en las haciendas y en las residencias del alto clero novohispano. Algunas familias mandaban hacer sus platos y vajillas con el escudo familiar a Cantón, acompañado en ocasiones de palabras españolas que eran copiadas meticulosamente por los artesanos chinos.

La porcelana china, especialmente la que mostraba la decoración azul sobre el blanco, tuvo una gran influencia en la industria cerámica de la ciudad de Puebla, que incluyó en sus productos elementos decorativos orientales como el ave fénix, las peonías y los crisantemos, las pagodas y los sauces. Artesanos chinos y probablemente algunos japoneses participaron en la fabricación de la fina porcelana de talavera que le dio fama y respeto a la loza mexicana. 

El mayor cargamento del galeón de Manila lo constituían los textiles orientales. A disposición de los sastres que vestían a las elites novohispanas se encontraba una multitud de tejidos, brocados, sedas, satines, damascos, algodones (a veces llamados mantas o elefantes) y linos teñidos. Algunos de ellos proveían de India, y en su nombre revelan todavía hoy en día su origen; la palabra paliacate, por ejemplo, se deriva de Calicut (Calcuta) que en algún momento en la ruta a Acapulco pasó a ser palicult. Yo también me sorprendí al leer sobre el origen de nuestro paliacate, pues lo consideraba muy mexicano, pero si se observa su diseño, es posible reconocer formas más bien orientales que prehispánicas o hispánicas. 

Estos materiales se transformaban en vestidos, chupas, faldas, chales, ropa de cama y de mesa, e incluso casullas religiosas. Con los textiles traídos en el galeón, el rebozo utilizado por las mujeres desde tiempos prehispánicos, se transformó; las elegantes chalinas de seda y los mantones de Manila eran prendas femeninas muy apreciadas y sus escenas costumbristas y paisajes se convirtieron en modelos para decorar los rebozos coloniales.

Uno de los productos orientales más apreciados por la elite virreinal femenina era el abanico, considerado un accesorio esencial, que no solo completaba la vestimenta, sino que también servía como instrumento para un lenguaje secreto.

Los decretos de la corona que impedían el desarrollo de la metalurgia en la Nueva España –con el fin de proteger las industrias de Vizcaya en la madre patria- condujeron a satisfacer la falta de suministros con productos metálicos provenientes de Manila. Esto se puede apreciar hoy en día entre otros en la Catedral de México, el cual muestra finos adornos manufacturados en Macao. La reja del coro fue diseñada por el maestro artesano Nicolás Rodríguez Juárez en 1721, cuyo  proyecto fue enviado a Manila en el galeón, y fundido por el “capitán” Quiauló Sangley. Para su fabricación se utilizó hierro, bronce y una amalgama de bronce y oro llamada tumbaga. En 1724, la reja del coro fue transportada a través del Pacífico por el barco Nuestra Señora de los Dolores, empacada en 125 cajas. La crujía adjunta fue fundida igualmente en Macao y llegó a la Catedral en 1743. 

Algunos artesanos locales e chinos inmigrantes lograron imitar los productos que conformaban la extensa paleta de productos asiáticos venidos a través del Pacífico. Entre las piezas más populares se encontraban las cabezas de cama, los baúles, las cajas, los armarios, los costureros, los escritorios y las bandejas. Productos elaborados con aceites provenientes de la cochinilla, y las semillas de chía y el chocolate, y la mezcla de arcillas minerales y pigmentos orgánicos, eran terminados con plata y oro. En lugares como Pátzcuaro, Peribán, Quiroga y Uruapan en Michoacán y Olinalá en Guerrero, los artesanos lograron aplicar antiguas técnicas prehispánicas de laqueado de madera, con colores, métodos y diseños chinos. Su afán de darles un auténtico aire oriental a sus productos, los motivó a importar un polvo bermellón desde china conocido como rojo chino.

Ya mencionamos que además de los productos orientales con la nao vino un buen número de chinos libres que ya no deseaban emprender el viaje de regreso a Manila, los peligros del viaje eran tales que en los años 1678-1679 solamente 192 personas sobrevivieron de las 400 que viajaban en el barco. Cientos de chinos libres se establecieron en la región de Coyuca, donde se dedicaron al cultivo y la explotación del cocotero. De la resina de esta palma se producía el vino de cocos, de origen asiático, que se volvió una bebida muy popular en la región de los actuales estados de Colima y Jalisco.

Existe también la hipótesis de que el proceso de destilación del mezcal y que se aplicó en Jalisco en la elaboración del tequila pudo haber tenido su origen en Filipinas y no en el proceso de destilación que los españoles aprendieron de los árabes. Pero esta cuestión es muy debatida y aún no se ha llegado a una respuesta definitiva. ¡Y Dios nos libre de que el tequila también sea “chino”!