Todo está en la mente

La pregunta obligada es: ¿Por qué perdió la selección mexicana, cuando todo apuntaba a que esta vez sí lograría el pase a cuartos de final? Durante buena parte del partido los mexicanos demostraron que técnicamente, tanto en la destreza individual como en el juego en conjunto estaban al nivel o incluso eran superiores a los adversarios, ¿qué pasó, entonces?

Los minutos decisivos fueron sin duda los últimos veinte, en que los holandeses intensificaron los ataques y los nuestros asumieron una actitud más defensiva. Esta situación se caracterizó por una elevada presión para todos los jugadores, desencadenada sobre todo, por el gol que había conseguido el equipo mexicano, y que parecía dejaría a Holanda fuera del Mundial. En estos minutos cayeron los dos goles holandeses que nos despojaron de toda ilusión.

Existen pocos estudios sobre lo que ocurre en la cabeza de los jugadores en tales situaciones de tensión. Lo que resulta claro es que se trata de una situación de mucho estrés, sobre todo cuando se trata de un partido de “todo o nada” en un mundial.

Bajo estas condiciones, hay jugadores que disponen de un marcado instinto asesino y en los momentos importantes reaccionan de manera eficiente. Muchos de ellos están acostumbrados a la presión permanente y han desarrollados rutinas para tratar con estas situaciones. Lo ideal es que los jugadores en competencias decisivas no se enfrenten a situaciones desconocidas, sino que a través de diversas técnicas, en los entrenamientos, aprendan a manejar sus emociones, sus reacciones corporales y su concentración.

Pero otros, padecen lo que se ha llamado “choking under pressure”, el fracaso ante la presión. En el juego, el estrés puede salirse de control y manifestarse en un aumento en los errores o dar pie a actitudes agresivas o extrañas (como morder a un jugador rival). Las verdaderas estrellas del futbol no están exentas de ello. Por el contrario, aquí se vuelve más evidente lo que el estrés puede hacer. Un caso histórico ocurrió en la final del Mundial de 2006, en que Zinedine Zidane, uno de los mejores jugadores en los inicios del presente siglo, coronaría su imponente carrera. En los minutos de la prolongación, Zidane, le propinó un fuerte cabezazo en el pecho al italiano Marco Materazzi. Zidane fue expulsado, Francia perdió el jugo y la despedida del astro resultó muy triste.

Este caso ejemplifica también lo que ocurre cuando alguien está sometido a la presión:

Zidane había logrado mantener el estrés bajo control durante 110 minutos, pero luego no pudo más y en el minuto 110 perdió la cabeza. En el juego de futbol estos mecanismos de autocontrol pueden compararse con el funcionamiento de un músculo. Cuando un músculo se ejercita por horas y de manera intensiva, llega un momento en que ya no puede más. Los mecanismos de autocontrol funcionan igual: su fuente es limitada, su capacidad se agota por momentos.

El problema es que, cuando los jugadores por cansancio, coraje o presión, han agotado sus reservas de autocontrol, no pueden manejar sus emociones, reaccionan con agresividad a las provocaciones, disminuyen su funcionamiento y pierden la concentración. Me parece que si tenemos esto en cuenta, podemos entender por qué los mexicanos, después de 70 minutos, bajaron la guardia y fueron presa de su propia incapacidad para manejar la presión. Sólo así se explica cómo un jugador tan experimentado como Rafa Márquez pudo cometer un faul en el área, a pocos minutos del final. En esos momentos debo darle la razón a quienes afirman que los juegos se ganan, primero, en la mente..