La incubadora de los monstruos sociales

Seguramente, querido lector, está impresionado por lo que ocurrió recientemente en Iguala. ¿Cómo no estarlo? Las nuevas muestras de barbarie alcanzan dimensiones cada vez mayores. Cuando creemos que ya hemos visto todo, aparece todavía algo más aterrador. Lo que ocurrió con los jóvenes normalistas asesinados supera cualquier análisis, rebasa las palabras. Pero hay un aspecto que me parece fundamental.

Los actos de Iguala hacen visible que entre nosotros están apareciendo seres que desdeñan cualquier forma de moral, que no tienen ningún respeto por el otro, que nada los detiene, que están dispuestos a la mayor violencia, a la aniquilación de otros, simplemente porque tienen las posibilidades de ordenarlo o hacerlo. ¿Pero cuáles son las condiciones socio-históricas para que tales seres, políticos o narcos, aparezcan? ¿Cómo se forman estos monstruos? 

Indudablemente hay una gran cantidad de factores que hacen esto posible, pero aquí solamente quiero referirme a uno de ellos. 

Antes de mencionarlo, hay que considerar primero que las formas de convivencia en México han cambiado radicalmente en los últimos años.  Hasta hace algunas décadas, México era un país de pequeñas comunidades, es decir,  de pueblos, ranchos, o ciudades que no sobrepasaban el millón de habitantes. En las pequeñas comunidades, los miembros se relacionan entre sí mediante una moral aprendida en la familia. Su fundamento son los lazos familiares, caracterizados por el afecto. Sus formas de trato ocurren cara a cara. En el pueblo, todos se saludan, se conocen, se ayudan, se respetan. Ahí impera una forma de relación caracterizada por la generosidad, la solidaridad y  la lealtad (aunque claro que también existen otras formas de relación, por ejemplo, las determinadas por el poder).

Estas formas de convivencia se apoyan en una visión de la vida fuertemente influida por contenidos religiosos. La ética religiosa es una poderosa reguladora de las relaciones entre los hombres. Al final de la vida, Dios premia a quienes supieron amar a los otros como verdaderos hermanos. Esta ética permite que la moral aprendida en la familia se amplíe, que incluya a los otros, a quienes se consideran también como hijos de Dios. El otro, por decirlo rápido, tiene algo de divino.

Pero con el crecimiento demográfico, la migración de las ciudades, el desarrollo tecnológico y la disminución del papel social de la Iglesia, esta comunidad está desapareciendo o ha desaparecido. Su lugar lo ha ocupado una sociedad muy distinta.

Esta nueva sociedad no se rige por lazos morales, familiares o afectivos. Sus miembros no se conocen plenamente, muchos no saben quién es su vecino. Algunos observan sólo un auto que entra o sale de una casa, pero nunca logran ver a sus habitantes. Otros sólo perciben un grupo de gente anónima que, al igual que ellos, se transporta en el camión. Para que esta sociedad funcione se requiere del derecho. Reglas que regulen la convivencia armónica. Estas reglas deben establecer que todos tenemos derechos y que estos deben ser respetados. Nadie puede ofender a otro, rayarle las paredes de su casa con grafiti, molestarlo con un radio prendido día y noche a todo volumen. En una sociedad sana, todo ciudadano sabe que tiene derechos, los exige y respeta rigurosamente los derechos del otro. El gobierno, por su parte, hace un ejercicio racional de su autoridad y se esfuerza por garantizar los derechos de todos. 

Uno de los objetivos de la educación en una sociedad funcional es precisamente inculcar hasta en la médula de los huesos el respeto a los demás. Sin ello, todo el aparato social se vuelve susceptible de derrumbe.

Si se tiene esto presente y miramos lo que ocurre en México, es posible observar que en este sentido estamos fracasando. Las leyes no aseguran los derechos y el Estado pareciera dejar a los ciudadanos a su suerte. La educación está muy lejos de formar hombres y mujeres respetuosos de los demás. Muchos padres, por ejemplo, hacen creer a sus hijos pequeños que engañar al compañero, ofenderlo, burlarse de él, sacar provecho de sus debilidades, etc., es ser listo, mostrar inteligencia. Otros padres, cuando los maestros les hacen ver las faltas que cometen sus hijos en el trato con los compañeros, los defienden, los justifican, aplauden el mal que hicieron. Otros más, con sus conductas, enseñan a sus hijos que los demás son sólo figuras ajenas, inexistentes, sin derecho alguno. Con ello, lo que hacemos es preparar el campo de cultivo para los futuros “monstruos”.

La idea de que una sociedad sana requiere de hombres y mujeres rectos, honrados y honestos parece desdibujarse. Por ello es absolutamente indispensable reforzar un modelo educativo que incluya la enseñanza del respeto al otro. Es la única manera de garantizar la convivencia respetuosa y armónica del conjunto social. Con ello, creo, daríamos un paso fundamental en la solución de nuestros problemas, simplemente los monstruos sociales ya no tendrían su incubadora.