¿Y si uno de los muchachos linchados hubiera sido su hijo?

Existen noticias que debían horrorizarnos a todos. Sin embargo, a veces pareciera que pasaran sin dejar más huella que el impacto momentáneo. Después de unos días todo cae en el olvido. El linchamiento de dos jóvenes encuestadores en Puebla es una de ellas. ¿Quién se acuerda ya que una turba criminal, hace menos de una semana, asesinó y quemó a dos muchachos, cuyo único delito fue preguntar respecto a la fabricación de tortillas?

El linchamiento en Ajalpan, Puebla, fue tan espantoso, que el Secretario de Gobernación debería estar presentando un plan de medidas para que esto no volviera a suceder (del presidente ya no esperamos nada). Algo así es propio de la barbarie, de sociedades saliendo del periodo sub-humano. Pero pareciera que preferimos voltear a otro lado, darle vuelta a la página, ignorar que esto sucede en un país que a veces presume de modernidad y progreso.

Una de las razones que explican nuestro silencio es que aún prevalece en un buen número de conciencias, la idea de que el actor criminal, una multitud pueblerina, es un ente puro, socialmente saludable. El pueblo es bueno, no puede equivocarse y es incapaz de actos injustos. La maldad está en otro lado, en "el Estado", en "el Ejército" o en el mismo diablo.

Esta manera de entender a la "gente de pueblo" obedece generalmente a una forma especial de entender la realidad. Esa que sólo admite una causa única. Cuando se trata del mal, se reconoce solo un origen. Así, por ejemplo, hay quien considera que todos los males de este mundo provienen de "los judíos". Otros ven el origen del mal en "los gringos". También hay quien le atribuye al "Estado" o al "neoliberalismo" cualquier problema. Este es el esquema mental de todos los izquierdistas incapaces de entender realidades complejas. Su explicación se reduce a afirmar "fue el Estado" o "es un crimen de Estado".

Cuando se trata de aclarar el origen de la pobreza, de la criminalidad, de los bajos niveles educativos, etc., el culpable es siempre "el neoliberalismo". Lo pongo entre comillas, porque ellos mismos no son capaces de explicar qué es esto. Sobre las causas absolutas no se puede decir nada. Esta manera de entender la realidad hace imposible que se contemplen varias causas a la vez, o la interrelación entre los fenómenos.

De este modo, aunque las evidencias apunten al narcotráfico, a un autor solitario o a los mismos familiares de la víctima, quien piensa a través de este esquema de pensamiento sólo ve en la realidad la confirmación de su prejuicio. Ni quién lo pueda sacar de su convencimiento. Imposible persuadir a un fanático.

Y si el mal está en el Estado, en el pueblo no puede caber la maldad. Es imposible entender que una multitud pueblerina sea capaz de acciones criminales tan espantosas como un linchamiento. El pueblo, al contrario del "Estado" o del "neoliberalismo", es entendido como el bueno de la realidad social. ¿Quién se preocupa del crimen que cada semana denuncia mi compañero columnista Luis González de Alba? ¡Nadie! Y, ¿por qué? Pues, porque los asesinos del trabajador de la gasolinera, quemado vivo, fueron jóvenes que protestaban. Y estos no pueden ser considerados como criminales en un pensamiento simplista que ya decidió quiénes son los buenos y quiénes son los malos.

Pero, esto, desde luego, no es todo. El linchamiento en Puebla manifiesta, una vez más, la primitiva concepción de justicia, de orden, que existe en muchos pueblos de México. Ahí todavía la justicia por propia mano y la ley del más fuerte son consideradas legítimas. El Estado de derecho, es decir, un orden que se rige por leyes, es un concepto totalmente desconocido. Pregúntele a sus parientes del ejido o del rancho si entienden lo que es un Estado de derecho. Verá la cara que hacen.

La moral del pequeño pueblo es generosa, pero esta tiene sus límites ante el extraño. Son capaces de una gran solidaridad, pero esto solamente ante quien les es familiar. El extraño está más allá de las fronteras de la moral. Y si es un encuestador desconocido, peor.

Y un último factor que debe conducirnos a reflexionar es la capacitación de los policías de pueblo. Si el narcotráfico ha podido imponerse en México, ha sido porque la gran desgracia del país es el municipio. Los ayuntamientos en los pueblos son más bien una especie de corte medieval, constituyen el aparado administrativo a las órdenes del cacique. Ahí nadie entiende que el trabajo del policía es asegurar el orden público. Mucho menos, cómo reaccionar ante una emergencia como son los momentos en que ocurre un linchamiento. La turba sacó de la comandancia de la Policía de Ajalpan a los jóvenes para golpearlos, asesinarlos, rociarles gasolina y calcinarlos. Además prendió fuego a las patrullas y a la Presidencia Municipal. Ante las acciones de la multitud, los policías eran totalmente incapaces de intervenir. Ni quien se acordara de algún protocolo que dijera qué hacer.

Uno aprende de la historia cuando lo ocurrido es objeto de reflexión, cuando se traduce en medias concretas que procuran evitar desastres como lo ocurrido. De no ser así, la historia se repite. No dejemos que los hechos de Ajalpan pasen sin consecuencias. Los contenidos de los programas de educación elemental deben hacer de cada mexicano, de pueblo o de ciudad, un defensor de la ley. Si podemos prevenir desastres como los del huracán Patricia, ¿por qué no evitar otro Ajalpan?