¿Por qué la mediocridad domina en México?

Podría nombrar cinco futbolistas mexicanos realmente muy buenos? ¿Podría nombrar cinco políticos respetados, que aporten con sus visiones una idea del país que queremos? ¿Podría nombrar cinco programas televisivos mexicanos de calidad por televisión abierta? ¿Podría nombrar cinco municipios en México que resulten ejemplares por sus políticas públicas, su transparencia y sus ejercicios democráticos?

Si Usted contestó estas preguntas, ya no continúe leyendo. Le pediría que comparta las respuestas para pensar que México pasa por un buen momento. Si no es así, creo que debemos reflexionar por qué estamos sumidos en la mediocridad. Sí, ya sé que existen indicadores que también hablan de nuestro avance y progreso, pero no es posible negar que los rendimientos deportivos del deporte nacional o la clase de políticos que permitimos gobiernen este país hacen evidente que el país nada en las aguas de la mediocridad. (No incluyo aquí como ejemplo la música de banda, pensando que a algunos sordos les puede gustar).

¿Verdad que algo anda mal? Pero, ¿por qué es así? ¿Por qué en el deporte, en el entretenimiento o en la política se ha instaurado un panorama en el que no hay figuras significativas? ¿Dónde están los liderazgos que empujen a este país a avanzar?

Bueno, el imperio de la mediocridad obedece a muchos factores, algunos son específicos de ciertos campos. Pero aquí quiero destacar uno que está presente en todos los ámbitos: Nos hemos vuelto muy complacientes con rendimientos inferiores, con la ignorancia y la mezquindad en nuestra vida cotidiana. Es evidente que la única manera de salir de la mediocridad es premiando el esfuerzo y la honestidad y castigando la flojera y la ignorancia de quienes nos rodean, sobre todo de niños y jóvenes. En otros países, la aprobación o desaprobación social son parte esencial de la justicia diaria, son, por decirlo así, el lema de su vida nacional. La selección alemana de futbol, por ejemplo, no puede permitirse un mal juego. La rechifla en el estadio está programada. Tampoco una orquesta sinfónica cosecha ahí el aplauso fácil. Si la ejecución es deficiente, nadie está dispuesto a premiar lo que pudo estar mejor.

Un capricho, como el del cantante de Luis Miguel, quien abandonó sus conciertos esta semana poco después de haberlos iniciado, cosecha la desaprobación social, lo que significa el entierro de su carrera.

Pero en México exigimos poco. Ya en la escuela la relación rendimiento escolar - calificación se ha vuelto perversa. Cualquier análisis sobre los bajos rendimientos escolares debe empezar con la revisión de quienes están obligados a exigirlos. En nuestro sistema escolar, al flojo se le tolera, se le justifica, incluso se le cobija. Tenemos una tendencia patológica a "pobretear" a cuanto sujeto hace alarde de sus incapacidades. Somos muy generosos en el uso del "pobrecito".

En numerosas escuelas no es posible que el ignorante repita el año escolar, por más bajo que haya sido su rendimiento. Su falta de esfuerzo se justifica muy fácil. Si el alumno no puede mencionar el nombre de los planetas, o el de los héroes nacionales es "porque se pone nervioso", "porque se distrae", "sí se los sabe, pero se le olvidó en ese momento". La disculpa siempre está ahí, para hacerlos sentir bien. La vergüenza por la ignorancia parece que se ha vuelto cosa del pasado. No saber, no trabajar, no ser productivo no son conductas que ameriten la desaprobación social. Siempre estamos dispuestos a disculparlas, a admitirlas sin ninguna pena. ¿A quién entonces le puede sorprender que existan tantos "ninis" por voluntad propia en nuestro país?

El problema es que esto no se detiene en niveles primarios. En los estudios

de maestrías y doctorados a veces es sorprendente el bajo nivel de exigencia. Casi cualquier escrito es admisible como tesis doctoral. Exigir un mayor rigor académico se ha vuelto como predicar en el desierto. Entre el doctorante y el director de tesis se establece una especie de complicidad, a costa de no señalar que el texto no cumple con los criterios que establece la ciencia.

Lo que se aprende en nuestro sistema educativo es entonces a conseguir la mejor nota con el menor esfuerzo. En muchos casos, en lugar de aprender, los estudiantes "litigan" o negocian la calificación. La fórmula "a mayor esfuerzo mayor calificación" les es desconocida.

El aplauso fácil, el reconocimiento gratuito y el homenaje injustificado corresponden más a nuestra idiosincrasia que la exigencia firme y racional. Esto nos hace ser muy tolerantes con las aberraciones televisivas, con los políticos mediocres o con los jugadores de futbol que simulan una lesión grave en el juego para sacar ventaja.

Algunos estudiosos han comparado la mentalidad religiosa sobre la que se construye la actitud de esforzarse y el empeño de lograr el mejor rendimiento y han encontrado que aquellas sociedades en que se vincula el premio celestial con el éxito social son mucho más competitivas. Las formas que asumió el catolicismo en Latinoamérica, en que el premio celestial se obtiene a través de manifestaciones superficiales, como participar en peregrinaciones, "hacerse el dolido", repetir rosarios hasta el cansancio, no disponen a una cultura del esfuerzo. En México, el cielo se obtiene con la asistencia a misa, así sea en el atrio en medio de vendedores ambulantes, con la limosna o con la participación en formas de culto. La honestidad interior, el esfuerzo por ser mejor, las ansias por hacer lo correcto y el sentido del trabajo no encuentran en la religión premio alguno, y en la vida social un reconocimiento aún escaso.