El (macabro) origen del pozole

Nuestros antepasados prehispánicos ya conocían el pozole. Es decir, una rica comida en que los granos de maíz eran cocidos con un trozo de carne. Pero ésta tenía un origen muy singular. Permítame contarle.

Durante la festividad dedicada al dios de la vegetación, Xipe totec, los aztecas practicaban un ritual que se conoce como sacrificio gladiatorio: un prisionero de guerra era atado a un enorme disco de piedra con una cuerda que le permitía libertad de movimiento. El cautivo, armado con armas de madera, debía combatir con los guerreros aztecas armados con sus temibles armas de combate. Si se trataba de un guerrero excepcional, y no sucumbía rápidamente, podía salvar la vida. Pero, la mayor parte de las veces el cautivo caía gravemente herido y poco después expiraba. Entonces los sacerdotes se apresuraban para abrirle el pecho y ofrecer su corazón a dios. 

Aún cuando esta forma de sacrificio ha despertado horror, hay que pensar que los antiguos mexicanos la practicaban como parte de su cosmovisión. No se trataba de un mero acto de crueldad, efectivamente estaban convencidos de que la sangre y el corazón humanos eran necesarios para mantener con vida todos los fenómenos necesarios para la sobrevivencia humana, como la fertilidad de la tierra, el viaje del sol por los cielos, el crecimiento de las plantas, la lluvia.

En general, había una relación de identidad entre la víctima del sacrificio y la deidad a la que se le ofrecía el ritual. Así, por ejemplo, a los dioses de la lluvia se le sacrificaban niños, pues se pensaba que estos dioses eran de tamaño pequeño. Se buscaba especialmente a niños que tuvieran doble remolino en la cabeza, pues el remolino era visto como un rasgo similar a los remolinos en el agua.

Cuando se presentaba un eclipse, los aztecas caían en pánico. Pensaban que el sol estaba a punto de fallecer en su combate ante las fuerzas de la oscuridad, por lo que requería de un rápido suministro de sangre. Las víctimas debían presentar rasgos similares a la deidad, por lo que se echaba mano de los albinos. Su blancura era asociada a la blancura del sol. También a la diosa de la fertilidad, pensada como una mujer, se le sacrificaba una jovencita en su fiesta.

Si Usted piensa que nuestros antepasados tenían la exclusividad en el sacrificio humano, está muy equivocado. Apenas existe un rincón en el planeta en que los sacrificios de personas no hayan sido practicados con fines ceremoniales. Civilizaciones tan avanzadas como la romana y la griega, dejaron de practicar estos rituales hasta bien avanzada la historia. 

La razón radica en las estructuras cognitivas que obligan a establecer relaciones de causalidad, que no son las nuestras. Pero aquí no le voy a aburrir con argumentos que tienen que ver con lógica. Es suficiente con tener presente que uno actúa, como construye, percibe e interpreta el mundo.

Bueno, volviendo al ritual dedicado a Xipe Totec, y su fiesta Tlacaxipehualiztli, las fuentes refieren con claridad lo que ocurría con el cuerpo de las víctimas del sacrificio. Después que los sacerdotes entregaban el cuerpo del sacrificado al guerrero que lo había hecho prisionero, éste le enviaba un muslo al emperador. Y el texto de fray Bernardino de Sahagún, el fraile franciscano que recogió los informes de los altos sacerdotes, dice entonces lo siguiente: “Y luego aquel que había hecho el prisionero, invitaba a sus parientes. Los convidaba a su casa. Ahí cocinaban para cada uno de ellos en un plato especial. El platillo era de granos de maíz... Y en él se encontraba un pedazo de la carne del sacrificado. Y al que había hecho el prisionero se le llamaba sol”.

Un antropólogo muy conocido, Marvin Harris, trató de explicar esta ingestión tan peculiar, como  producto de la dieta azteca, baja en proteínas. Pero, nuestros antepasados se comían a los perros y a las gallinas y no tenían ni idea de lo que significaban las proteínas, ni sabían cómo medirlas. Así que la tesis de Harris no se sostiene.

Más bien, hay que pensar que la antropofagia ritual también es parte de una forma de entender el mundo. Muchísimos pueblos la han practicado. La idea en que se sustenta es que la vida del sacrificado, una vez muerto, pertenece a la divinidad, a la fuente de toda vida y que, por lo tanto, su ingestión es una forma de revitalización, de apropiación de la energía originaria, de la fuente que mantiene con vida al universo. 

La antropofagia ritual era, en pocas palabras, equiparable a una bebida energizante o a un  tratamiento de salud y belleza que garantizaba una renovación de la energía vital y, por lo tanto, una vida más larga. La diferencia sustancial era que los tratamientos modernos recurren a conocimientos derivados de estudios científicos y que la ingestión del sacrificado en tiempos prehispánicos era parte de su forma de entender la vida y el universo. Esta dimensión religiosa se fusionó además con esa tendencia prehispánica de comer lo que fuese y de desarrollar una cocina rica en sabores. Italo Calvino, el escritor italiano, en su relato Bajo el sol del jaguar, escribía que se trataba de “una cocina sagrada...  que debía celebrar la armonía de los elementos alcanzada a través del sacrificio, una armonía terrible, flameante, incandescente.”