La historia de un (pseudo) ciego con una mano muy, muy larga

La belleza de una ciudad está en estrecha relación con la uniformidad de sus edificaciones. Un pueblo en las islas griegas es increíblemente bello, porque sus construcciones blancas con techos azul cobalto ofrecen un panorama muy armónico. Lo mismo se puede decir de lugares como Pátzcuaro o Mazamitla. Esto también es válido para las grandes ciudades. Lo que hace bellas a ciudades como Ámsterdam o San Petersburgo es que sus fachadas comulgan con un mismo principio urbanístico.    

Lo horrible resulta cuando un lugar que ha mantenido su armonía se ve violentado por un  monstruo totalmente incompatible con el entorno, una estramancia que agrede lo que le rodea.

Bueno, pues todo parece indicar que llenar de estramancias a la ciudad es el objetivo que siguen ahora autoridades y constructores.

Hace unos días, pasé por lo que será el nuevo Mercado Corona. A mí me hubiera gustado ver en el lugar un jardín que le hubiera dado visibilidad a las construcciones tradicionales que rodeaban el antiguo edificio. Creo que hubiera contribuido a restablecer la armonía en una de las pocas zonas que todavía conservan espacios que se pueden rescatar como centros culturales. Pero, reconozco que esto era prácticamente imposible. El terreno más caro en una ciudad son los espacios verdes. Lo que ahí han construido es una espantosa cajota, cuyas dimensiones se traducen en un insulto a los ojos. Una estramancia que retrata muy bien lo que ocurre en una ciudad sin leyes. El edificio del Ayuntamiento se ve como un enano ante el coloso que parece mostrar la sed de las compañías constructoras. La arquitectura a veces habla un lenguaje más claro, que el de las palabras. 

Cuando se construyó el Centro Magno, con esa arquitectura desproporcionada en relación a su entorno, creí que era la última estramancia que teníamos que digerir. Pero, ahora parece que habrá que estar dispuesto a cosas peores. Pues, al fin y al cabo no hay quien las impida.

Otra cosa que me parece resultado de una especie de esquizofrenia muy particular es lo que ocurre en el Parque Morelos. Para el lector no enterado le recuerdo que esquizofrenia es un entado mental en que la relación con la realidad se encuentra muy deteriorada. Hay una diferencia abismal entre lo que existe y lo que se cree que existe o puede existir.

Durante años, el Parque Morelos fue el lugar al que íbamos los tapatíos a comprar nieves raspadas. Luego fue víctima tal del abandonado, que hasta el antojo se nos diluyó.

Bueno, pues a alguien se le ocurrió que ese lugar era el propicio para hacer una especie de meca de industrias digitales. Esto en principio suena muy bien. Pero, ¡en el papel! Pues resulta que si Usted transita en automóvil por la calle Independencia, en la cuadra que va de Baeza Alzaga a Venustiano Carranza, requiere ¡de 15 minutos! El lugar es un verdadero nudo para el tráfico, por la sencilla razón de que el Parque es la cerrada de numerosas calles, el Macrobús vino a obstaculizar más el tránsito en la Calzada Independencia y algunos días se pone un tianguis en calles cercanas. Por la zona se encuentran además la Junta de Conciliación y Arbitraje y el Congreso del Estado. Imposible moverse.  

Además de los problemas de vialidad, hay que agregar el estado terrible en que se encuentra la zona. La administración de Alfonso Petersen pretendió construir ahí las Villas Panamericanas, dejando una gran cantidad de lotes baldíos llenos de basura. El panorama ahora recuerda a las imágenes de las ciudades bombardeadas de la post-guerra europea.  

La zona del Parque Morelos es un anillo de lotes sucios, de olores horribles y de embotellamientos permanentes. Lo que no me explico, es cómo pretenden atraer así a compañías líderes en el mundo digital. ¿No sería racional primero solucionar estos problemas y hacer más atractivo el espacio, antes de impulsar nuestros sueños futuristas? O, incluso pensar en un plan B.

Hace unos días MILENIO informó sobre las posibilidades, que cada vez se vuelven más reales, de que dentro del mismo Parque de los Colomos, se construyan una torres habitacionales. ¿Cómo es posible que uno de los pocos lugares que quedan en Guadalajara para disfrutar la naturaleza, que la proveen de agua y que contribuyen a un clima agradable se destruya por la codicia inmobiliaria y la complicidad de las autoridades? ¿Dónde están las voces del gobierno del estado que nos informen sobre las medidas para la protección de una propiedad pública?

Lo más terrible es que el gobernador Aristóteles Sandoval señale que es tarea del Ayuntamiento de Guadalajara su defensa, cuando el propietario real de Los Colomos es el Gobierno del Estado. El Ayuntamiento sólo tiene al Parque en comodato. Y esto también “a medias”, pues el documento que lo oficializa no está firmado. Así, ¿Cómo?  

Guadalajara se sume cada vez más en el caos urbano. Comparto el sentimiento que tienen quienes sienten nostalgia por los años en que existía algo que, de menos, parecía gobierno. Ahora todo ha caído en una especie de parálisis. Nadie hace nada guiado por intereses comunitarios, estéticos o racionales. Los funcionarios sólo se someten al interés de la ganancia rápida y desorbitada. 

Ojalá que con Enrique Alfaro llegue una administración que sepa valorar la belleza urbana de los barrios e impida las estramancias. Que sepa proteger nuestro patrimonio natural y arquitectónico y que deje de jugar al cieguito que sólo sabe estirar la mano.