El mejor candidato en el debate: ¡El mío!

Sin duda, el debate organizado por la Universidad de Guadalajara entre los candidatos a la alcaldía de Guadalajara tuvo un mejor formato que el organizado por el INE. Sin embargo, creo que colocarlos en una mesa semi-redonda hubiera sido más acertado, de manera que se pudieran ver entre ellos de frente. En los debates que he podido apreciar en el extranjero, el uso de varias cámaras permite observar la cara del candidato que en ese momento no tiene la palabra, de modo que el televidente puede apreciar su reacción a lo que está escuchando. De cualquier manera, fue un acierto reducir el número de expositores y flexibilizar el formato. También los candidatos se mostraron en mejor forma.

De alguna manera, esta elección permite darnos cuenta de que el nivel educativo y cultural de los candidatos es mejor que en otros años. Al menos, los candidatos de los partidos importantes. ¡Imagínese que entre ellos hubiera estado alguien con el nivel de Carmen Salinas, **El Layín o el de Cuauhtémoc Blanco! Todos los candidatos manejaron bien las cifras, sabían argumentar y, de menos, escuetamente presentaron un plan para la ciudad. No había ningún improvisado, ni tampoco alguno que no supiera de lo que estaba hablando.

El moderador impuso respeto con sus canas, su seriedad y con los acertados comentarios, que antecedieron a las preguntas o a los temas. El escenario también le dio solemnidad al debate. En un recinto como el Paraninfo, es difícil volverse chacotero, agresivo o hacerse del chistoso.  

Pero, ante las preguntas, ¿Cuál candidato fue el más convincente? ¿Cambiará el debate las cifras que muestran las encuestas? Habrá que hacer algunas consideraciones. En primer lugar, las propuestas presentadas fueron muy similares. Creo que desde que Carranza le robó a Zapata la exclusividad de los reclamos agraristas, es tradición apropiarse de las banderas del adversario, para así nulificarlo. Así que, si en el inicio de las campañas había un lenguaje que era propio de algún candidato, ahora todos hablan de que quieren “una Guadalajara digna” y una “Guadalajara segura”. El término de dignidad se ha vuelto un concepto recurrente. La enumeración de medidas también se ha generalizado, ahora tenemos a todos los candidatos enumerando sus propuestas, como si nos fueran enseñar a contar. Pero, sin lugar a dudas, la competencia ha elevado el nivel. 

No sólo el contenido se ha mimetizado, también las formas. Ahora todos muestran un entrenamiento similar ante la cámara: hablan de frente y han superado sus deficiencias retóricas. Sus asesores les han señalado lo impertinente que puede resultar una mirada fuera de lugar. El caso de George Bush, que en el debate con Bill Clinton observó su reloj, ocasionando el enojo del electorado, se convirtió en una lección para todo asesor político. Ahora instruyen a los candidatos para que eviten quitarse el sudor o espantar a una mosca. Estos movimientos pueden interpretarse negativamente. ¡Imagínese un candidato aplastando con la mano a una mosquita en pleno debate!    

Seguramente a Petersen sus asesores le corrigieron la plana, pues al atacar en el debate anterior a Celia Fausto, rompió una regla básica: En el debate, nunca insultes a una mujer, pues las electoras se sienten molestas y puedes provocar una reacción negativa.

Ante la uniformidad de las propuestas, las actitudes del candidato pasan a un primer plano. Si parece llevar prisa, si se toma el tiempo para explicar su propuesta, si gesticula adecuadamente con las manos, son factores que percibe y valora el espectador. Pero, entre todas las actitudes, la que más aprecia el electorado es la determinación. Sobre todo, ahora que existe un sentimiento generalizado de vulnerabilidad ante el crimen. La capacidad de liderazgo es esencial. Hay que mostrarse un poco rudo, transmitir coraje y capacidad de decisión. Un ejemplo de ello fue el debate entre Ernesto Zedillo y Diego Fernández de Cevallos, en el que la audiencia valoró altamente que éste último fuera contundente al enfrentar a Zedillo. Elementos inconscientes nos dicen que estamos ante una pelea y que tiene que haber sangre. A nadie le interesa un debate en que los candidatos aparecen como alumnos repitiendo la lección uno tras otro. El “clamor popular” y los columnistas ya lo han repetido: Eso no es un debate. Hace falta la confrontación de ideas, la réplica, los ataques argumentativos, etc.      

Sin embargo, las valoraciones pueden ser muy subjetivas. En general, el espectador tiende a  percibir que su candidato fue el mejor. Si no pasa gran cosa, le levantará el brazo al candidato, por el cual ya pensaba votar antes de mirar el debate. Sin duda, este fue el caso el miércoles pasado. Me parece que cada elector se sintió confirmado en su intención al voto. No creo que las encuestas muestren un cambio dramático en las cifras.

Me agradaría agregar que las propuestas de los candidatos en temas medio ambientales me parecieron pobres. Algunos sólo se limitaron a decir que hay que eliminar el muérdago. Espero que quien gane realice un programa que proteja las zonas verdes ante la avaricia inmobiliaria que las está eliminando.

Fe de erratas: Soy doctora en sociología y psicología por la Universidad de Freiburg, Alemania, y no maestra en estudios filosóficos como apareció publicado el jueves. Creo que el doctorado no quita lo tarado, pero es mejor aclarar, pues en la vida académica también hay luchas que librar.